Caridad Barraquer, la mujer que salvó el Bosc de la Marquesa del ladrillo

La propietaria rechazó todas las ofertas que pretendían comprarle los terrenos y que contemplaban convertir esta zona en un nuevo Benidorm

Núria Riu

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Mas Grimau está casi destruido, ya que fue volado cuando acabó la guerra. FOTO: PERE FERRÉ

Mas Grimau está casi destruido, ya que fue volado cuando acabó la guerra. FOTO: PERE FERRÉ

Entre la Punt de la Móra y la Platja Llarga sobrevive un pedacito de costa que indudablemente es una de las joyas de Tarragona y por ende del Mediterráneo. Es un paraje, en un lugar privilegiado, que en 1998 recibió fondos del proyecto europeo Life para su conservación. Un espacio que mantiene la esencia de las costas salvajes de Croacia y la Costa Blanca de hace cuarenta años, que en los años sesenta y setenta se escapó del boom inmobiliario que especuló con el litoral de este país. No pasó lo mismo con estos terrenos, aunque no faltaron ofertas. Y la artífice de esta obra es Caridad Barraquer de Borràs, marquesa de la Bárcena, y propietaria del lugar, que tuvo el impagable convencimiento de preservar este espacio y alejar a todos aquellos inversores que merodeaban a su alrededor.

¿Quién era Caridad Barraquer de Borràs? En Tarragona no encontramos ninguna calle o plaza con su nombre, aunque la ciudad debería considerar esta posibilidad si quiere preservar la memoria de una mujer que hace más de sesenta años mostró una sensibilidad ambiental nada común en aquellos tiempos. Una de las únicas iniciativas para conocer su figura fue a través del ciclo documental Dones a la Història de Tarragona, impulsado por el Museu d’Història de Tarragona (MHT) y la Biblioteca Hemeroteca Municipal (BHMT), que pone en valor el papel de mujeres destacadas y su relación con la ciudad. En este caso, la encargada de recuperar su historia era la bióloga tarraconense Puri Canals, quien destaca el «coraje» de una mujer que desafió al régimen para mantener el valor natural de la finca.

Para llegar al Bosc de la Marquesa hay que seguir el camino de ronda, junto a la línea de costa. FOTO: PERE FERRÉ

El nieto de la Marquesa, Agustín Peyra, habla un poco más sobre el carácter de esta mujer. Nacida en Barcelona alrededor de 1895, asegura que «era una señora echada para adelante con una vida complicada, que nunca fue a la escuela, pero que recibió una educación con profesores particulares». Esto le proporcionó unos conocimientos avanzados en la época, ya que además de estudiar música y pintura hablaba alemán y francés.

Hija de Benet de Barraquer y Manuela de Borràs, que posteriormente se casó con Lluís Fontana, Caridad recibió de su madre el título nobiliario además de las tierras que tenía en La Riera de Gaià. Manuela también transfirió a su hija Mas Rabassa y Mas Grimau, que había heredado de su segundo marido, el cual tenía una explotación agrícola muy importante y siempre había mantenido un gran interés por la tierra. Y prueba de ello es que en una parte de los terrenos aún sobreviven las palmeras que el coronel Fontana trajo de la guerra de Filipinas y que plantó en la propiedad. 

Empezar de nuevo

Durante la Guerra Civil, la familia se refugió en Barcelona y no fue hasta que finalizó la contienda que pudieron recuperar la finca que había sido incautada. Esta estaba completamente «desecha». «Mas Grimau se utilizó como almacén de munición de armas y antes de que entraran los nacionales lo hicieron volar, por este motivo se conservan las paredes, pero no el tejado», explica Canals. Sin embargo, esto no impidió que Caridad Barraquer empezar a trabajar duramente para recuperar la explotación y continuar la actividad agrícola. Había viñas y plantó olivos, pero hacía falta mucho dinero y para ello decidió vender la viga que se utilizaba para prensar las  aceitunas en el molino del Trull, hecho que le permitió comprarse dos mulas para trabajar la tierra y reconstruir la finca. 

La Marquesa seguía viviendo en Barcelona, pero pasaba las vacaciones en este entorno, al que se escapaba un par de días a la semana para ver cómo estaba todo. «Llegaba con el tren y después iban a buscarla en la estación, primero con un carro y después con una moto», explica Peyra. A finales de los cincuenta empezaron a llegar los primeros turistas y algunos de estos, principalmente alemanes, acampaban en los alrededores de las palmeras que años atrás había plantado Lluís Fontana en la zona. Así es como posteriormente nació el camping Las Palmeras, que a día de hoy sigue siendo uno de los referentes en la ciudad. «Ella no creía en el turismo, sino que veía la tierra como algo sólido», argumenta Peyra.

A finales de la década de los 50, Caridad Barraquer empezó a recibir las primera propuestas para vender la finca. Esta era una zona privilegiada y se estaba empezando el desarrollo urbanístico del litoral. Detrás de una de estas iniciativas estaba Diego Méndez, quien fue el último arquitecto del Valle de los Caídos. En diciembre de 1959 le presentó un proyecto que preveía la construcción de una marcourbanización, con bloques de apartamentos que ocupaban toda la primera línea de mar, tanto en la Platja Llarga como en Mas Grimau. Incluso se dibujó una iglesia y, junto con esta parte más intensiva, el Bosc de la Marquesa se fragmentaba en decenas de parcelas destinadas a la construcción de viviendas de lujo, rodeadas de un entorno inmejorable. 

«La abuela no quiso tirarlo adelante, porque tenía un gran amor por la finca», indica Peyra. La familia aún conserva los documentos de una propuesta que se había redactado minuciosamente, con los mapas hechos a mano y que detallan con exactitud la transformación que quería hacerse. Pero la Marquesa no quiso ni escuchar la propuesta e incluso «escribió una carta a Franco diciéndole que estimaba mucho aquella tierra y que le gustaba mucho», relata Canals. 

Esta no fue la única propuesta que recibió durante aquellos años. «La abuela tuvo muchas presiones de inversores que querían desarrollar urbanísticamente la finca y su entorno», relata Agustín Peyra. Cada vez que llegaba una de estas propuestas suponía un altibajo para la familia y uno de los temores era que algún día llegara una de estos proyectos que les hiciera perder los terrenos. «En casa se hablaba mucho de ello, de pequeño había escuchado mucho la palabra expropiación», indica. Incluso hubo un momento en el que se planteó construir el complejo educativo de la Laboral en este entorno junto al mar. 

Desierto urbanístico

Con la llegada de la democracia estas presiones incluso se incrementaron, pero la familia no cesó. Una de las anécdotas que demuestra el carácter de Caridad Barraquer sucedió a raíz de una reunión con uno de estos promotores, que quería hacerse con los terrenos. «Cuando le preguntó si era consciente de lo qué podría hacer con el dinero que le estaba ofreciendo, la respuesta de ella fue que lo sabía perfectamente, que se compraría una finca como esta y que, como ya la tenía, no necesitaba el dinero», relata Puri Canals. Si esto ya es rompedor en estos momentos, en años de burbuja inmobiliaria era prácticamente inconcebible.

«Ahora tendríamos un Salou o un Benidorm, porque la filosofía de la época era ocupar el litoral. Esto a día de hoy, cuando hay más conciencia ambiental tiene un valor, pero no olvidemos que aún en los noventa el alcalde Nadal afirmaba que Tarragona era un desierto urbanístico que empezaba donde se acaba Altafulla y acaba en Salou. Una ciudad que no se desarrollara urbanísticamente era una ciudad muerta y hoy disponemos de un litoral único porque ella tenía suficiente con lo que tenía», añade Canals.

En 1986 se creó el grupo de natura La Gla, que se encargaba de ir a reforestar e ir a plantar encinas. Entre los integrantes estaba Puri Canals, quien explica que «en una de esta excursiones descubrimos este entorno y el valor ecológico del espacio». Fue a partir de este momento, cuando se empezó a hablar del Bosc de la Marquesa como tal. 

Años más tarde, en 1996 desde Depana se hizo una propuesta para un proyecto europeo para gestionar el entorno que, finalmente, dos años más tarde recibió los fondos del programa Life. «Era un proyecto bastante modélico, porque a día de hoy se habla mucho de custodia del territorio, pero en aquellos momentos no existía ni siquiera el concepto», argumenta Canals. También fue rompedor, porque se trató de una de las primeras iniciativas de custodia del territorio liderada por una ONG, con la colaboración de las administraciones públicas y los propietarios.

Durante estos años se garantizó la gestión de un espacio que finalmente, en el año 2000, la Generalitat incluyó dentro del Pla d’Espais d’Interès Natural de Catalunya (PEIN). Esta figura de protección blindaba la finca a nivel urbanístico, aunque no evitó que en 2006 reaparecieran los temores, cuando el Ayuntamiento de Tarragona y Costas del Estado promovieron la construcción de un paseo marítimo en la Platja Llarga, que afectaba una parte de los terrenos. «Fue por la sensibilidad que nos transmitió la abuela, que nos opusimos y conseguimos la anulación del proyecto en los tribunales», relata Peyra.

Coraje, sensibilidad, fortaleza y luchadora son algunos de los atributos que se le otorgan a Caridad Barraquer, la mujer que preservó este paraje de la especulación urbanística.

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