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Cuando solo se es un peón de un juego llamado guerra

Carolina Pobla vuelve a inspirarse en su familia para tejer su nueva novela, con la que traslada a los lectores a la Alemania nazi, en una historia de penurias, pero también de amor

Gloria Aznar

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Carolina Pobla, en una imagen promocional.

Carolina Pobla, en una imagen promocional.

«La guerra se pierde siempre. Todos pierden porque hasta los que ganan han perdido un montón. Y hay que reconstruir vidas, países y tanto en el bando de los vencedores como en el de los vencidos la mitad se han quedado por el camino. Es horroroso, terrible. No tiene otra palabra». De una contienda trata, precisamente, la nueva novela de Carolina Pobla (Barcelona, 1962), inspirada de nuevo en su propia familia, esta vez en la materna.

Los juguetes de la guerra (Maeva Ediciones), traslada a los lectores y lectoras hasta la Segunda Guerra Mundial en la Alemania nazi, aunque huyendo de algunos de sus episodios más traumáticos. Y es que se da la circunstancia de que Carolina es también de origen alemán. «Mi madre es alemana y la primera parte de su infancia transcurrió durante la gran guerra. Me baso un poco en sus recuerdos y también en los de mi abuela, que fue una madre coraje», cuenta la autora.

La obra está basada en hechos reales, en la infancia y los recuerdos de la madre de la autora

Así las cosas, Los juguetes de la guerra se sitúa en 1942 cuando Ilse, viuda de un aviador de la Luftwaffe y madre de seis niños, entre ellos Violetta, regresa al pueblo de Baviera donde pasó los veranos de su infancia. Una vez allí se encuentra con la mansión familiar reconvertida en un hospital militar, por lo que tienen que acomodarse en una humilde cabaña en el monte. En este contexto, Violetta, Letta, es la madre de Carolina e Ilse, su abuela.

«Fue en ese pueblecito de montaña donde los educó dentro de un entorno rural, sobre todo fuera de toda la nazificación que vivieron durante tantísimos años». En este sentido, Carolina explica que cuando se perdió la guerra, el pueblo alemán, como pueblo vencido, debió vivir toda esa desnazificación, una situación que su familia «tuvo la fortuna de vivirla en el sur, por lo que fueron los americanos los que se encargaron de ella. Nos consta que en toda la parte del Este fue muchísimo más dura. No obstante, aun así tuvieron que pagar las consecuencias y las represalias, tuvieron que ver las cosas que se habían hecho en su nombre y que quizá muchos de ellos no sabían o no querían saber y vivirlo de primera mano. Darse cuenta de que la culpa, en el fondo, había sido de ellos».

Carolina destaca la dificultad de presentar esa otra visión. «Llevar la familia a un entorno rural también me permitía ofrecer la parte de las rencillas ancestrales y de los corre, ve y dile típicos de pueblo. Toda esa vertiente más fresca por un lado y menos aterradora aunque, a pesar de que no vivían batallas ni bombardeos, sí que sufrían lo que correspondía a los comisarios de zona. Sobre todo, lo que no padecieron tanto fue la escasez de alimentos, ya que en un pueblo hay animales, huertos y a pesar de que les confiscaban muchas cosas, no pasaban demasiada hambre. Pero investigar fue muy difícil. Lloré mucho, me angustié mucho y justamente por ello quería huir de todos los terrores. Porque hay mucho escrito y muy bueno, novelas y películas, pero la mayoría de veces está basado en los horrores», revela la autora de Geranios en el balcón.

En Los juguetes de la guerra, Ilse, la protagonista, arrastra un pasado algo traumático que intenta ahorrarles a sus hijos. «Me interesaba partir de estos hechos para desarrollar después su futura historia de amor», dice Carolina. Porque, a pesar de la guerra o si acaso a propósito de ella, todos los sentimientos tienen cabida.

A los abuelos y abuelas les hacemos mucho menos caso del que se merecen porque tienen muchas cosas que contarnos

De alguna manera, los niños son los personajes principales de una historia cuyas fuentes se encuentran en los abuelos. «Tenerlos es una gran herencia» defiende la escritora. «Les hacemos mucho menos caso del que se merecen -continúa-. Porque tienen muchas cosas que contarnos, muchas experiencias y, sobre todo, muchas vivencias que probablemente nos ayudarían en nuestras vidas. Creo que los tenemos un poco marginados porque ahora vivimos muy al día, a la hora, pensando en el futuro».

Por ello, anima a todo el mundo que pueda a escuchar a esos abuelos y abuelas. «Son un valor que tenemos en las familias y que usamos poco. No nos piden nada a cambio. Y ahora con la pandemia, hay que aprovechar. Cogerles de las manos y decirles lo mucho que les queremos».

Ilse, la protagonista de la novela, viuda de un aviador de la Luftwaffe y madre de seis niños, se los lleva a una zona rural para alejarlos de la contienda

Dos orígenes, dos guerras. «Con mi familia alemana me ha costado mucho hablar de ello. Creo que es un momento de sus vidas que quieren olvidar y ha sido a través de fotografías, algunos textos y cartas, pero sobre todo con toda la documentación que existe, como he construido la novela. Sin embargo, con la familia española me fue más sencillo», señala.

A la pregunta de si ha cerrado Alemania mejor su pasado que España, Carolina concluye, «Alemania es un pueblo extraordinario que sale de sus cenizas con una gran fuerza. Tienen un carácter diferente. No sé si lo han superado mejor pero lo que está claro es que quieren reconstruir, salir adelante y la historia ha demostrado que lo han conseguido».

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