Salud

Aina, mi pequeña guerrera de 7 años

Mi hija debutó de diabetes hace un mes. Su coraje, su valentía y su luz han sido lo que nos han hecho seguir adelante

Aina enseña su ‘bolígrafo’ de insulina.

Aina enseña su ‘bolígrafo’ de insulina.M.PEDREROL

Maria Pedrerol

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«Sabes que juntas brillamos, vamos a ser doradas. Porque nacimos para brillar, brillar con fuerza. Sabes que este es nuestro momento, sin miedos, sin mentiras. Porque así es como nacimos, nacimos para brillar». Es parte de la letra de la canción favorita de mi hija. Golden, de Las Guerreras K-Pop. Les presento a Aina, mi pequeña de 7 años que hace solo un mes debutó de diabetes. «Eres la personita más valiente que he conocido jamás». No se imaginan la cantidad de veces que le he repetido estas palabras en las últimas cuatro semanas, y ahora las escribo aquí para que cuando sea mayor las lea y las lleve grabadas en el corazón.

27 de septiembre. Ese día yo cumplía 43. Y ese día Aina se empezó a apagar. Dejó de reír, dejó de cantar, dejó de jugar... Dejó de brillar. Y bebía mucho, tenía muchísima sed, podía ingerir hasta 2 litros de agua en una hora. Cuando debutó, muchos me preguntaron «pero, ¿cómo fue? ¿Se desmayó? ¡Qué susto!». No, el susto fue sigiloso, su luz se oscurecía con el paso de los días, sin ruido, solo silencio... Hasta ese día.

Mucha sed. Dejó de reír, dejó de cantar, su brillo se apagó. Aina tenía diabetes

17 de octubre. Me temía lo peor, pero era incapaz de afrontarlo. Fuimos al pediatra. «Le dará alguna vitamina para darle energía»... Solo me repetía esto, una y otra vez... Hasta que la realidad me golpeó de frente: «Id a urgencias de inmediato. Os esperan. Allí tienen UCI pediátrica». ¿UCI? ¿Cómo que UCI? Cogí a mi hija en brazos y salí corriendo hacia el hospital. De allí no salimos hasta al cabo de una semana.

Aina ingresó en la UCI pediátrica del Hospital Joan XXIII de Tarragona con un nivel de glucosa en la sangre de 451 miligramos por decilitro (mg/dL) –los niveles normales no superan los 180, y eso después de comer– y cetonas en 3,2 mmol/L –los límites están entre 0,6 y 1,5–. Entró, además, con taquicardia. En cuestión de una hora tenía a mi pequeña tumbada en una cama de hospital, llena de vías conectadas a dos o tres máquinas –ni lo recuerdo– y rodeada de pediatras y enfermeras que me hablaban de glucosa, insulina y suero como quien habla del tiempo... Mi cabeza iba loca, mi mente no entendía por qué estaba allí, toda esa situación era, simple y llanamente, dantesca. No podía ser. ¡No! «¿En qué momento de mi vida ha pasado esto?». Nadie podía responderme... Excepto ella: Aina. Ella sí me respondió, no con palabras, sino con su actitud. Cuando se liberó de todos esos tubos y tuvimos que controlar la glucosa con pinchazos en el dedo, antes de pincharle –sí, porque en la diabetes todo son agujas– el sensor, y cuando tuvimos que, también pinchar, la insulina, quiso hacerlo sola: «Yo puedo», decía. En casa, a media noche, si el sensor pita una hipoglucemia, es la primera que se despierta: «Mamá, ha pitado, tengo que beber un zumo»...

Ella, Aina, es una guerrera, mi pequeña guerrera K-Pop que nació para ser valiente, nació para brillar y yo estoy aquí para recordarle que siempre, en la eternidad, su luz dorada la va a iluminar.

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