«Puedo pagar el alquiler, pero no tengo suficiente para la comida»

Sociedad. Rubén es uno de los usuarios que a diario se dirige al comedor social de Reus

MONTSE PLANA

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Rubén, en el comedor social gestionado por Cáritas recogiendo su lote. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

Rubén, en el comedor social gestionado por Cáritas recogiendo su lote. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

Rubén hace ya casi dos años que se acerca diariamente al comedor social de Reus, gestionado por Cáritas Interparroquial. Va con silla de ruedas, y es que tiene amputadas las dos piernas. «Fue por el azúcar», recuerda. Era camionero, por lo que quedó totalmente invalidado y desde entonces no ha vuelto a trabajar. Tiene una pequeña paga de la jubilación y comparte piso con otra persona. «Al menos repartimos el alquiler, pero con el resto de gastos, no queda para comer», lamenta Rubén.

Él ya era usuario del comedor social antes de la pandemia, pero señala que la Covid-19 ha agravado la situación, además de ver como un mayor volumen de gente necesita también ayuda para llegar a fin de mes. Cree que desde el consistorio se reaccionó rápidamente ante la emergencia social derivada de la pandemia de la Covid-19, aunque también señala que «siempre se puede hacer más», pero «me conformo con lo que hay».

Por otro lado, señala que ahora se encuentra con problemas para poder ponerse la vacuna. «Me dicen que me dirija a Barberà del Vallès, pero no puedo ir. ¿Cómo lo hago? Si no me puedo mover...», lamenta. Hace un par de años, cuando perdió las piernas, y también el trabajo, recurrió a Serveis Socials. Recuerda que fue la asistenta social quien le derivó al comedor social donde, desde entonces, se dirige a diario. «Se agradece muchísimo», exclama Rubén en referencia al comedor social. Y es que admite que, si no, tendría muchas dificultades para poder comer. «Siempre lo han puesto todo muy fácil», admite.

Pasan unos minutos de las once y media de la mañana, y llega Rubén con su silla de ruedas al comedor social, ubicado en la calle de Francesc Bartrina. Rosa, al frente del equipo que a diario trabaja en el comedor, atiende a Rubén, con quien guarda una buena relación. En la parte posterior de la silla de ruedas lleva colgada una mochila. Rosa la abre y ella misma le introduce las raciones que le tocan.

Aunque sea media mañana, es en ese momento que desde el comedor social se empieza el reparto de alimentos. Desde el inicio de la pandemia no se puede comer in situ, por lo que desde hace un año se entregan fiambreras a los usuarios.

En el interior de las instalaciones, los cocineros no paran la actividad. Todo lo del día ya está preparado y listo para el reparto, pero se avanza trabajo y se cocina la sopa que se entregará el día siguiente. Dos voluntarias más cogen una de las ollas de sopa que ya está lista y van llenando fiambreras, «así ya tenemos trabajo avanzado para mañana». La coordinación es esencial, y todavía más desde el último año, en el que el volumen de personas atendidas ha aumentado muy significativamente. Además de repartir lotes y fiambreras que los usuarios pasan a buscar físicamente al comedor, también se reparten fiambreras a domicilio, que han pasado de 14 a más de sesenta a diario.

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