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Albert Abelló, el empresario inquieto

De pequeño se levantaba a las seis para ayudar a su madre a descargar las cajas de pescado, siempre quiso fundar su negocio. Presidió la Cambra e impulsó el dTapes

Núria Riu

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Albert Abelló protagonizó un acto de protesta para colocar las señales para ir a la estación del AVE Camp de Tarragona. FOTO: Lluís Milián

Albert Abelló protagonizó un acto de protesta para colocar las señales para ir a la estación del AVE Camp de Tarragona. FOTO: Lluís Milián

Albert Abelló Hierro era por encima de todo un empresario con mayúsculas. Un hombre inquieto, incansable y que se motivaba a base de retos. Estudió en La Salle de Tarragona hasta los 15 años y, después, fue al Comte de Rius, donde se especializó en maestría industrial.

Empezó a trabajar desde muy pequeño. «A las seis de la mañana, antes de ir al cole, iba al mercado a ayudar a su madre a descargar las cajas de sardina», destaca la presidenta de la Cambra de Comerç, Laura Roigé. Se conocían desde que nació. «Su madre y la mía eran primas-hermanas, por lo que hemos mantenido contacto toda la vida. Era un entusiasta y un gran hombre», pone en valor.

Desde muy joven, Albert Abelló siempre tuvo muy claro que no quería trabajar por cuenta ajena y apostó por el reto de ser empresario. Su primer negocio fue adquirir un camión para comprar y vender pescado por las localidades de la costa. Y es que Abelló siempre fue un hombre vinculado al comercio. Su abuela tenía las paradas de Peixateria Anna en la Plaça Corsini desde la apertura del Mercat Central, en 1915. Más tarde amplió el abanico con el Capità Sardina.

«Era un entusiasta y un gran hombre», según Laura Roigé

En 1987, con sólo 27 años, afrontó otro reto, cuando puso en marcha su primer establecimiento (Anna Pons), que se dedicó a los congelados. Abrió hasta trece establecimientos, realizando el primer servicio a domicilio del Estado ya en 1990. El negocio duró hasta 2003, cuando lo vendió a La Sirena. «Era un gran comerciante a todos los niveles. No paraba nunca», describe Josep Maria Joan, presidente de la Unió d’Empresaris dels Voltants del Mercat. 

Tras deshacerse del negocio, cogió un año sabático y emprendió junto a su mujer Esther y sus hijos, Albert y Anna, un viaje a Australia. Alquilaron dos bicicletas-tándem y recorrieron 2.700 kilómetros para coger fuerzas de cara a los siguientes retos.

En el año 2006 Albert Abelló dio su primer salto institucional. Empezó a presidir la Cambra de Comerç de Tarragona, en sustitución de Javier Artal. «Era una persona entrañable, con un perfil emprendedor e intelectual extraordinario. Cuando se proponía una cosa la conseguía», describe.

«Uno de los grandes»

Artal ya conocía a Abelló del pleno de la Cambra. «Al inicio vi que tenía interés y ganas, pero enseguida demostró grandes capacidades. Era testarudo. Muy testarudo. Hay un antes y un después de la Cambra con Abelló como presidente. Ha sido uno de los grandes», añade.

«Era testarudo. Muy testarudo. Hay un antes y un después de la Cambra con Abelló como presidente», asegura
Javier Artal

Como máximo representante del ente cameral poco a poco fue ganando proyección. En primer lugar por su férrea defensa de las infraestructuras y la competitividad de las empresas del territorio. En este sentido, hay dos episodios que explican cómo era Abelló. Del primero hace diez años, cuando colocó las señales en la Plaça de la Imperial Tarraco para llegar a la estación del AVE. Otro de sus grandes momentos fue en 2012, cuando mandó unas tijeras gigantes a la ministra de Fomento, Ana Pastor, para inaugurar la A-27.

Mostró sus dotes de visionario cuando impulsó el Tarragona dTapes, una iniciativa pionera que posteriormente han replicado muchos municipios de toda Catalunya. «Fue una apuesta que lanzó cuando nadie sabía lo que era», recuerda el director del hotel Urbis, Carles Segarra. Creyó firmemente en la apuesta de Tarragona como ciudad crucerista y en su última época como presidente se volcó en la defensa del proyecto BCN World.

Su fuerte personalidad es un aspecto que destacan los que le conocieron. «Tenía una grandiosa determinación para hacer lo que creía que debía hacer», dice el representante de Pimec en Tarragona, Josep-Joaquim Sendra.

Trabajador incansable

Le tocó ser presidente en uno de los momentos más duros de la Cambra de Comerç. Era 2010, cuando un real decreto del Gobierno eliminó la tasa que pagaban las empresas, cortando de tajo la financiación de estos organismos. «Fue creativo en momentos muy difíciles», apunta Artal. Apostó por la internacionalización y la fidelización de empresas. «Me dejó el trabajo hecho», asegura Andreu Suriol, quien le sucedió en el cargo cuando Abelló inició su etapa política.  

«Era un luchador innegable. Todo lo que se proponía lo acababa consiguiendo», dice Antoni Belmonte

Presidió la Fundació Topromi,  fue consejero en la Autoritat Portuària, consejero de Catalunya Banc y presidente de la Fundació Caixa Tarragona. Y es que, su capacidad de trabajo, es uno de los aspectos que ponen en valor las personas que coincidieron con él. «Era un luchador innegable. Todo lo que se proponía lo acababa consiguiendo y prueba de ello es el mercado. Lo defendió muchísimo», argumenta el presidente de Cepta, Antoni Belmonte.

Hombre de fuertes convicciones decidió dar el salto a la política después de que varias quinielas hacía tiempo que lo situaban en la Plaça de la Font. Dejó el cargo en enero de 2015, cuando lo sustituyó Andreu Suriol, y volvió a su actividad en el mercado, donde podía vérsele casi todos los días en el establecimiento de sushi que había montado.

Como empresario seguía en el pleno de la Cambra y ahora había mostrado su apoyo a la nueva presidenta, Laura Roigé, quien el pasado lunes al ser escogida manifestó que será una presidenta «abellonista».

En su poco tiempo libre una de sus pasiones era jugar al golf. Compartía afición con Javier Artal y juntos pasaron algunas horas perfeccionando su técnica en el Golf Costa Dorada. «Disfrutábamos tremendamente, porque era muy competitivo», asegura. Este deporte no era para Albert Abelló un pasatiempo, sino que ponía los cinco sentidos para intentar salir vencedor. «Era un ganador nato. Un terremoto», concluye Artal.

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