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9.000 personas en un mitin clandestino

Como acto ilegal y clandestino dejó que desear: miles de asistentes, gente sin poder entrar, retransmisión por tele y redes sociales. La calle es del independentismo

Raúl Cosano

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Las colas daban la vuelta a toda la TAP.  Foto: pere ferré

Las colas daban la vuelta a toda la TAP. Foto: pere ferré

Tantas ganas había de vítores que la cosa empezó con una ovación improvisada ante una imagen de Trapero proyectada en las pantallas. Quizás así se agradecía que los Mossos dejaran hacer el acto, tras todas las incertidumbres del día. «Nos van poniendo una barrera cada día, pero nosotros la saltamos, construimos sobre ella. Acabaremos votando», decía Mireia Fernández, una reusense que había acudido al acto junto a su madre, Montse Trullén. 

El ambiente, ya en la calle, era espectacular, otra aplastante ostentación en la calle del independentismo; de críos de dos meses a abuelos de más de 80 años, y ese cariz lúdico y también épico de las diadas, tantas veces ya ejercitado. «No sé si podremos votar, pero saldrá algo bueno de aquí. Conseguiremos cosas», explicaba Víctor López.

Esta vez, sólo había un cambio en esa retahíla de jornadas históricas que vive Catalunya: el acto era ilegal. Y hasta bromeó el presentador, Oriol Grau, con Txe Arana: «¿Habías presentado alguna vez un acto ilegal? ¿Has estado alguna vez en un mitin clandestino?». «Las cosas ilegales yo las hago en privado», asestaba Oriol Grau luego. Porque parecía un chiste: un mitin clandestino con más de 9.000 personas según la organización, retransmitido por las redes (todo el rato se caía internet debido al colapso), por la tele y con decenas de medios acreditados. 

Hubo cánticos de ‘Votarem’, ‘Ballesteros dimissió’ y ‘No tenim por’

«Esto está lleno», intentaba comunicar por WhatsApp Jaume, que al entrar había perdido de vista a sus amigos. «Nos movilizaremos cada día, una y otra vez, hasta que se pueda votar. El estado no sacará los tanques, pero la policía sí estará en la calle», decía. Aun así, la consigna de todos era poder votar. Sonaban Els Amics de les Arts, L’Estaca de Lluís Lach y El Cant dels Segadors en medio de un calor sofocante. Había que recurrir a los abanicos y se trasegaban cervezas y agua. En los parlamentos hubo recuerdos constantes a las miles de personas que se habían quedado fuera por cuestión de aforo. Aquello parecía un macroconcierto: haces de luz, pantallas gigantes y tres grandes pancartas que saludaban con ‘holas’ al nuevo estado y a Europa. No faltó luego el mosaico con manos de cartón para dar la bienvenida a la República que viene. 

Puigdemont llegó abriendo hueco en un pasillo, como uno de esos boxeadores americanos que irrumpen así hasta el ring. La gente se vino arriba, en torno a un lema. «Sólo queremos votar y expresarnos. Hemos venido para apoyar a estos políticos que están dando la cara. Somos gente normal», decía el tarraconense Cisquet Preciado. Hubo cánticos de ‘Votarem’, ‘Ballesteros dimissió’ y ‘No tenim por’, esa proclama reciente contra el terrorismo que se ha adaptado aquí para responder a las amenazas del estado. «Gente normal convertida en imprescindible», definían a los asistentes. 

El color fue el de siempre: camisetas fosforescentes, senyeras, banderas impredecibles como una republicana y toda una suerte de camisetas con lema, desde S’ha acabat el bròquil a cualquier adaptación del Keep Calm.

Y, así, entre mensajes de los ponentes que enardecían al público, música –actuaron los vendrellenses Buhos– y la reivindicación ebrense de la cantautora Montse Castellà al clamor de Lo Riu és Vida pasó un acto que dejó las mayores ovaciones para Carme Forcadell, la presidenta del Parlament. Cuando Junqueras pidió la movilización del no, llegó un aplauso comedido y formal. El vicepresidente acabó parafraseando a Luis Aragonés, con la frase de ‘ganar, ganar y ganar y volver a ganar’, poco antes de un final entusiasta, otra fuerza apabullante. «Y encima en una plaza de toros», bromeaba una. Fuera, un asistente daba la mano a un Mosso, felicitándole por no intervenir. Serían órdenes de Trapero, vitoreado al principio. 

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