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Camelia, la chaleco amarillo

Siempre a la cabeza. Francia descubrió antes que nadie que la revolución es posible pero también que la del siglo XXI es infinitamente más compleja, difícil y extraña que la de cualquier otro momento histórico

Natàlia Rodríguez

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Camelia es una española, residente en Francia desde el año 2002 y está embarazada de dos meses. Camelia es una chaleco amarillo de la primera hora, que esgrime una pancarta confeccionada a mano que reza: «el fin del mundo y llegar a fin de mes son la misma lucha». No se puede decir más en menos espacio. Camelia vive hoy un infierno. Tras los acontecimientos acaecidos durante la manifestación del 1 de mayo en París, Camelia está amenazada de expulsión con una pena añadida de no pisar territorio galo en 24 meses. 

Camelia, que lleva un nombre muy francés, porque no hay dama más francesa que la de las camelias, lleva viviendo en Francia diecisiete años, lo que para muchos es media vida o toda una vida, porque en diecisiete años uno se construye, diecisiete años que ahora, de un plumazo, pueden desaparecer por un acto administrativo. 
Hace dos años Emmanuel Macron era elegido presidente de Francia. Hace dos años, pisó el patio del Louvre con la pirámide de Mitterrand a sus espaldas, con paso firme, quizás excesivamente firme, con el gesto serio, quizás excesivamente serio, y con un semblante hierático, quizás… Hace dos años los franceses que acostumbran a ser los ciudadanos más previsibles del planeta en cuanto a política se refiere -aquí el Estado pesa su peso en oro- votaron como adolescentes por lo desconocido, por la locura, por la novedad. Hace dos años, el sueño era aún posible. 

El país se encuentra en un callejón sin salida, enrocado en discursos grandilocuentes y, śabado tras sábado, protestas

Hoy Emmanuel Macron se enfrenta a un país poseído por la frustración, enérgicamente protestón que lleva meses encerrado en sus rotondas, ese invento tan francés que consiste en dar vueltas y vueltas sobre cualquier cosa para, normalmente, regresar al mismo punto de partida. Se enfrenta a unas elecciones europeas que para él tienen cariz de generales. Nadie como él ha apostado por la idea de Europa como eje de políticas nacionales, nadie como él se ha expuesto al populismo soberanista que campa a sus anchas por el viejo continente. Nadie como él va a jugársela el próximo día 26 de mayo. Y seguramente, nadie como él va a perder tanto en un solo día. 

Tras dos años de Macronismo, Camelia, una española está amenazada de expulsión por altercados con las fuerzas del orden. Una acusación que no parece demasiado clara ya que las versiones son muy contradictorias. No se trata de que Camelia sea española, que también, ni de que esté embarazada, ni de que lleve diecisiete años viviendo en Francia. Se trata del malestar, de la indignación, de la rabia, del descontento, de la frustración. Francia, siempre a la cabeza de cualquier experimento social y político, descubrió antes que nadie que la revolución es posible, pero también nos descubre sin miramientos que la revolución del siglo XXI es infinitamente más compleja, difícil y extraña que la de cualquier otro siglo. El país se encuentra en un callejón sin salida, enrocado en discursos grandilocuentes, debates nacionales que nadie sabe muy bien como gestionar, y sábado tras sábado,  protestas, destrozos, detenciones. Sin una casilla de salida clara para una partida que se está haciendo demasiado larga. 

El caso de Camelia es un claro ejemplo de cómo la gestión de la cólera ciudadana está siendo un desastre para la presidencia de Macron. No sé cuánto tiempo hace que Francia no expulsa a una española, o si jamás lo ha hecho, lo cual me lleva a pensar que si al final, Camelia es expulsada, Francia habrá perdido no sólo a una española algo protestona, sino parte de su carisma como país de libertades y solidaridad. 

Periodista. Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona.

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