Reus Urbanismo

Test de inclusividad en las calles de Reus

De la sede de la ONCE al banco. Recorremos los nuevos itinerarios accesibles con Jordi, una persona con deficiencia visual

Mónica Pérez

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Jordi Guerrero, usando uno de los semáforos acústicos y las nuevas baldosas. FOTO: Alfredo González

Jordi Guerrero, usando uno de los semáforos acústicos y las nuevas baldosas. FOTO: Alfredo González

Solo unos pocos metros separan la sede de la ONCE de Reus, ubicada en el número 9 de la plaza de la Llibertat, del cajero más cercano, en la esquina con la avenida de Sant Jordi. Los recorremos con Jordi Guerrero, uno de sus afiliados con deficiencia visual muy grave y que requiere bastón. Su recado simulado pondrá a prueba los nuevos elementos de mejora de la accesibilidad a pie que, desde hace algunos meses, el Ayuntamiento instala en las calles del centro dentro del proyecto ‘Reus Ciutat Inclusiva’. 

De camino al banco, Jordi encuentra el apoyo de varias botoneras –tramos de suelo con relieve en forma de botón que indican que «en el punto en que están hay algo a lo que prestar atención»– y de baldosas direccionales –señalan el sentido–. Pero también vallas de obra en desuso recostadas en la pared, «uno de los principales peligros porque, como no están fijas siempre en un sitio, uno no puede prever que las habrán puesto allí y, además, el bastón se cuela y se engancha en sus huecos; muchas personas se guían por las paredes y eso son obstáculos». Y una calle de plataforma única: «Es complicado porque, si la acera y la calzada están al mismo nivel, no se distingue bien y podemos acabar fácilmente caminando por donde los coches», apunta Arantxa Vallespí, directora de la ONCE en Reus. 

En la entrada de la sede de la ONCE ya se han colocado baldosas de los dos tipos a las que se les retocará algún detalle para que queden perfectas. Las botoneras rodean la entrada al edificio y las direccionales conducen a Jordi hasta la pared para seguir su ruta hasta el cruce con Anselm Clavé. Allí, de nuevo botoneras le advierten de que pasan coches y «la diferencia de sonido y la corriente de aire también sirven para detectar que se abre una calle», explica Arantxa. Alrededor del Museu de Reus, una valla le corta el paso. No hay obras, pero alguien la ha dejado allí. «A veces pasa, y pedimos que las retiren porque es sencillo tropezar», añade. Como Jordi va acompañado, la misma Arantxa le ayuda, del brazo, a sortear la traba. Y seguimos. Nuestro particular testeador de la inclusividad avanza y llega a la intersección con Dr. Robert. Otra vez, las baldosas direccionales le encaminan hacia el paso de cebra y las botoneras le marcan que debe parar. «Antes de que estuvieran, ubicaba el paso gracias a esta alcantarilla que está cerca», recuerda. Ya en la siguiente acera, Jordi enlaza con más baldosas direccionales. Deberían ir a parar a una pared que ejerciese de referencia para continuar, pero no se han podio extender porque irrumpen en la propiedad privada. Jordi ya se conoce la zona y «si no, siempre hay gente amable y echan una mano», explica. 

Completado el primer examen, deshacemos la ruta y vamos a la calle Llovera, que tiene un semáforo acústico como los que se están poniendo en el Passeig Sunyer. Jordi pulsa su mando y en el siguiente ciclo se activa el sonido que le avisa de que pase. Allí también están las nuevas baldosas. Arantxa y Jordi celebran la transformación de la ciudad, que «cambia la vida de las personas y es útil», y valoran que «el Ayuntamiento cada vez consulta más para tener esto en cuenta y estamos contentos por ello». De hecho, técnicos municipales se pondrán en la piel de las personas ciegas para probar los itinerarios en breve. ‘Reus Ciutat Inclusiva’ despliega su primera fase, pero tendrá más y «se espera que estos elementos de apoyo acaben llegando a todas partes».

Preguntamos. ¿Por qué las baldosas son rojas? «Es por el contraste; lo óptimo sería el amarillo pero las ciudades tienden a usar el rojo, que también sirve», dice Arantxa. ¿Las ven los perros guía? «No, no son para los perros, no es su utilidad», añade. ¿Y si a su alrededor hay bolardos? «Aunque cada vez se ponen más, las pilonas son un laberinto y un grave peligro porque uno se las puede clavar, y se podrían reemplazar sancionando a quien aparque donde no debe», detalla la presidenta de la ONCE, que dice que en el Raval de Santa Anna, que se va a peatonalizar con plataforma única, «el Ayuntamiento nos ha preguntado y en lugar de pilonas habrá mobiliario urbano». 

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