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Cuando el arte ayuda a devolver la dignidad a un barrio olvidado

CreActivas, formada por cuatro vecinas de la Part Baixa, inaugura un circuito artístico que pondrá en valor la historia y vida del Barri del Port

Carla Pomerol

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Marta Contreras, pintando una de las ventanas tapiadas de un gran almacén. FOTO: Alba Mariné

Marta Contreras, pintando una de las ventanas tapiadas de un gran almacén. FOTO: Alba Mariné

Cuando un barrio se siente realmente orgulloso de lo que es ocurre lo de ayer. El Barri del Port tiene historia, tiene vida, tiene patrimonio y, lo más importante, tiene arte. Lo tiene todo. Solo falta ponerlo en valor y devolver a los vecinos lo que nunca deberían haber perdido. Y es que, en los últimos tiempos, el Barri del Port se ha revolucionado. Sus vecinos han salido a la calle para manifestarse y reivindicar actuaciones que dignifiquen la zona. Se quejan de la falta de luz, de la gran cantidad de solares y edificios vacíos –y en ocasiones ocupados ilegalmente–, de la inseguridad y de la falta de limpieza, entre otros. 

Y entre medio de esta insurrección, a finales de 2018, nació la entidad CreActives, formada por cuatro amigas, vecinas del Barri del Port, quienes creen en el arte como elemento transformador de la sociedad. La pasada Navidad llenaron la Plaça dels Carros de corazones. Ayer, inauguraron un nuevo proyecto, llamado P-Art Baixa Circuit. El objetivo es acercar el arte a la ciudadanía y utilizarlo como herramienta reivindicativa. «Nuestro barrio empezó a sentir la necesidad de movilizarse. Está abandonado, en el olvido institucional», aseguraba ayer Marina Vives, miembro de CreActives, quien destacaba que «el Barri del Port es el segundo más antiguo de la ciudad, con un valor patrimonial que no se tiene en cuenta». 

Hay que poner solución. Por esto, ayer, tres artistas del territorio –Tziqui, Marta Contreras y Berta Artigal– fueron los protagonistas de la primera fase del proyecto. Pintaron las ventanas tapiadas de algunos de los almacenes aparentemente abandonados de las calles Nou de Santa Tecla y Cartagena. Contreras y Artigal, después de conocer un poco más la historia del barrio, se atrevieron con gatos de colores encima de botas de vino. Las bodegas eran un negocio habitual en la zona. «Estamos pintando el gato con botas», decían las ilustradoras.

A pocos metros, se encontraba Tziqui, artista que ha crecido en el Barri del Port y que sigue teniendo una fuerte vinculación. Él apostó por hacer un homenaje a la calle Cartagena, donde se encontraba dibujando. «Se trata de los presos que venían de Cartagena obligados a realizar trabajos forzados. Construyeron el puerto», explica Tziqui, quien se inspiraba en cuatro fotografías antiguas. «Es una muy buena iniciativa. Este tipo de actividades ayudan a mejorar la vida cultural del barrio y también la parte más estética», asegura el artista. 

Naves e historia

Ramon Aloguín, arquitecto tarraconense que nació también en el Barri del Port, completó la mañana con una ruta guiada por las calles de la Part Baixa, en la que explicó su legado. Habló de las naves. Una de ellas, en la calle Sant Miquel, fue un almacén de grano. Nos remontamos a finales de los años 60. Pero la calle era tan estrecha que los camiones no podían maniobrar bien. La nave, finalmente, cerró y Aloguín comentaba que el diseño de las calles podrían haber contribuido a la degradación del barrio. 

Otra de las paradas obligatorias era el edificio de la Chartreuse. Se construyó a mediados del siglo XIX y era una empresa de textil. El negocio no funcionó y la familia Müller compró el inmueble para elaborar licores. Fue entonces cuando en Francia empezaron a cerrar monasterios y expulsaron a los monjes, entre ellos los cartujanos de la Chartreuse de Grenoble. Müller les invitó y la orden se instaló en Tarragona. 

Cada rincón del barrio, hasta el más insospechado, tiene una historia que contar. Los de ayer eran vecinos dispuestos a luchar, pero sobre todo eran vecinos orgullosos de sus calles.
 

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