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De la estelada de Bonavista a la invasión rojigualda

Más de 10 banderas de España en un bloque de Campclar. Ese estandarte manda en Bonavista, donde la estelada es resistencia

Raúl Cosano

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Acumulación de banderas españolas en un edificio de Campclar. Foto: Lluís Milián

Acumulación de banderas españolas en un edificio de Campclar. Foto: Lluís Milián

El ejercicio es de finura visual: buscar, como si fuese Wally, la única estelada que hay en Bonavista. O, al menos, de las pocas. Está en la calle Cuatro, y es una pequeña tela que ondea en un mástil modesto de un primer piso mientras que en el tercero alguien ha colocado la rojigualda. 

La imagen resume el pique de símbolos de estas últimas semanas. «También puedes ver alguna senyera, e incluso una republicana», explica un comerciante y vecino del barrio. Esta última la encontramos cerca, flameando al viento en la calle Tres. 

Seguimos la pista. Luis Cabrera, comerciante: «Hay otra estelada en la calle 23 baja y en la calle 12. La convivencia es buena, siempre hay algún pique, de si tú has puesto una muy grande yo te pongo otra… pero no va a más». 

En ese colgar el estandarte hay algo de exhibición, pero el vacileo nunca acaba en drama. La cosa puede quedar en una especie de ‘Aquí no hay quien viva’ de bajo voltaje o en aquella serie gráfica de Ibáñez, ‘13 Rue del Percebe’, con el vecindario revuelto. 

Habla Esteve Martí, presidente del Col·legi d’Administradors de Finques de Tarragona: «Los problemas que hemos tenido entre vecinos son muy puntuales. Siempre recibes quejas, que si este ha puesto una bandera muy estridente, o demasiado grande… A veces les tienes que explicar que hay libertad para ponerlas, siempre que no molestes al otro». 

Una estelada en el primero y una rojigualda en el tercero, en un bloque de Bonavista. Foto: Lluís Milián

En los barrios de Ponent las fachadas arrojan una obvia lectura demográfica: el independentismo en distritos de procedencia inmigrante tiene un recorrido escaso, aunque haya excepciones. De ahí la brutal invasión rojigualda, reivindicativa, contestataria ante la pujanza del Procés en los últimos tiempos. «Bonavista es un barrio muy españolista y muy madridista. La gente es reacia a la independencia. Hay calles enteras cosidas con banderas de España», cuenta Ramón López, presidente del Cultural Bonavista y vecino. «Yo no tengo ninguna bandera, no me gusta entrar en ese juego. A mí me gusta que gane España y ya está», agrega. 

Aún se puede ver alguna bandera del Madrid, restos de cuando ganó Champions en junio. Hasta las farolas a la salida del barrio tienen alguna rojigualda colgada. Cabrera intenta conciliar. Vive en la calle 3, la misma en la que tiene su brasería, y en su bloque se ha dispuesto una combinación que intenta ser integradora: la de España, la senyera y la de Tarragona colocadas en cada uno de los tres pisos en el edificio. 

Los reclamos, de tan contundentes, se vuelven algo histriónicos. A la entrada de un bar de Torrenova se han ubicado varias banderas enormes de España, Catalunya… y Andalucía, luciendo raíces. Muy cerca, justo delante de la Rambla de Ponent, en Campclar, aparece uno de los rincones más espectaculares: en un mismo bloque flotan hasta 10 banderas de España. «Al final es algo temporal. ¡No vas a denunciar al vecino por tener una bandera!», cuenta Esteve Martí. 

En ese imperio de la bandera constitucional en Bonavista sobrevive un ‘rara avis’. Es Jaime Rodríguez, militante de la CUP en territorio unionista, uno de esos vecinos que ha mantenido los símbolos independentistas como un acto de resistencia: «Tenía la estelada puesta en el balcón pero tuve que sacarla porque hubo un poco de presión social». Jaime dice que queda alguna estelada pero «la mayoría son banderas españolas». «¿La del aguilucho? No hay. Yo no la he visto», dice. Otros sostienen que sí la han detectado. Hay también una arcoiris del orgullo gay.   

En la tertulia de bar Jaime elude el tema: «Ahora digo que lo he dejado, que ya no estoy en política, para evitar discusiones». 

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