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Reus: «Acoger te hace crecer como persona»

ISABEL LIMÓN

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Ahmed se encuentra en la ala derecha de la blanca mesa del Centre Cívic Mestral, al lado de Nines Ortega, su madre de acogida. También están los dos hijos de la reusense. Tímido, educado y simpático, Ahmed explica que desde que está aquí ha visto muchísimas cosas nuevas. Justo en el otro extremo de la mesa, Imam y la pequeña Dalu se ríen juntas, mientras se susurran. Ellas también han visitado infinidad de nuevos sitios, pero para todos ellos, los lugares estrella han sido Port Aventura y la piscina.

Espontáneos, risueños y curiosos: así son por naturaleza los pequeños saharauis que acoge Associació Amics i Amigues del Poble Saharaui. Esta entidad, cuyo origen se remonta a los inicios de la època de la transición, fue una iniciativa impulsada por el Partido Comunista de España para ofrecer resguardo a este pueblo y unas mejores condiciones para los niños del desierto. Iniciativa que, actualmente, sigue adelante.

Concretamente, fue en el verano de 1979 cuando un centenar de niños saharauis procedentes de la Hamada llegaron al aeropuerto de Barajas. Se trataba de jóvenes que vivían en campamentos de refugiados bajo las alas de los combatientes del Ejército de Liberación Popular Saharaui. A pesar de la controversia de ese acto de solidaridad, el proyecto fue gratamente acogido por la población española y los pequeños lograron huir de las brutales temperaturas de hasta 55 grados en las que se encontraban cada verano en su lugar natal. Desde ese primer encuentro han pasado muchos años y acontecimientos, pero la práctica de abrir las puertas a los chicos y chicas refugiados ha seguido en pie. En el ámbito de la provincia de Tarragona, Jaume Durán Pérez es el presidente y coordinador, por lo que se ocupa de la gestión de cualquier problema que pueda surgirles a las familias anfitrionas. «Anteriormente había otros responsables que me notificaban de cualquier incidente. Ahora, lo tengo que manejar todo yo», explica Durán y señala que las cifras de acogidas han descendido hasta la mitad, y lucha para conseguir el máximo de subvenciones a las familias.

«Nuestro deseo es dar a conocer el pueblo del Sáhara y que se les permita participar en un referéndum. Además, queremos que la ciudadanía de nuestro país conozca la cultura de esta gente», dice. Este organismo tiene un gran anhelo por que la política internacional tome cartas sobre la situación precaria del poblado saharaui, y su aportación es ofrecer unos veranos de ocio y bienestar a los jóvenes. La misma familia puede acoger durante dos o tres veranos seguidos uno de los niños de entre 10 y 13 años, específicamente unos 60 días del año. Por otra parte, se organizan viajes al Sáhara, donde los padres de acogida pueden llegar a conocer su tierra y costumbres. Durán admite que se genera un vínculo fuerte con los acogidos: «La relación que adoptas con ellos es prácticamente familia».

Una estancia con final feliz

A pesar de la posible contrariedad que parece, las familias que veranean con los pequeños aseguran que no se viven finales traumáticos. Paquita, una de las participantes de la asociación, lleva 22 veranos abriendo las puertas de su casa a los niños saharauis, y considera que ellos mismos marcan el límite de la experiencia. «Se marchan contentos, porque quieren volver a ver a su familia. A pesar de la pobreza que experimentan en su poblado, no les crea dolor el irse». Explica que su filosofía de vida es mucho más humilde y generosa, apreciando por encima de todo el núcleo familiar. Nines Ortega también da fe de esta realidad. «Nuestro Ahmed siempre habla muchísimo del Sáhara, y de sus padres y hermanos. Se nota que los valora muchísimo y tiene su tierra muy idealizada».

Por otra parte, las dos familias reusenses manifiestan que les enriquece de sobremanera crear un lazo tan fuerte con una cultura totalmente opuesta. «El primer día, lo veíamos retraído y desvalido. En cuanto pasaron los días se abrió y expresó sorpresa por cada cosa nueva que descubría. Es un contraste muy fuerte que nos hace crecer a nosotros como personas y aprendemos todos de todos», explica Nines, a lo que añade Paquita: «es lo mejor que hay, te ayuda a vivir. A mi me hacen mucha compañía y siempre me compensa todo sacrificio».

Con todo, esta tradición está menguando con el paso de los años, y sus integrantes sienten aflicción por el hecho de que desaparezca algún día. Durán hace hincapié en las sensaciones que les aportan estos veranos compartidos, y los beneficios que aportarán a personas con menos suerte. «Como último mensaje, diría que todo aquél que se una a esta vivencia hará bien a los niños, ya que merecen estas vacaciones lejos del desértico clima». Paquita añade que en términos económicos no existe ningún impedimento para ellos: «normalmente las familias no asumimos los gastos del viaje. Es cierto que tampoco ganamos dinero, pero nos ayudan en todo momento».

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