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Sociedad Las diez claves para entender el coronavirus

3. La gestión de las residencias

La primera ola arrasó con los geriátricos hasta el punto de cambiar el modelo y extremar la seguridad

Diari de Tarragona

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Varios sanitarios realizan test en una residencia. Foto: Salut

Varios sanitarios realizan test en una residencia. Foto: Salut

Han sido quizás las más afectadas por el impacto del virus, sobre todo en una primera oleada que resultó letal y desveló las carencias de unos equipamientos pensados de inicio en clave social y de acompañamiento, y no sanitaria. El SARS-CoV-2 arrasó con los residentes, con diferencia el colectivo, por edad, más vulnerable y frágil. Fue un calvario no solo para los ancianos, sino también para sus familiares y para los propios trabajadores, que se sintieron desamparados y abandonados a su suerte. 

El material de protección tardó en llegar y la virulencia de la pandemia provocó una alta mortalidad, con balances aterradores de víctimas. Las residencias no tardaron en poner el grito en el cielo: no tenían medios materiales ni recursos para afrontar un desafío de esa magnitud. El golpe fue tal que obligó incluso a replantear el modelo. Los geriátricos, concebidos como una extensión del hogar, pasaron de ser competencia de Afers Socials a Salut. Fue el primer avance. «La crisis puso en evidencia que las personas mayores tenían derecho a la sanidad universal, como todo el mundo», dice Cinta Pascual, presidenta de la Associació Catalana de Recursos Assistencials. 

La presidenta de la patronal asumía que los «geriátricos no podían convertirse en hospitales pero sí debían estar más medicalizados». Después de aquel SOS desesperado y de un goteo constante de intervenciones de estos equipamientos por parte de la Generalitat, la mejora de la situación hacia el verano permitió ganar tiempo, replantear el modelo y adaptar a las residencias a nuevos envites del coronavirus. 

Las residencias siguen siendo una parte muy sensible, pero encararon la segunda ola del otoño con muchas más garantías. «Hemos hecho mucho trabajo durante estos meses. Trabajamos con unidades más pequeñas, conviven menos personas en un mismo espacio. Un profesional atiende a diez, por ejemplo, y cuida muy bien esa unidad convivencial. Eso hace de cortafuegos», cuenta Cinta Pascual. 

Espacios más pequeños y más separaciones físicas marcan la nueva fisonomía de estos edificios. Ahora se refuerza esta sectorización, con estancias bien diferenciadas, con accesos distintos, incluso en los vestuarios y las zonas de descanso de personal. Esa segunda oleada del virus, con el pico a principios de noviembre, no evitó un incremento de los fallecimientos pero en mucha menor medida. La restricción de las visitas o los cribados han sido herramientas útiles para evitar que la situación se descontrolara. Las autoridades sanitarias son conscientes de que si el virus se propaga en el exterior acaba por impactar en los centros. El personal y los residentes de geriátricos han sido los primeros en recibir la esperada vacuna. 

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