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104 años llenos de vitalidad

Guillermo de Chopitea es uno de los hombres más longevos de Tarragona. Cautivo durante la guerra y exiliado, su optimismo es el secreto de su larga vida

Esther Garrido

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Guillermo de Chopitea hace unos días, junto a la tarta con la que celebró su 104 cumpleaños. Foto: Cedida

Guillermo de Chopitea hace unos días, junto a la tarta con la que celebró su 104 cumpleaños. Foto: Cedida

Guillermo de Chopitea cumplió el pasado día de la Verge de Montserrat 104 años, una larga vida llena de vivencias increíbles. Nacido en Barcelona, pasó su infancia feliz rodeado de sus padres y sus ocho hermanos mayores, viviendo todos juntos en una torre con jardín en Pedralbes.

Desde pequeño le apasionaban los trenes, una afición que nunca abandonó. De hecho, tenía en las paredes de su habitación todo el recorrido del tren de Sarrià y, de mayor, él mismo construía trenecitos.

Chopitea estudió Teología y ha escrito numerosas Cartas al Director en el Diari, siempre argumentándolas con citas bíblicas. Hombre de La Salle, pasó durante la Guerra Civil uno de los momentos más duros de su vida. Hecho cautivo en un calabozo en el Ayuntamiento de Mollerussa, estuvo preso junto al después santo Jaume Hilari. Allí se hicieron amigos y compartieron vivencias, antes de que a Hilari lo fusilaran en el monte de la Oliva. Tal fue su amistad que Chopitea acudió al Vaticano a su beatificación.

Exiliado en Francia

Un día en que unos vecinos de la zona acudieron al Ayuntamiento a preguntar a los reos si necesitaban algo, Chopitea sólo pidió que avisaran a su madre de su cautiverio. Cuando ella se enteró, consiguió que la Generalitat lo sacara de allí.

Cada quince días, según explica su hija María Gloria, pasaba un barco que llevaba presos al exilio, y un día le tocó a él y a otro compañero. En el momento señalado, fue liberado y dirigido al puerto, donde fue vestido de marinero y dejado en el camarote del cocinero. De allí lo trasladaron a Francia, donde pasó siete meses en Le Puy-en-Velay ayudando en trabajos sociales.

Más tarde fue llamado a filas y le destinaron a Burgos, pero como contaba con titulación superior lo pusieron a dar clases a los soldados analfabetos. «Lo peor hubiera sido disparar contra la gente», decía siempre Chopitea.

Vida tranquila en Tarragona

Tras la guerra, como ya contaba con amistades en Tarragona, decidió quedarse en la ciudad, donde se casó y nacieron sus hijos. Se dedicó a la enseñanza en La Salle y el colegio Roig.

Otro hecho reseñable de su vida fue el nacimiento de su hijo con Síndrome de Down. Debido a su fe, «nunca vivió este hecho como un drama», asegura su hija, «sino que simplemente buscó una solución». Así es como se hizo socio fundador de la asociación Topromi, que ayuda a personas con discapacidad y/o en riesgo de exclusión. El centro fue creado en 1982 y está situado en La Canonja.

María Gloria describe a su padre como un hombre «muy paciente, muy armonioso», quien «ha aceptado las limitaciones de la vejez con total naturalidad». Es más, dice a menudo a su familia que se prepara «para el paso más importante de su vida, el paso a la eternidad». Chopitea es un hombre que vive la vida con optimismo. Tal vez en ello radique su longevidad. Su hija recuerda que su padre «siempre ha llevado una vida sana, sin excesos».

«Es persona de misa y rosario diarios», dice María Gloria. En su juventud iba todos los días a misa, pero cuando ya no le fue posible por la edad, decidió seguirla por televisión. Aun así, algunos días su hija, con quien vive, lo lleva a la parroquia de Sant Pau o al Loreto.

María Gloria cree que «la fe tiene efectos sobre el equilibrio psicológico de la persona» y que por ello, su padre, al vivir la vida desde esta perspectiva, «siempre ha aceptado los contratiempos». Es una persona muy agradecida a la existencia, siempre ve el lado positivo. Además Chopitea es un hombre que admira mucho la belleza de la vida. Le gustan las antigüedades, la arquitectura y la belleza de la naturaleza, carácter con el que su hija le describe como «muy rico y fuerte interiormente».

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