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Joan Reyes Batista, el último Garrotinero de Tarragona

Tradición musical. El garrotín es una improvisada copla plagada de humor e ingenio popular, con estrofas formadas por cuatro versos

FRANCISCO JAVIER ALVEAR

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Joan (1949) es un rumbero autodidacta y custodio del garrotín, un palo flamenco. En la fotografía posa en la Plaça del Pallol. FOTO: FABIÁN ACIDRES

Joan (1949) es un rumbero autodidacta y custodio del garrotín, un palo flamenco. En la fotografía posa en la Plaça del Pallol. FOTO: FABIÁN ACIDRES

Les dones del Serrallo/no saben fer peix amb suc./Van darrera de la porta/a secar el pellut/¡El garrotín, el garrotán,/El garrotín, el garrotán!

-¿Otro?, pregunta.

Un dia mossen Noguer/desde dalt d’una Figuera/es va tirar una yufa/i va matar un carabiner. /¡El garrotín, el garrotán,/El garrotín, el garrotán!

A ratos parece que se expresara (siempre) en garrotín. De su voz desgastada por los años y el tabaco, sin guitarra «porque está prohibido» -recalca-, fluyen espontáneamente los diferentes versos populares, que dan forma a esta sorprendente manifestación de la cultura gitano-catalana.

Joan Reyes (1949), nacido en Tarragona igual que sus padres (su abuela materna era de Lleida, puntualiza), es hijo único y de oficio alicatador solador como su padre. «Empecé de chaval ayudando a mi padre. Entonces, nos decían también decoradores de cocina y baños», recuerda. Pero por encima de todo es un testimonio viviente de un tiempo pasado y un fiel exponente de un verdadero patrimonio cultural (inmaterial), ignorado y casi desconocido en Tarragona: un rumbero autodidacta y genuino custodio del garrotín de toda la vida.

¿Qué es el garrotín?

El garrotín es un palo flamenco, como se le conoce a cada una de las variedades tradicionales del cante. Procede del tango flamenco (atribuido a las cuadrillas gitanas de zambras del granadino barrio del Sacromonte, famoso por sus cuevas. ¡La cuna del flamenco!) y de (extraño) origen asturiano que llega a esta singular práctica musical de la mano de los gitanos catalanes.

Es, en síntesis, una improvisada copla plagada de humor e ingenio popular, con estrofas formadas por cuatro versos, por lo general, octosílabos con rima consonante o asonante en el segundo y el cuarto, utilizando una copla, a modo de coletilla, que remata el cante repitiendo hasta tres veces el consabido estribillo «el garrotín, el garrotán a la vera, vera, vera de Sant Joan...».

Joan precisa que el garrotín de Tarragona, más bien, no usa este último tradicional estribillo, como se advierte en sus creaciones.

Estudiosos como Hipólito Rossy lo consideran una creación propia y específica de gitanos de Lleida y Tarragona, cuyo aflamencamiento se registra desde principios del siglo XX a través de la Niña de los Peines (1890-1969); quien, a su vez, recoge el testigo de personajes como El Niño de Medina y Amalia Molina.

La edad de oro del garrotín se sitúa en los años treinta del siglo XX y más tarde cobrará otro importante impulso de la mano de figuras de la talla de Carmen Amaya y del Peret, en los sesenta y setenta, respectivamente.

En una época en que la fiebre flamenquista instalada en Barcelona empezaba a extenderse al resto de Catalunya, Tarragona ya aparece como uno de los puntos fuertes de este movimiento. «Eran tiempos en donde nosotros íbamos detrás de la gente mayor que iban por todos los bares cantando y tocando. Iban a los locales de la Plaça de la Font, donde está hoy la peña barcelonista, en ‘La Cueva’, que fue un punto neurálgico, etc. Ahí, donde tenemos la asociación (Baixada de la Peixateria) había, también, dos bares. En la Plaça del Fòrum, entonces, había -todavía está- un bar, ‘El Tóful’. Allí hacíamos las bodas y se cantaba muchísimo...», recuerda.

A Joan siempre le gustó tocar la guitarra y la fue estudiando por su propia cuenta y riesgo. Fijándose, muy especialmente, en cómo lo hacían los mayores y más tarde «comencé a seguir a todos los que tocaban por todos los sitios de la ciudad», comenta. «Muchas veces nos hacían entrar y cantar con ellos. Yo tenía unos diez o doce años... Hasta que empezaron a desaparecer, poco a poco, estos lugares», se lamenta. Uno de los últimos sitios en desaparecer -recuerda- fue un lugar que ellos le llamaban ‘La Guitarra’. Un bar que estaba al principio de carrer de Sant Llorenç. «Allí íbamos todos», comenta.

Si bien es cierto esta sorprendente manifestación cultural, en su dimensión más pública, parece haber desaparecido junto con personas, tiempos y lugares en donde se desarrollaba natural y cotidianamente, existe una sabia joven que se resiste a enterrarla para siempre.

Prueba de ello es que Joan, el Compay Segundo del garrotín y la rumba tarragonina y el último exponente de esta singular forma del folklore gitano-catalán, al terminar uno de los encuentros que hemos tenido la suerte de sostener con él, gracias a un proyecto de rescate de su cultura que lleva a cabo el Ajuntament de Tarragona, nos deja este palo acompañándose de tres chavales palmeros. Improvisando, casi susurrando pero con un hilo firme de voz. Su último garrotín:

Dues dones molt boniques/al pla de la Catedral/veníen ous, panses i figues/i la cosa va anar mal/lo que van perdra amb les panses/amb las figues van guanyar/¡El garrotín, el garrotán/El garrotín, el garrotán!

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