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Campaña sin spoilers

Diario de campaña. Apenas ha habido giros de guión. De poco han servido estos días previsibles para predecir. Sólo hubo guiños fugaces, pero ni una rendija para vislumbrar la gobernabilidad después del 21-D

Raúl Cosano

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Los candidatos Iceta (PSC), Riera (CUP), Domènech (Catalunya En Comú-Podem) y Turull (Junts per Catalunya), en el debate de TV-3.  Foto: EFE

Los candidatos Iceta (PSC), Riera (CUP), Domènech (Catalunya En Comú-Podem) y Turull (Junts per Catalunya), en el debate de TV-3. Foto: EFE

La campaña concluyó con un tono similar al de los últimos días: un ritmo previsible, con pocos giros de guión, mucho enrocamiento en los discursos, algunas puntas de crispación –sin llegar la sangre al río– y pocas certidumbres dentro de dos frentes monolíticos, sin renuncias, sin cesiones. Estamos igual que al principio. Ha sido una campaña más de efectos mediáticos que de mensajes programáticos, más de especulaciones sobre geometría parlamentaria que de promesas electorales. 

La campaña ha sido atípica en las formas, porque las elecciones estaban convocadas desde Madrid vía 155 y por la situación de los candidatos: el de ERC, Oriol Junqueras, en prisión; el aspirante a renovar la presidencia, Carles Puigdemont, haciendo campaña en Bélgica para eludir la justicia española y con candidatos republicanos y del PDeCAT en mítines, pero en libertad provisional. Sin embargo, en el fondo, apenas ha habido acercamientos o guiños, ni siquiera un simple ‘spoiler’ que permita vislumbrar la gobernabilidad tras el 21-D

Sólo ERC amagó en un primer momento con dejar el unilateralismo, un globo sonda que, vistas las reacciones, no tuvo continuidad, y ahora tanto los republicanos como la lista de Puigdemont navegan conscientemente en cierta ambigüedad y hablan de restaurar las instituciones y de recuperar el Govern legítimo. Sólo la CUP alude al mandato del pueblo y a seguir la vía unilateral. 

En el bloque constitucionalista hubo otra ‘concesión interruptus’: la intención de Iceta de, llegado el momento, indultar a los exconsellers, a Junqueras y a los Jordis, sobre los que pesan causas judiciales. Luego el socialista rebajó esa propuesta, que acaso fue un fugaz codazo cómplice para un hipotético entendimiento tripartito con ERC y Catalunya En Comú-Podem, uno de los escenarios plausibles de la gobernabilidad, complicadísimo como el resto. 

A por los moderados
Al final, con tanto votante indeciso (alrededor de 1,5 millones no tenían decidido el voto hace dos semanas) y tanto sufragio flotante y dubitativo, en una situación polarizadísima, curiosamente, los partidos han ido a captar a cierto electorado moderado. Ha habido más reivindicación de la República que del concepto ‘independencia’; Junts per Catalunya ha apelado siempre a restituir «el nostre president», mientras que Catalunya En Comú-Podem ha aplazado su idea fuerte del referéndum. Apenas la ha citado y ha virado su discurso al intento de instaurar una agenda social, hablando de paro, crisis o desahucios. 

La campaña también ha estado marcada por unos sondeos de los que se extraen tres conclusiones: Cs parece en condiciones de disputarle la victoria a ERC tanto en Tarragona como en Catalunya; la apuesta del PDeCAT por las siglas Junts per Catalunya y candidatos independientes le ha surtido efecto, hasta tal punto de que parece haber recortado distancias a los republicanos; y los comunes se presentan con la llave de la gobernabilidad, merced a su transversalidad ideológica. Si ERC se desmarca de la vía unilateral y el PSC del apoyo a ultranza del 155 y de Cs y del PP, sería posible alcanzar un acuerdo. Cualquier otra posibilidad de pacto se antoja igualmente difícil, incluso si el independentismo sumara. 


Fisuras en los dos bloques
También en el soberanismo ha habido fisuras
: desde la lucha dialéctica entre Puigdemont y Junqueras por la legitimidad de ser presidente a los reproches, más o menos velados, a que el President cesado se fuera a Bélgica, mientras el vicepresidente era encarcelado. «Yo me presento para defender una presidencia legítima y un gobierno legítimo que deberían estar en plenas funciones. No me he movido de donde estaba. No nos escondemos y damos la cara», admitía ayer Carles Puigdemont.

«Estoy en la cárcel porque soy consecuente con mis actos, mis pensamientos y voluntad. Espero votar, ganar e ir a la investidura», agregaba esta semana Oriol Junqueras. Las negociaciones, en cualquier caso, no serán fáciles. 

También ha habido pullas en el bloque constitucionalista. Albiol dijo al PSC que no podía estar de lado de Dios y el diablo. Arrimadas reprocha a Iceta que se haya estado instalado siempre en el ‘no es no’ a la hora de hacerla presidenta. El candidato socialista avanzó al bloque constitucionalista que, de no haber mayorías, se presentará a la investidura. 

Mientras tanto, el PP, consciente de su delicada situación en las encuestas, ha desembarcado en Tarragona y Catalunya –con Rajoy a la cabeza– y ha endurecido el discurso en los últimos días, reivindicando el 155 sin escrúpulos. 

En cualquier caso, lo único que nos deja esta campaña enrarecida es un paisaje envenenado para el día después de las elecciones debido a los vetos, además de una situación de eventual bloqueo y la sombra de una repetición electoral. Atrás quedan situaciones algo 'berlanguianas': candidatos enviando mensajes desde la cárcel, otros comunicándose por vídeo desde Bruselas, partidos haciendo campaña a las puertas de una prisión y esa psicosis delirante por perseguir el color amarillo en cualquier sitio; síntomas de una campaña excepcional, fuera de lo normal. 

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