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Lluís Domènech i Montaner, el hijo adoptivo más ‘floral’

Un reusense de adopción que dejó huella arquitectónica en la ciudad a través de algunos de sus edificios y fachadas modernistas más emblemáticos

| Actualizado a 15 mayo 2022 17:21
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La Casa Navàs, la Casa Rull, la Casa Gasull o el Instituto Pere Mata son algunos de los claros «protagonistas inanimados» de la ciudad de Reus. Constituyen su gran atractivo turístico, pues forman parte de la Ruta Modernista, y todos ellos llevan la firma de Lluís Domènech i Montaner. Esta aportación arquitectónica hizo que el barcelonés, con raíces en Canet de Mar, fuese reconocido como Fill Adoptiu de Reus en 1923.

Aun así, su llegada a la capital del Baix Camp fue más bien tardía. El arquitecto fue un joven muy brillante, completó el Bachillerato en Barcelona y decidió irse a estudiar a Madrid, donde se licenció en 1873.

El arquitecto volvió a afincarse en la ciudad condal y, a finales de los años 80, se sumó al impulso de La Renaixença y la reivindicación del catalanismo político por primera vez. Se comprometió con la Lliga de Catalunya y participó de las Bases de Manresa donde entabló relación con eruditos como Joaquim Bartrina o Josep Ixart.

Su ‘amistad’ con Reus

Si alguien fue determinante es Pau Font de Rubinat, «un abogado, muy catalanista, bibliófilo y encuadernador de libros», describe Anton Pàmies. Su amistad dio lugar a que, cuando se fundó la Societat Manicomi de Reus del Instituto Psiquiátrico Pere Mata, «Font de Rubinat le recomendase para que les hiciese los planos del nuevo edificio», explica el arquitecto.

Una vez iniciado el proyecto del Pere Mata, y teniendo en cuenta la fama que le predecía por sus obras en Barcelona, «fueron los mismos burgueses quienes aprovecharon su estancia en Reus para encargarle la construcción de sus casas», añade Pàmies.

Un primer intento frustrado fue la propuesta de diseño de un nuevo vestíbulo para El Círcol, en el primer piso sobre el Teatro Fortuny, junto a una escalera lateral. Nunca se llegó a hacer, así como sucedió de forma similar con el Teatro Circ, que iba a ubicarse donde el actual Mercat Central. El presupuesto necesario era excesivo, la ejecución se retrasó y, finalmente, se partió de un proyecto distinto y se encargó a Pere Caselles la construcción.

Enseguida, en 1900, la suerte del barcelonés cambió. Mientras seguía trabajando en los pabellones del Pere Mata, Domènech i Montaner inició la Casa Rull. Y, dos años después, empezó a construir la Casa Navàs, tanto la planta baja destinada a la tienda textil y al almacén como la vivienda personal de la familia Navàs en la planta superior. Su valor actual, tal y como señala Pàmies, «es que sigue siendo restaurada hoy en día y conserva el mobiliario y las estructuras originales».

Más adelante, le encargarían la capilla del panteón de los Margenat, en el cementerio de Reus, una de sus obras menos conocidas. También, construyó el Teatro Cinema Kursaal, que con el tiempo se derrumbó para construir el banco y las viviendas superiores de la plaza del Pintor Fortuny. Del edificio original han quedado cuatro pilares colocados en la plaza Llibertat.

En los últimos años que Lluís Domènech i Montaner pasó en Reus, le encargaron la Casa Gasull, unos almacenes y una vivienda superior, pero con un estilo completamente diferente a lo anterior, con una volumetría mucho más sencilla. Esa misma línea seguiría con la Casa Llopis.

Tres estilos, una vida

Repasar la trayectoria arquitectónica del barcelonés permite distinguir tres etapas estilísticas distintas. Al principio, se inspiró en el neogótico con reminiscencias del «estilo medieval, oscilando entre el Renacimiento y el Barroco», especifica el arquitecto.

Después, empezó su etapa floral. Incluso, añade Pàmies, «creó un estilo domenechiano porque cogió las columnas clásicas y trasformó los capiteles con motivos florales», en su esencia más modernista. Finalmente, muy influenciado por ideas novecentistas, optó por un rigor geométrico imperante.

Así, el legado arquitectónico de Lluís Domènech i Montaner son sus edificios, las obras de arquitectos como Pere Caselles o Josep Puig i Cadafalch, que bebieron de su sello estilístico y una riqueza urbanística muy presente, a día de hoy, en la ciudad que lo adoptó como un hijo más.

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