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Marta Balañá: La pintura como revulsivo contra la adversidad

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GLORIA AZNAR

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La pintora Marta Balañá, en su estudio, ahora ubicado en su casa de Altafulla. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

La pintora Marta Balañá, en su estudio, ahora ubicado en su casa de Altafulla. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

La trayectoria artística de la altafullense Marta Balañá va intrínsecamente unida a su recorrido vital. «No se puede separar la persona de la enfermedad», señala Adolfo Gómez, su marido y compañero. Marta Balañá es una artista autodidacta que encontró en la pintura el bálsamo que necesitaba en un momento decisivo de su vida cuando siendo muy joven, con solo 35 años, fue diagnosticada de Parkinson. «La pintura me aporta todo lo que no tengo. La fuerza que se manifiesta en los lienzos surge de mi interior, pero es algo que también he tenido que buscar porque he pasado por momentos muy duros», comenta la artista.

Marta Balañá es una pintora tardía, que se adentró en el mundo de las artes plásticas cumplidos ya los 40. Y lo hizo sin concesiones, de una forma absolutamente entregada. «Cuando empezó era como si hubiera encontrado lo que ella siempre había buscado. Estaba muy a gusto. Marta era profesora de Formación Profesional, pero la pintura le dio un plus. Cuando volvía del trabajo se ponía a pintar sin parar. Era espectacular. Y salía contentísima, superrealizada», cuenta Adolfo, quien añade que fue una amiga personal de la artista la que le estimuló el interés por la disciplina. «Le quitó los complejos que todos tenemos a la hora de empezar a hacer una cosa nueva, le abrió todo el camino».

Tendencia abstracta

La última de las exposiciones individuales de Marta hasta el momento tuvo lugar a principios de este año en el Tinglado 1 del Moll de Costa de Tarragona bajo el título Un color porta a l’altre. En ella tomaban protagonismo paisajes, calles y callejones, gigantescas frutas y el mar como hilo conductor, entre olas enfurecidas y la calma aparente del Mediterráneo, donde también tenían cabida los refugiados que las oscuras aguas del océano engulle ante la indiferencia europea. «No sé por qué les llamamos refugiados si no tienen refugio», manifestó Balañá en su momento. De igual manera, plasmó sus inquietudes sociales en un cuadro sobre los atentados de Atocha, del 11 de marzo de 2004.

Sin embargo, estos motivos han ido dando paso con el tiempo a un trazo más abstracto, más indefinido. «Le gusta más la mezcla de colores. Creo que ahora le cuesta planificar un cuadro, por lo que cuando tiene la inspiración empieza a pintar directamente. En la exposición de febrero ya se percibía esta tendencia, aunque ahora es más exagerado». Son las consecuencias del Parkinson. «La enfermedad le condiciona. Una cosa lleva a la otra. Antes también le condicionaba la forma de pintar, con aquel trazo tan inmenso y tan largo que hacía. Y ella se adapta con la pintura», manifiesta Adolfo. Fue en el año 2010 cuando Marta se sometió a una operación, que justamente provocó un cambio en su forma de pintar de manera radical.

Ahora, estos días de pandemia, la altafullense continúa trabajando en los lienzos, «aunque a un ritmo más bajo. Cuando tiene ganas, cuando se encuentra bien. Y también pinta formatos más pequeños, a un ritmo más tranquilo». Y es que un paseo por entre sus obras es al mismo tiempo un recorrido por sus estados de ánimo, por sus momentos de alegría y otros más profundos, de tristeza. En cuanto al formato, si bien Marta acostumbraba a pintar en grandes lienzos y en el exterior, poco a poco los hábitos de trabajo han ido modulándose, por la imposibilidad de cargar con los utensilios y desplazarse con normalidad. «A medida que empezaron a presentarse otros síntomas, empezó a pintar en estudio. Iba al lugar, se impregnaba de las imágenes y después las plasmaba», explica Adolfo. Y actualmente Marta disfruta de lo que más le gusta en la vivienda familiar.

Actualmente la artista participa en muestras colectivas que periódicamente se organizan en Altafulla porque una de sus pasiones es, precisamente, poder compartir su pasión con su público, con sus seguidores. «Me gusta llegar a los visitantes, ver que responden», afirma la pintora, al tiempo que recuerda que sin ellos, su vida hubiera sido mucho más difícil.

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