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El Fill de la Bullida

Crónica. La (ignorada) historia del ‘topo’ de Cós del Bou aparece de tanto en tanto reclamando el lugar en la vida que tan mezquinamente le fue negado

FRANCISCO JAVIER ALVEAR

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El padre del Fill, Juan Cerezuela Aluja, en  el homenaje realizado en Cós del Bou en 1975. FOTO: JOSEP FERRER VILA

El padre del Fill, Juan Cerezuela Aluja, en el homenaje realizado en Cós del Bou en 1975. FOTO: JOSEP FERRER VILA

Con el (desafortunado) nombre de topos se les conoce a las personas que se escondieron en tiempos de la Guerra Civil del horror fratricida o de las furias de sus captores, en toda clase de escondites, léase agujeros, desvanes en desuso, falsos fondos de armarios o en casas ruinosas.

Fueron cientos los que permanecieron por años e incluso por décadas en esa condición. Algunas de cuyas historias han sido recogidas en el libro Los topos (1977), de los periodistas Manuel Leguineche y Jesús Tobado –quienes acuñaron el malogrado término–, y en la película La trinchera infinita (2019) de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga.

Esta es una de esas tantas historias que se resisten a ser contadas y que, al mismo tiempo, claman por ello, abriéndose paso entre el dolor y el olvido, entre la vergüenza de unos y la rabia de otros, entre la verdad y el mito.

Uno de los grandes mitos de la calle Cós del Bou es la historia (no contada) de El Fill de Bullida: el topo de Cós del Bou, quien aparece de tanto en tanto, cual fantasma de Elsinor, como(re)clamando el lugar en la vida que tan mezquinamente le fue negado.

«Aquí siempre vivieron. Era una familia un tanto especial, compuesta por un matrimonio y su hija Loli. Se decía que además tenían un hijo que vivía en Montblanc, al que nunca nadie recuerda haberlo visto. Él, no recuerdo bien cómo se llamaba, era de profesión albañil y a ella, que muchos nunca siquiera supimos como se llamaba, porque no se relacionaban con nadie –recalca–, le conocíamos como La Bullida y atendía una tienda de comestibles», nos explica uno de los antiguos vecinos consultados y que prefiere mantener su nombre en el anonimato.

Un testimonio que retrata la más absoluta discreción con la que vivieron toda una vida Los Cerezuela. Tanto que la vecindad, desconocedora de la crudeza de la realidad que ocultaban, los tildaban de un poco «raros», pues mantenían una calculada distancia que les inhibía de participar de la vida social del barrio. «El año 1975 la calle les rindió un homenaje por tratarse de una de las familias más antiguas del barrio y solo asistió el padre», agrega la misma fuente. «Él era un poco más sociable e incluso, recuerdo, que participa de las actividades de la Coral l’Ancora», añade.

Los datos oficiales señalan que Los Cerezuela, un matrimonio compuesto por Juan Cerezuela Aluja (s)(1891), Dolors Boquera (s) Castellnou (1893) y sus hijos José(1917), Juan (1923) y Dolors (31), vivieron en Cós del Bou 4 desde las primeras décadas del siglo XX y que regentaban, además, la señalada tienda de comestibles, que antes estuvo ubicada en el número 12 de la misma calle.

Hasta 1936 aparece, efectivamente, empadronado en ese lugar el matrimonio con sus tres hijos, pero a partir de esta fecha se pierde todo rastro oficial y factual de los mismos. Aunque, «su hermana Loli –que aún vive– siempre, se dejó ver junto a sus padres hasta que fallecieron a fines de los setenta», añade otra fuente consultada. Los años fueron pasando inalterables y el recuerdo que pudo existir de Juan y José se desvaneció con el tiempo ante la total indiferencia de todos.

La cuestión es que, de un día para otro, por allá por el año 1976 (fue a fines de ese año y con motivo de una ley de amnistía), casi cuatro décadas más tarde y ante la sorpresa de todos los vecinos apareció en la casa familiar de Los Cerezuela un hombre de unos cincuentaitantos años, «delgado y blanco como un papel», señala otro de los consultados.

Rápidamente corrió el rumor, confirmando lo que era un secreto a voces, que trataba de uno de los hijos del matrimonio que habría permanecido escondido por cerca de cuatro décadas. «La cuestión es que el hombre, al poco de salir de su escondite, se murió sin más de un día para otro», añade la misma fuente.

Consultado un familiar, nos señaló que cuando eran niños les decían que en la habitación del entresuelo dormía un tío que era pescador. «Luego supimos la verdad. Que muchas veces salía por las noches sin ser visto y que alguna vez hubo un serio intento (de su padre) de sacarlo a Francia. Llegó hasta la frontera y se arrepintió», señala.

Todo parece indicar que El Fill de la Bullida se trataba de José Cerezuela Boquera(s), el hereu, que murió por causas desconocidas en mayo del año 1977, dos meses después que su anciano padre, a la edad de 59 años.

Lo cierto es que se fue como vivió: ignorado e invisibilizado por completo. De hecho, no existe ni el más mínimo recuerdo de quién era, tampoco podemos imaginar, tan siquiera, qué hubiera sido de su existencia si no hubiese sido por el calvario que le tocó vivir. Tampoco existe constancia alguna de sus exequias y en donde descansan sus restos no hay una lápida que lleve inscrito su nombre.

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