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De pillarse los dedos en el trabajo a estar fuera del mercado laboral

Seis años después del accidente, la mujer sigue sufriendo fuertes dolores. La mutua dice que las secuelas son por enfermedad y pidió al TSJCat que le retirara la pensión de la Seguridad Social

Àngel Juanpere

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Daisy, en su domicilio, con  la mano protegida. Le sigue doliendo.  FOTO: Alba Mariné

Daisy, en su domicilio, con la mano protegida. Le sigue doliendo. FOTO: Alba Mariné

La historia de Daisy es la de una mujer que sufrió un accidente laboral que, en principio, no parecía grave y pero que actualmente no puede trabajar debido a cómo le ha quedado la mano. Pero lo más grave, al menos para ella, es que se ha quedado sin ningún tipo de pensión ni ayuda. La mutua considera que las secuelas que sufre provienen de una enfermedad que ya tenía –fibromialgia, que nunca le ha impedido ir a trabajar–, una apreciación que ha sido avalada por el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJCat) que ha revocado una decisión anterior de una juez de Tarragona. Mientras tanto, ella sigue con mucho dolor y sin poder trabajar

El viernes 15 de mayo de 2013 Daisy Merino fue a trabajar a una farmacia de Tarragona. Cuando iba a cerrar un cajón se atrapó el tercer dedo de la mano derecha. Le quedaron aprisionados los dos nervios, «en aquel momento no lo sentí porque era como si tuviera el dedo muerto». Y se fue a casa.

Al lunes siguiente, acudió a su médico de cabecera de la Seguridad Social. Le mandó hacer una radiografía, «que me hicieron el caso de medio año». Comenzó a ir a Urgencias de Santa Tecla. Por la verbena de Sant Joan quería ir a la playa, pero no pudo lo pudo hacer, el dolor se lo impedía. 

Al día siguiente fue de nuevo a Santa Tecla, donde le pusieron una férula de aluminio, que le llegaba hasta el codo. «Me dieron medicamentos y me dijeron que no podían seguirme tratando porque lo mío era un accidente de trabajo y tenía que ser la mutua».

Visita a la mutua

Al día siguiente, 25 de junio, acudió a visitarse a la mutua. «Me revisaron y me dijeron que no tenía nada. Y me mandaron a trabajar, a pesar del dolor que seguía teniendo». Y así lo hizo, pero su jefa le dijo que se tomase la baja por la Seguridad Social y que hiciera un cambio de contingencia. «Vete al ICAMS –Institut Català d’Avaluacions Mèdiques i Sanitàries– y solicita que ellos te revisen», le dijo, «ellos decidirán si es un accidente de trabajo o una enfermedad común».

Y el tribunal médico del ICAMS le dijo que era un accidente laboral, «y aquí empieza una batalla entre la mutua y yo», batalla que ha perdido. La mutua le pidió que fuese a Barcelona para ver a los especialistas, entre ellos un psiquiatra, «que me dijo que tenía un problema psiquiátrico». 

De vuelta por Tarragona se puso en manos de un traumatólogo del Hospital Joan XXIII, «quien decide hacer una primera cirugía exploratoria para ver qué hay en un mano». El 2 de febrero de 2015 pasó por el quirófano por «neuritis territorio del nervio mediano de la mano derecha. Como el cirujano vio que tenía un túnel cartiano, aprovechó la operación y lo arregla. Además, puso un gel para separar los nervios dañados».

Pero la situación de Daisy no mejoró. Seguían los dolores y el doctor le hizo infiltraciones. Todo seguía igual, por lo que decidió una segunda cirugía el 5 de marzo. En esta intervención, el médico cortó una parte del nervio para ver si con ello se le quitaba el dolor a la paciente. Pero no sucedió, porque se había creado el síndrome de dolor regional complejo, añadido con alodinia (exceso de dolor), además de sensibilidad al frío y a los cambios barométricos.

Opiáceos

Durante el tratamiento que siguió en el Joan XXIII estuvo también en la Clínica del Dolor, donde le dieron opiáceos, sin notar cambios. Como la paciente no mejoraba, el doctor la envió al Hospital de Bellvitge. Allí, durante unos tres años les han suministrado mórficos y opiáceos. También le colocaron un neuroestimulador a la altura de la clavícula derecha para tratar de inhibir el dolor lo máximo posible, sin conseguirlo.

Ahora ya no tiene paro y está tramitando una pensión no contributiva –paga 450 euros de alquiler y vive sola–. Este año le han puesto un neuromodulador medular, que ha conseguido reducir un poco el problema y la crisis. Mientras, el dolor sigue sin saber qué hacer: «En una escala de cero a diez, lo habitual es tener siete de dolor. Pero cuando tengo las crisis, cada uno a dos días, llega a diez».

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