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El abandono de especies exóticas invasoras pone en jaque a la fauna autóctona

Reportaje. Desde que en los años 80 se observó la primera cotorra argentina en Cataluña, la liberación de animales incluidos en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras ha ido en aumento y se ha declarado “delito de peligro”

ELENA PARDO BELLMUNT

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La estrilda común es oriunda del África subsahariana. FOTO: Pixabay/Carlos Mirao

La estrilda común es oriunda del África subsahariana. FOTO: Pixabay/Carlos Mirao

El cielo tarraconense hospedó en la década de los años 80 a un ave nunca antes vista por estos lares. Se estima que el primer avistamiento de cotorra argentina en libertad fue en Barcelona en 1975. Este pájaro, originario de Sudamérica, no cruzó el océano por voluntad propia: fue capturado y separado de sus congéneres para ser vendido como mascota a miles de kilómetros de su hogar. El problema se hizo palpable cuando varios ejemplares consiguieron adaptarse a la vida en la ciudad después de haber sido abandonados a su suerte.

La primera víctima del comercio de animales exóticos está ahora en el punto de mira. Junto a ella, cientos de especies están incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (regulado por el Real Decreto 630/2013, de 2 de agosto) porque causan graves desequilibrios en los ecosistemas. Pero si están instaladas en casa es «debido a la irresponsabilidad del ser humano y la lenta gestión de las administraciones», afirma Andrea Torres, responsable de Animales Salvajes en Entretenimiento y Comercio en la Fundación para el Asesoramiento y Acción en Defensa de los Animales (FAADA).

Raül Aymí, responsable de anillamiento de aves en el Institut Català d’Ornitologia (ICO), comenta que «en localidades litorales como Vilanova, Cambrils, El Vendrell y Tarragona se han visto grupos de veinte o treinta ejemplares de cotorra argentina».

Grupo de cotorras en Cambrils. FOTO: Elena Pardo
Grupo de cotorras argentinas en Cambrils. FOTO: Elena Pardo

Y no son las únicas psitácidas que sobrevuelan la provincia. «También se puede ver alguna cotorra de Kramer o loro de cabeza roja», añade Aymí. Como las cotorras, la estrilda común llegó a adaptarse a la vida mediterránea después de haber sido liberado. «Se empezó a comercializar con esta especie africana porque por su tamaño era fácil tenerla en una jaula», explica el ornitólogo. Sin embargo, hay especies, como el busardo mixto, cuya aparición por estas tierras se debe a un motivo distinto. «Es una rapaz que se utiliza en los aeropuertos para asustar a otros pájaros y, a partir de escapes, se les ha llegado a ver con crías a las afueras de Reus», menciona el responsable de anillamiento de aves.

Intrusión en tierra y agua

En cuanto a los mamíferos, el coordinador del Museu de Ciències de Granollers, Antoni Arrizabalaga, dice que «el problema con el cerdo vietnamita», una especie detectada en estado silvestre en 2017 en la zona de Sant Pere i Sant Pau, «radica en que puede reproducirse con el jabalí y se crean híbridos», conocidos como cerdolís. Pero no es el único cuadrúpedo proveniente del mascotismo que merodea por España. En la comarca del Alt Empordà se realizó el primer avistamiento en 2020. «Las personas compran mapaches porque de crías son muy dóciles pero, cuando crecen, se vuelven más agresivos y los sueltan en el campo», añade Arrizabalaga.

Cerdos vietnamitas en Sant Pere i Sant Pau (2019)
 FOTO: FAADA

Por su parte, Joan Vives, fundador de L’Hort de la Sínia y colaborador de la Associació Mediambiental la Sínia, entidad que gestiona el espacio natural del río Gaià, impulsó hace 10 años el Centro de Divulgación de la Tortuga con el objetivo de «explicar a la gente la repercusión negativa que implica la liberación de especies que no pertenecen a este hábitat». La tortuga de Florida y la de orejas amarillas se han convertido en «una amenaza para el galápago leproso y el europeo», las dos especies autóctonas de Catalunya, «porque son grandes depredadoras y alteran el ecosistema».

El mismo espacio sirve como centro de cría de tortuga de tierra. «Es una especie en regresión que liberamos cuando cumple cinco o seis años en el Parque Natural de la Serra del Montsant para que la población se vaya consolidando», señala Vives. El Centre de Recuperació d’Amfibis i Rèptils de Catalunya (CRARC) participa en el proyecto desde 2005. «Más de 3000 individuos viven ya en libertad», manifiesta Albert Martínez, director científico del CRARC.

En 1975 se avistó por primera vez una cotorra argentina en Catalunya. Fue en Barcelona

Pero cuando la puesta en libertad se hace sin ningún tipo de control, empieza la propagación de enfermedades. «El picornavirus tiene que ver individuos cautivos que se abandonan y provocan mortalidad en las crías de tortugas», explica el doctor veterinario. «También hay un hongo que afecta a las ranas y sapos y está prácticamente expandido por toda Catalunya», comenta Martínez. «Otro que afecta a salamandras y tritones y luego está el hongo de las serpientes», añade. Hay un agente patógeno, conocido como ranavirus, que conlleva un mayor peligro porque «salta de un grupo a otro, es decir, afecta por igual a anfibios, reptiles y peces», explica el veterinario, «y es mortal».

Actuación a tiempo

Mientras, desde el CRARC comentan que tienen la «orden de la Generalitat de sacrificar a los animales que provienen del medio». Martínez expone que «ahora se tiene que hacer porque hablamos de cientos de miles de ejemplares cada año que ponen en riesgo los ecosistemas», aunque espera no seguir en 2030 sacrificando animales ya que «la verdadera solución pasa por cambiar bruscamente la manera de relacionarnos con la naturaleza». Por otra parte, Arrizabalaga destaca que «a veces, cuando se retiran ejemplares de una especie, estás quitando competencia de ellos mismos e incitas a que se reproduzcan con mayor facilidad» y Torres añade que «no hay ningún estudio que a día de hoy justifique que la caza sea eficaz para equilibrar las poblaciones de especies invasoras».

Ejemplares de tortuga de Florida. FOTO: CRARC

La opinión es unánime en cuanto a toro pasado es muy difícil reparar el asunto. Mientras hay entidades que están a favor de prohibir la tenencia de especies exóticas para proteger el medio ambiente -muerto el perro, se acabó la rabia- Torres dice que en FAADA «sabemos que cuando te pones en los extremos no consigues nada, sobre todo con las administraciones» y por ello proponen «un Listado Positivo que tiene en cuenta factores como sanidad, seguridad pública, biodiversidad y bienestar animal» que permita que se puedan adquirir como mascotas «contadas especies de animales exóticos». Hay 8 países que ya cuentan con el apoyo de Listados Positivos para regular el comercio de animales: Luxemburgo, Bélgica, Países Bajos, Croacia, Malta, Lituania, Chipre y Noruega (el único que no pertenece a la Unión Europea).

Delito de peligro

Albert Calduch, del despacho reusense Calduch Abogados, explica que «la Ley marco de 42/2007 de 13 de diciembre de Patrimonio Natural y Biodiversidad», la primera que recogió el término de especie invasora, «se aprobó a raíz de un tratado internacional que también regula la materia». El tratado «pide que para introducir un animal en otro país necesitas el documento CITES, que actúa como un pasaporte de compatibilidad, simplificándolo mucho», manifiesta el jurista. «Pero los animales no entienden de fronteras, por lo que si algo se regula aquí pero no en otro lado, afecta a su ecosistema», añade Calduch.

El cerdo vietnamita, la estrilda común o la tortuga de Florida son algunas de las especies que aparecen en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras

En el caso de determinar la autoría del abandono de un animal exótico invasor, «el juez instructor remitirá los hechos a un juzgado de lo penal para el juicio», explica el abogado. «Si la sentencia es condenatoria, se aplicará el artículo 333 del Código Penal, un delito especifico de especies exóticas invasoras que está incluido en los delitos de fauna», comenta Calduch. «La pena del tipo delictivo, para la gravedad que puede suponer, es baja», considera. «Va desde los 4 meses a 2 años de cárcel o una multa de 8 a 24 meses». La buena noticia es que está tipificado como un «delito de peligro», por lo que, «basta con la mera posibilidad de que se produzca un desequilibrio en el medio ambiente para que se cometa el delito», concluye Calduch.

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