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«Ahora viene más gente que antes a la iglesia»

Distancia en misa. Sin dar la paz, con la hostia consagrada en la mano y guías para ir a comulgar. Víctor Mosquera, rector de Alcover, aplica medidas para reducir los riesgos en la nueva normalidad

Raúl Cosano

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Víctor Mosquera se lava las manos con gel hidroalcohólico, ayer antes de oficiar su misa diaria en Alcover (Alt Camp).foto: alba mariné

Víctor Mosquera se lava las manos con gel hidroalcohólico, ayer antes de oficiar su misa diaria en Alcover (Alt Camp).foto: alba mariné

La nueva normalidad, marcada por el gel hidroalcohólico, las señales para el distanciamiento en los bancos, no darse la paz y ofrecer la hostia consagrada en la mano, también ha traído consigo un aumento de gente en las iglesias. «He notado las ansias de participar en las misas, incluso por parte de personas a las que hace tiempo que no veíamos en las celebraciones», explica Víctor Mosquera, rector de Alcover y también de pequeños núcleos del Alt Camp como La Riba, Picamoixons, El Milà, La Masó, Fontscaldes, Masmolets, Mont-ral y Farena.

Todos esos templos han ido recuperando, de manera escalonada, una relativa rutina en las últimas semanas, siguiendo las directrices establecidas por el Arquebisbat de Tarragona. «Hasta el confinamiento, en las misas de cada día venían a Alcover 10 o 12 personas, y ahora hablamos de hasta 25. Creo que a la gente esto le ha removido por dentro. Pienso que aquellas personas que tenían un poso cristiano se han empezado a acercar a la Iglesia a raíz de una cierta reflexión interior, en algunos casos volviendo a algo que habían dejado de lado en un determinado momento», explica Mosquera.

Una oración por los fallecidos

No hay problemas para cumplir con las restricciones en un aforo de unas 600 personas en la parroquia de la Assumpció de Alcover, que celebra una misa diaria que arranca inevitablemente con un recuerdo explícito a las víctimas de la Covid-19: «Hacemos una oración diaria por los fallecidos por coronavirus, también por toda la gente que está batallando y por las pérdidas y el dolor de esos familiares que en su momento no pudieron celebrar las exequias como hubiesen querido».

Mosquera aún digiere una situación extraña y peculiar, en la que él mismo tiene que pulverizar e higienizar los bancos después de cada celebración. «Voy a fumigar», dice con humor. Los carteles que anuncian las normas son otro signo de estos nuevos tiempos.

Él se lava las manos constantemente, con el gel dispuesto en el altar, junto a la patena y el cáliz, y especialmente antes y después de consagrar. También lleva la mascarilla puesta prácticamente todo el rato durante la eucaristía. «La llevo colocada pero me la bajo para poder leer, cantar y expresarme mejor, también porque no hay peligro al estar la gente distanciada lo suficiente», admite él, esmerado en que los feligreses que acuden al templo sigan todas las instrucciones.

«Hacemos hincapié en que se laven muy bien las manos. Hemos marcado las líneas en el suelo para ir a comulgar. Nos lo hemos tomado muy en serio y la gente es consciente de los riesgos y de las precauciones que se tienen que tomar», explica Mosquera, especialmente escrupuloso y precavido por los riesgos latentes: «Hay que tener en cuenta que las personas que asisten a la iglesia, en un alto porcentaje, son mayores, así que tenemos que vigilar que todo se hace sin peligro». Otra de las novedades es que no hay libritos para leer y cantar: «Procuramos hacer cánticos que ya se sepan de memoria o poner música durante la comunión».

«El contacto se ha enfriado»

En suma, la lejanía con los fieles lo ha impregnado todo de una cierta impersonalidad a la que hay que amoldarse. «Me gustaba ir a la puerta de la iglesia, saludar, preguntar a la gente. Todo eso se ha eliminado. El contacto se ha enfriado un poco», relata Mosquera, que deberá cambiar el protocolo en las confesiones: «Normalmente es algo que se hace hablando al oído, en voz baja y en un espacio cerrado. Habrá que buscar una alternativa en un sitio apartado y a distancia».

Requisitos más o menos engorrosos pero claves para que el hecho religioso haya regresado como consuelo a almas maltrechas, desorientadas por la pandemia. «Ya hemos podido ir a los tanatorios a visitar a las familias», dice Mosquera, que a partir de esta semana se pondrá en contacto con padres y madres para ir programando las confirmaciones y las primeras comuniones a partir de julio. Sí que se están celebrando los primeros entierros, aunque con un límite de 25 personas en esta fase 2. «He hecho un funeral en Fontscaldes. Fue un poco raro, porque por la cuestión del aforo solo pudo entrar la familia y se quedó gente fuera, pero hay que acostumbrarse a situaciones así», explica el párroco, sensible a poder socorrer al prójimo en aquellos momentos de angustia y pesar que está dejando tras de sí la Covid-19.

Víctor nunca ha olvidado esa asistencia, incluso en los momentos más estrictos del estado de alarma, en los que aportar una ayuda que sirva como asidero espiritual. Por ello recuerda uno de los servicios primordiales que ofreció: «Apenas he tenido contacto con alguien estos días de cuarentena. Pero sí he estado con una familia en un funeral. Una madre se murió en una residencia, en plena crisis. No hubo ni vela ni nada, pero en el cementerio de Alcover hicimos una ceremonia muy breve, diez minutos cortos pero intensos de oración. La familia agradeció que pudiéramos hacer algo, un mínimo, y se quedó muy tranquila. Al fin y al cabo ese es mi trabajo, consolar a la gente».

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