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Depresión, la enfermedad de las mil caras

Prevalencia. Afecta a más de 300 millones de personas en todo el mundo y más de la mitad no están diagnosticadas.

Gloria Aznar

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Montserrat Lacalle, profesora colaboradora de los estudios de Psicologia i Ciències de l’Educació, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Montserrat Lacalle, profesora colaboradora de los estudios de Psicologia i Ciències de l’Educació, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

La depresión es una enfermedad frecuente y se calcula que afecta a más de 300 millones de personas en todo el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), un organismo que hace hincapié, además, en el hecho de que aunque hay tratamientos eficaces para combatirla, más de la mitad de los afectados no recibe esas terapias. «Es una enfermedad muchas veces sin diagnosticar. Sabemos que es muy posible que haya personas que están sufriendo una depresión, incluso desde hace mucho tiempo, y que no han buscado ayuda de ningún profesional», corrobora Montserrat Lacalle, profesora colaboradora de los estudios de Psicologia i Ciències de l’Educació, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). 

No hay dos depresiones iguales y los síntomas tampoco se manifiestan de la misma manera. En este sentido, Montserrat explica que si bien la tristeza y la apatía son frecuentes en la enfermedad, también puede darse «dificultad de concentración, algo que se nota mucho en la edad laboral; ganas de llorar, en mayor o menor medida; lentitud del pensamiento; insomnio o alteraciones del hambre, ya sea por dejar de comer o por hacerlo en exceso, así como una predisposición al aislamiento, a encerrarse en uno mismo. Sin embargo, no quiere decir que a todas las personas que la sufren les ocurra lo mismo».

«No siempre que hay un episodio depresivo se puede identificar un desencadenante claro».

Justamente esta variabilidad sintomática, junto a la dificultad de encontrar una causa hacen que se deslegitimice lo que está ocurriendo. «Muchas veces se percibe que se carece de motivo, por lo que se interpreta que estos síntomas no son importantes, pero la realidad es que no siempre que hay un episodio depresivo se puede identificar un desencadenante claro», apunta Montserrat. Así, la psicóloga puntualiza que justamente cuando fallece un familiar o ha habido un cambio importante en la vida, no se considera depresión. «En el caso de una muerte, se trata de un proceso natural de duelo, que en la mayor parte de los casos no requiere de la intervención de un profesional, ya que normalmente todos disponemos de herramientas para revertir la situación y tirar adelante. Si ha ocurrido algo grave, estamos hablando de trastorno adaptativo, es decir, la persona se está adaptando a esta nueva situación y debe dejar pasar el tiempo». 

La pandemia tampoco ha ayudado en el bienestar de la salud mental de la población, entre la que ha aumentado la sintomatología ansiosa, la apatía y la desidia. Montserrat habla de «indefensión aprendida, lo que quiere decir que «hagas lo que hagas no puedes cambiar las cosas porque hay una serie de circunstancias adversas que juegan en contra. Y esto, prolongado en el tiempo, aboca en estados depresivos». 

Algunos síntomas

Aunque no siempre se manifiesta del mismo modo, los síntomas más habituales son:

  • Tristeza.
  • Llorar más de lo habitual.
  • Apatía.
  • Dificultad de concentración.
  • Lentitud del pensamiento.
  • Insomnio.
  • Alteraciones en el hambre.
     

Pero una vez se detecta, es indispensable consultar a un profesional que pueda valorar, algo que no está bien resuelto en la Sanidad Pública, donde hay un déficit de especialistas, lo que hace que muchos pacientes acaben en la privada. «No estamos cuidando la salud mental de la población y no estamos dando la atención que se merecería porque quien no se puede pagar un tratamiento privado, ¿cómo lo hace?, se pregunta la profesora de la UOC, quien también visita en el Institut RET.

Asimismo, en cuanto a los tratamientos, estos varían en función de cada caso y pueden ir desde la terapia psicológica hasta la farmacología, pasando por una combinación de ambas. «En sí misma la medicación no es ni buena ni mala», resalta Montserrat. «Los psicólogos recomendamos que haya una buena atención y que la medicación sea prescrita por un psiquiatra. Aunque la palabra a veces impacta, hay que tener en cuenta que del mismo que si se tiene un problema de corazón se acude al cardiólogo, el especialista de los temas emocionales es el psiquiatra. Tenemos que normalizar».

Y es que todavía hoy los temas de salud mental son un tabú social. La vergüenza y el estigma hacen que muchas personas sigan adelante sin pedir ayuda, en una sociedad que premia la felicidad y castiga la vulnerabilidad, los reveses, algo que se refleja en las redes sociales. Sin embargo, no hay que olvidar que en el peor de los escenarios, la depresión puede llevar al suicidio. «En un 70-75% de casos, las personas que consuman un suicidio tenían sintomatología depresiva. Es un dato que nos tendría que hacer pensar en cómo deberíamos estar actuando», asevera Montserrat.

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