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A la caza de un trozo de verde

Conseguir mesa en un parque se convirtió ayer en una carrera para madrugadores. Hubo quien guardó sitio desde antes del amanecer con tal de reunir de nuevo a la familia en torno a la tradición
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Para coger una mesa en el Parc del Francolí algunos acudieron antes incluso de que amaneciera. Foto: Pere Ferré

Para coger una mesa en el Parc del Francolí algunos acudieron antes incluso de que amaneciera. Foto: Pere Ferré

El patriarca de la familia Orellana-Cazorla fue ayer el encargado de la delicada misión de encontrar una mesa en el Parc Francolí donde su familia pudiera volver a cumplir la tradición de comerse la mona de Pascua al aire libre. Como por la experiencia de otros años sabía que se trataba de una empresa complicada, allí se plantó a las 6.30 de la mañana, linterna en mano, dispuesto a hacer guardia estoicamente. Hacia las 9.30 la práctica totalidad de las mesas ya estaban ‘reservadas’.

Su hijo recuerda cómo, de pequeño, antes de que se construyera el parque, ya solían ir el lunes de Pascua cerca del río. Eran tiempos, claro, en que encontrar un trozo de verde cerca de la ciudad no resultaba tan complicado. Seguramente aquel dulce se esperaba también con más ganas, porque la mona se consume coincidiendo con el final de la Cuaresma, cuando tradicionalmente se llevaba a cabo un periodo de ayuno y abstinencia de un buen número de alimentos.

Igual que en años anteriores, la zona de picnic del Francolí se convirtió en una de las más frecuentadas. Eso sí, cada vez queda menos lugar a la improvisación. Más de uno se llevó una pequeña tienda de campaña para que los niños pequeños no se quemaran con un sol que fue más bien escaso(la temperatura media en la ciudad a mediodía estaba en los 14,5 grados). También abundaron los juegos para entretener a los más jóvenes (un grupo de chavales se retaba al bádminton) y hasta hubo un señor que consiguió colgar una hamaca entre dos árboles. En definitiva, se respiraban ganas de campo y aire libre, pero sin intención de sufrir.

 

Ir a cruzar el Pont del Diable

Pero si en el Francolí madrugaron para poder hacerse con un hueco donde comer, en el Pont del Diable la ‘caza’ de las mesas no estuvo menos reñida. Hubo quien llegó a las 7 y no encontró exactamente la mesa que se le antojaba. No obstante, al final cualquier rincón fue bueno para instalar las mesas y el aparataje.

Hubo familias que no se dejaron prácticamente a nadie en casa. Es el caso de los Gómez-Carrascosa. Ayer eran 17, entre ellos Gregorio, el más pequeño, de dos años. Se trajeron además un perro, un gatito recién nacido que una de las hijas se había encontrado días atrás y el canario. Para amenizar la espera se entretenían jugando a la petanca.

Entre los ‘fijos’ de la zona tampoco faltaron las hermanas Rodríguez, que cuentan risueñas que ya venían aquí de solteras, «y llevamos 50 años casadas». Apuntan que, además de Navidad, esta es una de las ocasiones en las que se reúne la familia más extensa. En su caso la tradición incluye, además, ir a cruzar el acueducto romano al menos una vez.

A pocos pasos de ellas se enocntraban los Martínez, unas 26 personas. Juan, de 45 años, cuenta que ya de pequeño venían al mismo sitio a comer la mona... que ahora son monas, en plural, porque ayer en la mesa tenían siete para degustar. A más niños, más dulces.

En lo que se refiere a la mona como tal, la variedad que podía verse en el recorrido era enorme. Abundaban las del supermercado, algunas de pastelería, las que sólo estaban formadas por la figura de chocolate y un fenómeno al alza: las monas caseras, pero de apariencia profesional. Carla, una joven madre, explicaba que cada vez es más fácil recurrir al tan de moda ‘do it yourself’ (hágalo usted mismo). Ella, por ejemplo, buscó una receta por internet y compró las plumas y pollitos en una papelería. «Me ha quedado que ni de Master Chef», comentaba orgullosa.

 

Valientes en la playa

Pero entre quienes más se arriesgaron ayer con el tiempo se encontraba el grupo de siete amigos que se han autobautizado como ‘Carpe diem’. Al mediodía se les podía ver en la playa de L’Arrabassada. Uno de ellos incluso se había atrevido a darse un baño, aunque no le quedaba más remedio que reconocer que el agua estaba «bien fría». Toda una proeza, teniendo en cuenta que no parecía, precisamente, un día de playa. No había toallas tendidas al sol, ni mucho menos bañistas, sino apenas algunos paseantes a ritmo ligero. No estaban seguros de repetir sitio para la mona del año que viene.

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