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«¿Cuál me pones?¿La Pfeiffer?»

Anécdotas. Gente que se levanta y se va en el último momento y otros que piden la vacuna cara

Raúl Cosano

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Vacunación masiva en el Palau d’Esports de la Anella Mediterrània. Foto: Alba Mariné

Vacunación masiva en el Palau d’Esports de la Anella Mediterrània. Foto: Alba Mariné

Un señor que se levanta y se va cuando le dicen que la vacuna que le toca es AtraZeneca, y ya no hay manera de convencerle; otro que quiere elegir, como en la carta de un restaurante; otros que andan tiquismiquis con que si mejor pinchar en la derecha que en la izquierda; y aquella mujer que, emocionada, casi se pone a llorar tras la inoculación. Dijo: «Por fin puedo abrazar a mis nietos». Y la enfermera tuvo que reñirla: «Sí, sí, pero recuerde que sin quitarse la mascarilla». Los más de cinco meses de vacunación dejan un reguero de anécdotas que son pura condición humana. «Viene gente, en general, con mucha alegría. Y todos quieren hacerse la foto, porque es un momento histórico», dice Sandra Paixa, enfermera especialista en pediatría y referente del punto de vacunación intermedio en Mas Iglesias, en Reus.

No por mucha dosis repartida a estas alturas el impacto anímico es menor. Todavía recuerda Sandra el día en que abrió su punto de vacunación, con todo bien dispuesto y preparado, y le sobrecogió el recuerdo de todos aquellos conocidos que no habían llegado a tiempo. Dice Sandra que los rostros delatan. «Hay gente que tiene fobia a las agujas y ya les ves venir, ya los reconoces por la cara que traen. Te dicen: ‘Sobre todo que no vea la aguja, por favor».

Paracetamol y nervios

La mayoría llegan con el Paracetamol tomado y nervios, como si no se hubieran vacunado nunca, y el ritual hegemónico es preguntar in situ el nombre del antídoto, por mucho que haya carteles y uno lo debiera saber de antemano. Ahí se abre un jardín de senderos que se bifurcan. Ya se sabe que el batiburrillo es complicado: Pfizer-BioNTech, AstraZeneca, Moderna, Janssen, pero también hay en los papeles que se firman etiquetas no tan populares como Comirnaty y Vaxzevria. «¿Cuál me pones? ¿La Pfeiffer?», dicen, rebautizando en una mezcla entre el antígeno más común (y el más deseado) y Michelle, la celebérrima actriz, noventera y en el imaginario de los que se han vacunado hasta ahora. «Todo el mundo es amable pero muchos no te escuchan. Llegan, les explicas los posibles efectos secundarios y al acabar te dicen: ‘Bueno, ¿y qué es lo que me pasará?’, cuenta Roser Barceló, responsable de vacunas en Reus. «Perdón, no te estaba escuchando», reconocen. Y otra vez: volver a explicar. Todo, al final, acaba siendo mucho más liviano de lo que pueda parecer, de forma que la frase más repetida es: «¿Ya está? ¿Como que ya está? ¿Seguro que me has pinchado?».

«La mayoría de gente no se entera», dice Roser. También hay humor. «¿Tiene usted alguna alergia?». «Sí, al trabajo», respondió uno. A otro al que le iban a tomar la temperatura mostró la muñeca en lugar de la frente y la sanitaria le dijo: «Tranquilo, aún no te he implantado el chip». A veces el recelo acaba en comicidad. Es común la pregunta: «¿Cuál me pones? ¿La buena o la mala?». O la segunda versión: «¿La cara o la barata?». Aunque todas sean seguras y eficaces, en el acervo popular ya han calado prejuicios. «He visto a gente que cuando veía que le íbamos a poner AstraZeneca, después de todo el proceso y ya a punto, se ha levantado y se ha marchado», recuerda Sandra Paixa. Esos instantes previos al pinchazo, cuando hay dudas que puedan decantar la balanza, son cruciales. «Vino una señora asustada y llorando, con miedo de vacunarse. Entonces le expliqué mi caso real. Le dije que yo sabía lo que era pasar el virus, que he estado mal, con secuelas más de seis meses. Aquello la acabó de convencer».

Y otro ejemplo de la concienciación. «A veces llamas a gente, les das cita, les informas de la vacuna, llegan allí, ven que es AstraZeneca y se van». Pero también pasa al revés. «En el CAP tenemos un listado con las personas pendientes de vacunar y el administrativo va llamando. Luego llegamos y repasamos el listado para ver quién ha aceptado y quién no. Entonces llama la enfermera y le vuelve a explicar. No sé por qué, quizás es porque a algunos les conocemos, pero acaban aceptando una vez les llamas», relata Roser.

«Yo quiero la misma que tú»

En esa casuística infinita también hay quien, nada más puesta la dosis, reclama un certificado para poder campar a sus anchas y viajar en vacaciones, y quien le pide cuentas a la enfermera: «Yo quiero ponerme la misma que tú». Y otra modalidad: «¿Tú te la pondrías esta?». Y otra más: -«¿Cuál te pusiste tú?» -«Pfizer, porque soy sanitaria y me tocaba esa». -«Esa, yo quiero esa también».

Y hay más terreno para las suspicacias. Dice el ciudadano: «¿Por qué me vacunas en la izquierda? ¿No me puedes vacunar en la derecha?». Responde la enfermera paciente: «Como la mayoría de gente es diestra, solemos vacunar en la izquierda, por si hay algún dolor en el brazo, que no moleste tanto, pero si quiere le puedo vacunar en la derecha, ningún problema». «¿En la derecha? No, no, en la izquierda, como todos».

Lo mejor de todo, quebraderos de cabeza a un lado, es la gratitud enorme. A las enfermeras les suelen llegar, días después, algunas tarjetas de agradecimiento. Los reconocimientos abundan, por supuesto, en las redes sociales. «También emociona mucho vacunar a alguien cercano a ti», cuenta Sandra. Miserias y grandezas de la existencia en unos centros de vacunación regados, casi a diario, con lágrimas de emoción.

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