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Contando los pasos

No queda bien retar a duelo y luego echar a correr mientras se cuentan los pasos

Dánel Arzamendi Balerdi

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Las fuerzas independentistas se reunieron el pasado lunes para recontar los efectivos supervivientes y anunciar el inminente acuerdo sobre la fecha y la pregunta del referéndum. Semejante carencia de contenido no ha llamado especialmente la atención de la opinión pública, acostumbrada a asistir con resignada paciencia a este tipo de escenificaciones. De hecho, si tuviéramos que identificar una característica que distingue específicamente a los impulsores del procés, probablemente nos referiríamos a su inagotable afición por convocar continuos encuentros al más alto nivel, habitualmente celebrados para preparar una conferencia posterior, en la cual se decidirá el contenido de la siguiente reunión, que servirá para diseñar alguna cumbre que deberá concretarse en el futuro... Y así hasta el infinito, logrando alimentar entre los ciudadanos la sensación de estar viviendo un hito en la historia de la praxis política: el primer intento de lograr una independencia por aburrimiento.

En cualquier caso, el encuentro de esta semana nos ha dejado dos titulares fundamentales. Por un lado, parece que toca a su fin el intento de JxS de alargar ad nauseam el conflicto sin dar ningún paso definitivo. La CUP y el entorno independentista comienzan a perder la paciencia y exigen al Govern la fijación de la consulta, un reto que hasta ahora está siendo respondido desde el Palau de la Generalitat lanzando dardos a Madrid para provocar una reacción desmesurada que no termina de llegar. Se supone que el objetivo de estas puyas es que Rajoy se pase de frenada, logrando así realimentar un victimismo que vive sus horas más bajas, pero cualquiera que conozca al pontevedrés sabe que una estrategia basada en provocar su hiperactividad está abocada al fracaso. De hecho, cada vez parece más evidente que el ejecutivo de Puigdemont intenta disimular sus infructuosos esfuerzos por retrasar el choque final todo lo posible.
Esta dinámica trae a la imaginación la clásica escena de taberna en la que un cliente -el Gov ern-, sintiéndose ofendido por un fornido comensal sentado en otra mesa –el Estado–, amenaza airadamente con levantarse e ir a por él. Eso sí, aunque amaga una y otra vez, no hay manera de que se ponga en pie. Probablemente sabe que, en cuanto lo haga, se iniciará una desigual pelea que dejará malparado a uno de los dos contendientes… e intuye que será él mismo quien dé con sus huesos en el suelo. 

Pero el verdadero problema de este indignado pero prudente ciudadano es que ha acudido al establecimiento con varios amigos (Anna Gabriel, Jordi Sànchez, Jordi Cuixart…) que le animan a enfrentarse a su rival, jaleando su nombre con gritos de confianza y entusiasmo. Nuestro protagonista sabe que ha entrado en un jardín de difícil escapatoria, si no quiere quedar para siempre como un gallina ante los suyos. Lo más probable es que esta escena concluya con el pobre hombre levantándose a duras penas, obligado por la presión ambiental… y con la cara partida segundos después, tal y como sospechaba. Él sabía que no tenía la menor posibilidad de vencer a su antagonista, pero prefiere ser recordado como un heroico perdedor que como un bocazas cobarde.

El segundo titular que puede extraerse del último cónclave independentista es el definitivo rechazo de los comunes a la estrategia unilateral. Ya sea de forma explícita (como hizo Albano Dante Fachin en nombre de Podem) o de forma tácita (como hizo el ausente Domènech de Catalunya en Comú), ha quedado meridianamente claro que este sector crucial en el equilibrio de fuerzas catalán se desmarca de la aventura rupturista. 

Tal y como han dejado caer sus líderes, un referéndum en los términos propuestos actualmente por el independentismo carecería de las más mínimas garantías de homologación internacional, chocaría frontalmente con un Estado que goza de un reconocimiento absoluto en todo el planeta, quedaría huérfano de cualquier tipo de apoyo relevante más allá de nuestras fronteras, colocaría en una posición tremendamente problemática a miles de funcionarios, etc. Todos ellos son argumentos de peso que, a estas alturas del partido, ya sólo cuestionan quienes se empeñan en negar la realidad.

La suerte está echada, el tiempo se agota, y la Brunete jurídica desmontará sin contemplaciones cualquier intento de reventar el marco legal vigente. El rupturismo ha errado en la valoración de su propio peso político (la soledad internacional es absoluta), ha errado en el cómputo de sus incondicionales (todas las encuestas señalan el minoritario respaldo a la vía unilateral) y ha errado en la elección de una estrategia temporalmente eficaz. 

Efectivamente, cuando comenzó a vislumbrarse que el deseo de independencia podía alcanzar un apoyo mayoritario, sus dirigentes tuvieron la oportunidad de tomar dos senderos viables pero incompatibles entre sí: el camino de la revolución (declarar una independencia fulminante y a las bravas en cuanto se presentase la menor oportunidad) o el camino de la paciencia (alimentar sin prisa y con inteligencia esa incipiente mayoría hasta lograr un respaldo tan abrumador que no hubiese posibilidad de vetarlo). 

Pero entonces nació el procés, que no era carne ni pescado, y que en el fondo consistía en retar a duelo al Estado en un combate a medio plazo. Dentro de dos años… Después de las elecciones… Dentro de ocho meses… Después del verano… Y esto no funciona, como diría Carod Rovira, ni aquí ni en la China Popular. Sospecho que los impulsores de la independencia saben, como cualquier persona con dos dedos de frente, que esto pinta cada vez peor para sus aspiraciones, pero asumen que no queda bien retar a duelo y luego echar a correr mientras se cuentan los pasos. El problema es que el disparo lo recibiremos los testigos.

danelarzamendi@gmail.com

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