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Cierra el Pijuan, el último horno de leña de Tarragona

El establecimiento de la calle de la Nau, en la Part Alta, abrió en 1895. Por él han pasado cuatro generaciones

Núria Riu

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Jaume Pijuan aún utiliza el horno que estrenó su padre el día 13 de diciembre de 1961.FOTO: Pere Ferré

Jaume Pijuan aún utiliza el horno que estrenó su padre el día 13 de diciembre de 1961.FOTO: Pere Ferré

Los paneros lo tienen cada día más complicado para encontrar un pan que no parezca chicle. Y, a pesar de ello, los artesanos que se dedican a este oficio se sienten impotentes delante de las baguettes a cincuenta céntimos que uno puede encontrar incluso en la gasolinera.

La última víctima ha sido la Fleca Pastisseria J. Pijuan, que este jueves día 15 cerrará sus puertas después de una trayectoria de 123 años.

La cuarta generación de la familia, Jaume Pijuan, sigue amasando y horneando las piezas como empezó su bisabuelo. De hecho, muy poco ha cambiado la forma de elaborar el pan en un establecimiento que, con su desaparición, supone el cierre del último horno de leña que queda en la ciudad de Tarragona.

El establecimiento ubicado en la calle de la Nau de la Part Alta lo fundó Antonio Bosqué en 1895. Cinco años más tarde se vio obligado a traspasarlo.

El hijo estaba de sacerdote en Cabra del Camp y la hija tampoco garantizó la continuidad de un negocio que el 5 de junio de 1900 compró Jaume Pijuan Bofarull.

El establecimiento ubicado en la calle de la Nau de la Part Alta lo fundó Antonio Bosqué en 1895

«Durante muchos años fue la panadería de la abuela», explica la tercera generación de la familia. Y es que los Pijuan pagaron por el obrador 2.000 de las antiguas pesetas –unos doce euros al cambio–, una suma que obtuvieron de la dote del matrimonio entre Jaume Pijuan y Maria Domènech Flores. Así lo acreditan las escrituras que esta saga aún conserva y que explican sus inicios como panaderos.

Jaume Pijuan padre pasó toda la vida entre sacos de harina. De hecho, nació en un altillo encima del mismo obrador y enseguida tuvo claro que su futuro pasaba por el negocio familiar. En los momentos álgidos llegaron a consumir mil kilos diarios de harina. Ahora, esta cifra se ha reducido considerablemente. «El oficio ha cambiado en un cien por cien», describe el padre. Cuando éste empezó a trabajar, una barra de pan costaba 3,10 pesetas (unos dos céntimos). 

Ahora los ingresos cubren los gastos de un trabajador, dado que la elaboración del pan es una actividad muy laboriosa que comprende un largo proceso.

En los momentos álgidos llegaron a consumir mil kilos diarios de harina

Desde que se mezcla el agua con la harina hasta que sale horneado pueden pasar hasta cinco horas. Esto hace que los panaderos vivan al revés del mundo.

Su trabajo empieza a las doce de la noche y acaban la jornada al mediodía. Comienza preparando las harinas, la masa para fermentar y poniendo en funcionamiento la maquinaria. «Podrías estar aquí las 24 horas», asegura Jaume Pijuan hijo.

Franco decretó pan para los turistas

Es un oficio que no entiende de festivos ni de fines de semana. El pan es un alimento que nunca puede faltar. No obstante, esta familia siempre ha entendido que había un día sagrado: los domingos.

Aunque no siempre ha sido así. Hubo un periodo en el que incluso tenían que abrir este día. «Franco quería que hubiera pan para los turistas», explica el padre. Así que obligó a las panaderías a establecer unos turnos para que los extranjeros no se quedaran con las ganas de comprar pan.

En Tarragona se dividió el centro en tres distritos. La Part Alta, la zona centro y la Part Baixa, y todos los domingos aparecía en el Diari de Tarragona la relación de los establecimientos que estaban de guardia. Un mecanismo similar al de las farmacias, que se acabó tan pronto como falleció el dictador.

En 1943 la familia abrió un segundo establecimiento. Escogieron la calle Francesc Bastos. «Allí entre los clientes hemos tenido a todas las familias de pescadores», describe el padre. En este caso tan solo hay la tienda, ya que el producto lo elaboran en el obrador de la Part Alta.

Esta medianoche de miércoles a jueves, Jaume Pijuan se encerrará por última vez en el obrador y amasará los últimos panes, cocas y cruasanes.

Desde el año 2006 se ha hecho cargo del negocio familiar. Está a punto de cumplir los cuarenta años y ha pasado toda su vida vinculado con este oficio.

A pesar de ello, la panadería no fue inicialmente su salida profesional. Fue cuando se jubiló el padre cuando decidió que había llegado el momento de tomar las riendas. «Siempre había ayudado en casa hasta que llega un día en que te coge y decides continuar», manifiesta.

Durante este tiempo ha aprendido a combinar las obligaciones de padre con los horarios intempestivos. Por las mañanas se escapa para acompañar a sus hijos al colegio, ya que por las tardes es cuando le toca dormir. «Te gusta el oficio y tienes el apoyo familiar, pero llega un momento en el que la competencia es salvaje. Tendrías que estar trabajando las 24 horas del día, porque es lo que quiere la gente, y dos manos dan para lo que dan». 

Jaume Pijuan hijo apunta que ha aguantado todos estos años porque ha ido «trampeando» la situación. «¿Reinventarme? Sí, puedes hacer una cafetería, pero los bancos tampoco te ayudan», describe este empresario. Así que los Pijuan dirán adiós a 123 años de historia horneando a leña.

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