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824, el otro balance de la peste

Demografía. La pandemia baja la natalidad a mínimos históricos, que unidos a la fuerte mortalidad provocan un saldo vegetativo negativo sin precedentes

| Actualizado a 07 agosto 2022 08:03
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Los análisis de los demógrafos nos dirán si las consecuencias de la pandemia tendrán efectos significativos sobre las perspectivas de población en Reus para los tiempos venideros, pero los primeros datos fríos nos dejan algunas cifras récord que vienen a acentuar tendencias previas.

El más relevante es la baja natalidad. En 2021 sólo nacieron en la ciudad 824 bebés, según el registro provisional del Idescat. Para encontrar un año con menos nacimientos hay que retrotraerse a mediados del siglo XX, antes del baby boom y las grandes oleadas migratorias durante el franquismo, cuando la ciudad tenía la mitad o menos de la población actual. Con este dato, la tasa bruta de natalidad –nacidos vivos durante el año por cada mil habitantes– cae hasta el 8,2.

La fuerte evolución a la baja de la natalidad no es cosa sólo de la pandemia, puesto que en 2020, cuando sus efectos sólo pudieron incidir mínimamente sobre los partos porque se declaró a principios de marzo, nacieron 870 niños y niñas, y en 2019 fueron 943.

En este sentido, recordemos que el índice de fecundidad –promedio del número de hijos por mujer– está en 1,2, cuando la ratio que garantiza el reemplazo generacional es 2,1. Y la edad media de la maternidad ya está por encima de los 31 años.

Respecto a las defunciones, la foto de 2020 refleja claramente el impacto del covid, con 1.097 fallecidos durante el primer año de la pandemia, mientras que en 2019 se produjeron 921, cifra que se había mantenido estable durante el lustro anterior.

Con la mortalidad disparada por el coronavirus y la natalidad en mínimos históricos, el crecimiento natural de la población en 2020 tuvo un saldo negativo sin precedentes: 870 nacimientos y 1.097 defunciones, lo que significa una pérdida de 227 habitantes. Es decir, un saldo vegetativo de -2,14 por mil habitantes.

Saldos comparados

La primera vez que Reus registró un crecimiento natural negativo fue en 2018, con un -0,12, a consecuencia de la continuada reducción de la fertilidad, pero en 2019 volvió a terreno positivo con un 0,21. La brutal caída de 2020 marca un registro desconocido hasta la fecha y habrá que esperar a los datos definitivos de nacidos y fallecidos en 2021 para ver si se moderó o se agravó durante el segundo año de la pandemia.

Probablemente habría que buscar en el periodo de la guerra civil para encontrar un escenario parecido.

La comparativa con otras ciudades catalanas dice que el covid-19 dejó un saldo vegetativo aún más negativo en Barcelona (-4,56), Sabadell (-2,46), Santa Coloma de Gramenet, (-2,24) y L’Hospitalet de Llobregat (-2,16). Y menos malo que el -2,14 de Reus se dio en Badalona (-1,60), Tarragona (-1,25), Mataró (-1,21), Terrassa (-1,09) y Lleida, (-0,65), mientras que Girona se mantuvo en positivo.

El balance demográfico de la pandemia incide sobre una situación de sobras conocida: la población está envejeciendo, los grupos de edad de 65 años y más son los que crecen más rápidamente y el descenso de la población en edad de trabajar está presionando los sistemas de protección social.

Según los cálculos de la ONU, para 2050 uno de cada cuatro habitantes de Europa y América del Norte tendrá más de 65 años. A título de curiosidad, la edad media de los reusenses es hoy de 42,1 años –43 las mujeres y 40,7 los hombres–. La población mayor de 65 años constituye el 18,3% del total –19.431 personas–, mientras que la menor de veinte es el 22,2% –23.615 jóvenes–. El grupo más numeroso lo forman los boomers, que en los próximos lustros alcanzarán progresivamente la edad de jubilación. Actualmente hay 38.771 reusenses que tienen entre 40 y 64 años.

El factor inmigración

En los países receptores de grandes flujos migratorios, caso del nuestro, la emigración internacional puede retrasar el proceso de envejecimiento, al menos temporalmente, ya que los inmigrantes suelen ser jóvenes en edad de trabajar. En Catalunya, esto ha sido así claramente desde los años noventa. Sin embargo, mirando al futuro, también hay que tener en cuenta que las personas que se quedan en el país terminarán formando parte de la población de mayor edad.

Entre otras muchas cosas, el cambio demográfico y el envejecimiento obligarán a pensar en ciudades para todas las edades.

El periodista tarraconense Lluís Amiguet entrevistó recientemente al demógrafo canadiense Darrell Bricker, que le dio un buen titular: «De los modelos de predicción, me temo que el envejecimiento nos lleva al peor: un mundo con falta de consumo y falta de innovación, los dos motores del crecimiento. Así que vamos a ser menos y más pobres y viejos». Y una tesis aún más inquietante: «La sorpresa de la demografía moderna es que ningún país que deja de tener hijos vuelve a querer tenerlos».

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