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Caza al narco: cada año se incautan más de 7.000 kilos de hachís en las playas del Delta

La presión policial y los radares han diluido la llegada de narcos a esta zona crítica, aunque en diez años se interceptaron 73 toneladas 

Raúl Cosano

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Una imagen captada por el SIVE del desembarco de un alijo de hachís en el Delta. Foto: Guardia Civil

Una imagen captada por el SIVE del desembarco de un alijo de hachís en el Delta. Foto: Guardia Civil

De sobras es sabido que en las aguas ebrenses no sólo se pueden pescar mejillones y atunes. A veces los pescadores pueden encontrarse con una sorpresa en forma de fardo flotante de hachís. Cada vez es menos común, pero todo el Delta de l’Ebre continúa siendo un puerto estratégico para los narcos, una alternativa posible para extender su actividad delictiva. 

De momento, la tremenda presión en zonas cercanas al estrecho como el Campo de Gibraltar o Algeciras no pasa factura en las Terres de l’Ebre, a pesar de ser históricamente un territorio proclive al desembarco de hachís en sus largas y desiertas playas. «Es algo estabilizado. No tenemos ningún indicador ni, de momento, afectación al respecto», explica Héctor Hilario, responsable del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE), el dispositivo desplegado por toda la costa tarraconense para darle caza al narco. 

La situación no tiene nada que ver con lo que pasa en la costa andaluza («aquello es un mundo aparte», indica Hilario), aunque sólo el año pasado hubo en el Ebre 30 detenciones por confiscación de hachís, después de interceptarse 241 kilos. En 2016, se produjeron únicamente 16 detenciones, pero la cantidad de droga incautada subió hasta los 1.052 kilos. En la última década, se han interceptado más de 73.000 kilos, a razón de una media de unos 7.000 al año, si bien el reparto es desigual y en los últimos tiempos la cifra se ha reducido. 

La presión policial y la vigilancia con la compleja y sofisticada red de cámaras y radares han logrado lo que, de momento, resulta imposible en el estrecho: reducir los desembarcos y acorralar al narco, que opta mucho menos por descargar sus fardos en zonas como L’Ampolla, Deltebre o Sant Carles de la Ràpita. «En Tarragona se produce un aumento muy notable hacia 2006 y se convierte en una de las provincias de la zona este del Levante con más tráfico», aporta Hilario. A partir de ahí, la Comandancia de la Guardia Civil empieza a trabajar para reducir el alto número de desembarcos. De hasta 25 o 30 incautaciones al año se pasa a sólo unas pocas, en unos años. «Coincide con el despliegue total de las antenas del SIVE», cuenta Hilario. 

Tres radares y visores –se incluyen sensores y también cámaras con infrarrojos para ver en la oscuridad– estratégicamente ubicados en el litoral tarraconense peinan toda la costa, sin dejar, en un principio, zonas sin visionar. 

Pese a eso, el riesgo todavía persiste, básicamente por la orografía especial de la zona. «En el Delta hay un terreno muy diseminado. Hay pocas poblaciones, muy espaciadas, con una densidad de habitantes menor, por ejemplo, que en Tarragona», aporta Hilario. 

En esos vastos espacios es fácil ver si se aproxima alguien. El hachís, procedente de Marruecos, llega en las llamadas planeadoras, embarcaciones semirrígidas de hasta 17 metros de eslora con una potencia de 1.000 caballos. Por vía marítima, los traficantes se ahorran los kilómetros y los controles policiales por los que deberían pasar en la AP-7. «La playa en concreto donde se desembarca se elige en función de lo cerca que estén las llamadas guarderías, los almacenes donde se guarda esa droga, donde se deja enfriar, como ellos dicen a veces», cuenta el responsable de la Guardia Civil. 

De Deltebre a la Ràpita
Los narcos actúan sobre todo por la noche. Una vez llegan a la orilla, descargan y, si las fuerzas policiales no lo han impedido, el material se transporta en todo terrenos o furgonetas hasta esas casas que suelen estar abandonadas y situadas próximas a la playa. No hay una zona específica de actuación. Ha habido operaciones de interceptación en L’Illa de Buda, els Alfacs o la playa de l’Àliga, una de las más recurrentes, sobre todo en los años de apogeo. Otros puntos calientes de la droga pueden ser la zona de la Bassa de l’Arena, en Deltebre, o la playa del Trabucador, ubicada entre Sant Jaume d’Enveja y Sant Carles de la Ràpita. «También tienen en cuenta el calado de la embarcación y las vías de comunicación», cuentan desde la Guardia Civil, que añaden: «España es una vía de paso. Esa droga se distribuye a países de Europa». 

Las interceptaciones de material recientes han supuesto prácticamente la completa desarticulación de la banda criminal en cuestión, un golpe económico y logístico definitivo. «Interceptar un alijo supone unas pérdidas importantísimas para la organización criminal. 1.000 kilos de hachís pueden estar valorados en cuatro millones de euros, más todo lo que supone la detención de los integrantes, todo lo que hay derivado». 

La época más común para llevar a cabo estas operaciones de desembarco es octubre y noviembre. Por entonces, ya ha finalizado la recogida de cannabis en Marruecos y ya no hay bañistas en las playas, con lo que se reduce el peligro de que alguien detecte el desembarco. Por el momento, la situación sigue bajo control. «Siempre nos mantenemos en una vigilancia máxima. Utilizamos todos los efectivos a nuestro alcance. El SIVE tiene un retén mínimo que está siempre preparado, pero luego podemos añadir a más personal en función de las necesidades, primero para tener la máxima eficacia en las operaciones y luego para garantizar la máxima seguridad», concede la Guardia Civil. «La instalación de las cámaras y la vigilancia han tenido un efecto disuasorio, aunque también tiene que ver el hecho de que ha disminuido el tráfico de hachís pero se ha incrementado de forma notable el de marihuana, que no se suele hacer por mar», apunta Héctor Hilario. 

Desde Tarragona, se ve lo que sucede en Gibraltar con distancia y calma. Un desembarco en la playa con turistas, a plena luz del día, es impensable aquí, a pesar de que el Delta arrastra la etiqueta de puerto apetecible para el narcotráfico y puerta de entrada de la droga en Catalunya. 

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