El 80% de las jóvenes de entre 15 y 25 años ha sufrido acoso en la calle

La violación de una chica de 16 años en Igualada ha levantado todas las alarmas en torno a un mal, el de las agresiones a mujeres de noche, que está muy presente en nuestras ciudades

ÁLEX SALDAÑA

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Persiguen a una joven. GETTY IMAGES

Persiguen a una joven. GETTY IMAGES

La brutal violación y agresión que sufrió el pasado fin de semana en Igualada una chica de 16 años, que permanece postrada en la cama de un hospital, ha conmocionado a toda la sociedad. La joven salió de fiesta a una discoteca con unas amigas, mantuvo el contacto con su madre por WhatsApp durante toda la noche y a las cinco de la mañana le dijo que dentro de una hora cogería el tren para volver a casa. No llegó. A las siete su madre recibió una llamada de los Mossos diciéndole que su hija estaba en un hospital. La encontró un camionero, desnuda e inconsciente. La habían violado salvajemente y golpeado. O golpeado y violado salvajemente –la madre prefiere esta versión, con la esperanza de que la joven no hubiera sentido el dolor inhumano que le infligió su agresor, al que aún busca la policía–.

El suceso pone los pelos de punta, pero no es, en absoluto, un caso aislado. En Catalunya se denuncian tres violaciones cada día, aunque esa cifra es la punta del iceberg, pues solo el 3% de las adolescentes y mujeres acosadas acaban por denunciar lo que les ha ocurrido. 

En todo caso, ocho de cada diez chicas de 15 a 25 años confiesa haberse visto vejada, intimidada o humillada en la calle o en espacios públicos por hombres que se les insinúan o atentan contra su libertad sexual con miradas, silbidos, persecuciones, comentarios o comportamientos similares. Así lo certifica un estudio de la ONG Plan Internacional, un trabajo financiado por la Comisión Europa y elaborado con la ayuda de investigadoras de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). 

El estudio deja claro que se trata de agresiones que padecen en la inmensa mayoría de casos solo por ser mujeres. El lugar más frecuente para el acoso son las propias calles, pero también son muy repetidas las acciones en parques o zonas ajardinadas de tamaño considerable y en las estaciones de transporte público. Suelen tener en común ser zonas poco transitadas y, en general, con poca presencia policial. Los sustos y agresiones leves contra la libertad sexual abundan sobre todo en el horario nocturno y la madrugada, cuando se producen el 54% de los hechos registrados, pero hasta un 20% de las chicas confiesa que el acoso se produce en lugares públicos a cualquier hora del día.

Y estos actos de machismo impactan en sus vidas, les restan libertad y les generan inseguridad y miedo. Lo saben bien Paula, Núria y Carmen, tres veinteañeras de Tarragona que aseguran que «ni se nos ocurre volver solas a casa por la noche o la madrugada; si no tenemos algún amigo que nos acompañe, llamamos al padre de alguna para que nos busque en coche, y si no puede, cogemos un taxi y le pedimos al taxista que no se vaya hasta que entremos en el portal. Generalmente lo hacen de buena gana», dicen. 

Sin embargo, ni siquiera esas precauciones les han evitado algún susto. Una noche, al salir de una discoteca, sobre las tres de la mañana, caminaban por la Rambla cuando un coche en el que iban dos hombres se paró a su lado. Los chicos les preguntaban que a dónde iban, que dónde vivían... Les invitaron a entrar en el coche, ellos las llevarían a casa. Ante la negativa de las chicas, comenzaron a insultarlas y a amenazarlas con violarlas. «En un momento bajaron del coche. Solo se nos ocurrió gritar y pedir auxilio –dice Paula–. Y echamos a correr Rambla arriba, hacia la discoteca. Menos mal que apareció un grupo de chicos y chicas y los hombres y el coche desaparecieron. Pero el susto no nos lo quitó nadie», concluye la joven.

También Gemma, Sandra, Lucía y Anna saben lo que es ser acosadas en las calles de Tarragona. Estas chicas de 17 años, que justo ahora han empezado a salir de noche los sábados, ya han aprendido que no se pueden quedar solas. La primera vez que fueron a una discoteca «estábamos bailando tan tranquilas, de buen rollo, riéndonos de todo y de nada, cuando unos chicos que nos miraban desde fuera de la pista comenzaron a acercarse. Se pusieron tan cerca de nosotras que era imposible bailar sin sentir algún rozamiento, alguna mano en alguna parte de nuestro cuerpo. Nos cortaron el rollo y nos fuimos de la pista a sentarnos. A partir de entonces estuvimos muy nerviosas y no lo pasamos bien».

Estas adolescentes confiesan que tienen miedo de andar solas por la noche por Tarragona. «Y eso que tomamos precauciones», dice Sandra, que añade que «nunca dejamos que una se quede sola con un chico que no conocemos». «Mira, estamos preparadas –dice Anna, mientras saca del bolso un bote de desodorante masculino en spray–. Es para rociarle en los ojos a alguien que nos haga algo». En este sentido, Lucía interviene para decir que cuando van por la calle solas, aunque no sea de noche, «hacemos como que vamos hablando con alguien por el teléfono móvil como método de defensa».

Pero sí, tienen miedo. «¿Volver a casa solas por la madrugada? Ni locas. Ni nos lo planteamos; siempre viene a buscarnos el padre de alguna. Se turnan», dicen.

Falta de solidaridad

Sí, el acoso sexual callejero a las mujeres es una plaga en este país. Pero quizá una de las cosas más terribles es que, tal como desvela el estudio de la ONG Plan Internacional, la sociedad española asiste impasible a los comportamientos vejatorios. El 90% de las jóvenes que confesaron haber sufrido acoso en la calle explicaron que no recibieron ayuda, respaldo o apoyo alguno por parte de las personas que presenciaron cómo las faltaban al respeto e, incluso, las asustaban. Es más, una de cada cinco asume estos actos de acoso como algo inevitable y que deben soportar, como algo habitual en una sociedad machista.

El resultado de esta falta de reacción social es que solo el 3% de las adolescentes y mujeres acosadas acaban por denunciar lo que les ha ocurrido. La mayoría, como mucho, lo comenta con sus amigos o familiares. Pero estas agresiones a la libertad sexual que parecen no importarle a nadie afectan y mucho a las víctimas, según su propio relato. Para protegerse o sentirse más seguras, buscan compañía para no recorrer solas los trayectos conflictivos o dejan de transitar por determinadas zonas, cambian su forma de vestir, fingen hablar por teléfono o se conectan a la música para aislarse de los comentarios.

Y es que nuestras jóvenes están perdiendo la capacidad de moverse libremente por las calles cuando oscurece, evitan el uso de transporte público y, si pueden permitírselo, se ven obligadas a coger un taxi. Todo, por miedo a sufrir acoso o, en el peor de los casos, una agresión sexual por el mero hecho de ser mujeres. «El caso de la chica de Igualada nos ha impactado. Su perfil es como el nuestro, nos podía haber pasado a cualquiera de nosotras», dicen con rabia los dos grupos de chicas con las que hablamos. «Y no queremos ser valientes, queremos ser libres», entonan como un lema a modo de despedida.

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