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Comisión para la Demolición

Tras una cortísima tregua inicial para asimilar colectivamente lo que nos venía encima, apenas fueron necesarias unas pocas semanas para que el patio de colegio de la Carrera de San Jerónimo volviera a mostrar su verdadero rostro

Dánel Arzamendi Balerdi

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Dánel Arzamendi Balerdi

Dánel Arzamendi Balerdi

Hubo en tiempo en que las dimensiones de la amenaza nublaron nuestro entendimiento, hasta hacernos olvidar el perfil que abunda mayoritariamente entre nuestra clase política. Los llamamientos a la unidad para compactar la respuesta al descomunal reto que teníamos ante nosotros parecieron disfrutar de cierta receptividad en los pasillos parlamentarios, pese a tratarse de un colectivo habituado a la bronca sistemática por puro cálculo electoral.

Por un momento, pareció que todos los partidos comprendieron que debían aparcar temporalmente el tacticismo marrullero y cortoplacista, ante la oscuridad y la espesura de las nubes que asomaban en el horizonte. Pero sólo fue un espejismo, una vana ilusión, un ingenuo autoengaño. Tenemos lo que tenemos, y no se puede sacar de donde no hay.

En efecto, tras una cortísima tregua inicial para asimilar colectivamente lo que nos venía encima, apenas fueron necesarias unas pocas semanas para que el patio de colegio de la Carrera de San Jerónimo volviera a mostrar su verdadero rostro: reproches oportunistas a toro pasado, actuaciones histriónicas de cara a la galería, confusiones nada inocentes entre lealtad y sumisión, acusaciones estériles subidas de tono, intentos de lanzarse los muertos de un lado al otro del hemiciclo, utilización demagógica de la pandemia para enfrentar territorios, etc.

Fuimos millones los ciudadanos que sentimos un profundo rubor ante aquellas lamentables escenas, aunque dudo que ninguno de nosotros se sintiera sorprendido, porque esta nauseabunda dialéctica se ha convertido en el triste espectáculo al que estamos acostumbrados desde hace demasiados años. Sin embargo, cuando todos pensábamos que habíamos tocado fondo en el pozo de la mediocridad política, las perforadoras de la irresponsabilidad han seguido excavando esta semana hasta profundidades astenosféricas.

Ciertamente, la composición de la Comisión para la Reconstrucción no invitaba a interiorizar unas expectativas mínimamente razonables respecto de su utilidad y eficacia. Efectivamente, un país que acaba de sufrir una sacudida brutal como la crisis del Covid-19 no necesita un grupo sobrevalorado de tuiteros con pretensiones, sino un comité de expertos en sanidad y economía para diseñar un plan capaz de reducir al máximo la intensidad y la duración del desastre. Como era previsible, no hicieron falta demasiadas sesiones para comprobar lo que podía esperarse de sus señorías.

Así, poco después de que el Congreso asistiese a una de las sesiones más vergonzosas de los últimos tiempos (que ya es decir), en la que Pablo Iglesias ridiculizó los orígenes familiares de Cayetana Álvarez de Toledo y ésta respondió acusando de terrorismo al padre del primero, los comisionados responsables de diseñar colaborativamente la reconstrucción del país nos ofrecieron un sainete sonrojante. Cómo no, fue otra vez el líder de Podemos quien inició la pelea en el barro, reprochando a los representantes de Vox carecer de valor para llevar a la práctica el golpe de Estado que desearían protagonizar.

Semejante acusación fue pasivamente consentida con la sonrisa cómplice del presidente de la comisión, Patxi López, un político que ejemplifica como pocos el perfil de nuestros actuales gobernantes (sin estudios, sin brillantez, sin visión), y cuyo máximo hito fue pasar sin pena ni gloria por el palacio de Ajuria Enea durante una legislatura perfectamente olvidable. El interpelado, Iván Espinosa de los Monteros, decidió abandonar la sala con la sobreactuación a la que también nos tiene acostumbrada la ultraderecha, mientras Iglesias se despedía de él con el tono macarra que le caracteriza: «cierre la puerta al salir».

Pero el vodevil no terminó ahí. Esa misma tarde, durante la comparecencia de la vicepresidenta económica del Gobierno, la portavoz de Vox se refirió a Unidas Podemos como un grupo de «pirómanos comunistas». Esta nueva muestra de cortesía parlamentaria sacó de sus casillas al vicepresidente primero de la comisión y secretario general del PCE, Enrique Santiago, quien se enzarzó en una agria discusión con el exlehendakari por permitir estas palabras.

El antiguo inquilino de Ajuria Enea terminó pronunciando una de sus tradicionales homilías moralistas, exigiendo una cierta «autocensura» en las intervenciones para evitar el bochornoso espectáculo ofrecido durante el día. Procedente, sin duda, pero a buenas horas… Al menos, tuvo la honestidad de disculparse públicamente por su incomprensible pasividad durante la jornada, añadiendo una reflexión que merece destacarse: «¿Para qué hemos venido aquí? ¿Para repetir las descalificaciones de otros escenarios? Hay que venir con voluntad política de entender lo que espera la gente de nosotros. Este es el momento de entender para qué sirve la política. Si no somos capaces, es que no servimos para nada».

Si somos optimistas, quizás celebremos que aún existan voces capaces de denunciar la deriva tabernaria en la que parece haberse instalado nuestra vida parlamentaria, especialmente desde la irrupción de los partidos populistas de extrema derecha y extrema izquierda. Por el contrario, si somos pesimistas, probablemente pensemos que las preguntas de Patxi López se responden por sí solas, pues son millones los ciudadanos que no esperan absolutamente nada de la actual clase política. Y algunos de nuestros dirigentes se empeñan en darles la razón.

A este paso, acabaremos sintonizando un debate por televisión y no sabremos si es el Canal Parlamento o Telecinco, tanto por el tono como por el perfil de los participantes. Puede que la crisis del coronavirus favorezca una reflexión en profundidad sobre la necesidad de ser gobernados por personas profesionalmente preparadas y experimentadas, con una actitud respetuosa y constructiva, intelectualmente honestas y con vocación de servicio. Tanto las experiencias positivas como las negativas permiten extraer lecciones valiosas, y quizás ésta sea una de las más trascendentales de cara al futuro.

Después de todo, puede que esta lamentable comisión sirva para algo: no para reconstruir, sino para demoler la actual partitocracia, y sustituirla por otro modelo más democrático y abierto que nos permita contar con los representantes que nos merecemos.

Dánel Arzamendi Balerdi // Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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