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El Complex Educatiu pide mejorar su accesibilidad

La utilización de la bicicleta es minoritaria, mientras hay estudiantes que se exponen al peligro de ir caminando por la carretera, a falta de unas buenas conexiones

Núria Riu

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Un grupo de estudiantes espera el autobús en una de las paradas que hay en el interior del Complex Educatiu.  FOTO: Alba Mariné

Un grupo de estudiantes espera el autobús en una de las paradas que hay en el interior del Complex Educatiu. FOTO: Alba Mariné

Tan cerca y tan lejos. El Complex Educatiu está ubicado a menos de cinco kilómetros de la Plaça de la Imperial Tarraco. Un porcentaje significativo de sus alumnos vive en los barrios de Ponent. Desde la Rambla de Campclar, la distancia tan solo es de 2,2 kilómetros. Sin embargo, el vehículo privado es el principal medio de transporte que utilizan los alumnos para acceder al recinto.

La mejora de las comunicaciones es una asignatura pendiente. Desde inicios de la década de los cincuenta, cuando se inició la construcción del recinto, las mejoras que se han hecho han llegado en cuentagotas.

Entre profesores y alumnos, el Complex Educatiu alberga cada día a unas 3.000 personas

Uno de los últimos logros fue la construcción de la rotonda de la autovía de Salou (C-31b), que acabó con uno de los puntos negros más peligrosos de la geografía tarraconense, además del paso elevado que cruza esta misma vía. Dos nuevos parches que no han resuelto el problema de fondo: la antigua Laboral sigue siendo un recinto cerrado que la ciudad siempre ha mirado de espaldas, a pesar de que a diario mueve a más de 3.000 personas. 

Una carretera peligrosa

Su ubicación, en medio del polígono petroquímico, no ha facilitado este proceso de aproximación. Y esto puede generar situaciones tan dantescas como la de estudiantes caminando por el arcén de la autovía de Salou para poder ir andando a clase.

«Tenemos a mucha gente de Torreforta, Campclar o Bonavista para los que venir caminando supone un paseo, pero es muy arriesgado, porque los coches van muy rápidos y sobre todo en invierno, cuando oscurece más temprano, es peligroso», argumenta el director del Institut Pere Martell, Ángel L. Miguel. La velocidad permitida en la vía es de 80 km/h.

Barreras físicas en un carril bici que no permite llegar a la antigua Laboral. FOTO: Alba Mariné

La habilitación de un carril bici es una vieja reivindicación sin que se haya dado un paso firme definitivo. En el curso 2014-2015, el Pere Martell hizo una encuesta de movilidad entre más de 470 alumnos. El vehículo privado estaba detrás de casi el 60% de los desplazamientos. El autobús era el segundo medio de transporte, mientras que este trabajo ya puso de manifiesto que el 3% de los alumnos accedía caminando.

En cuanto a la bicicleta, su utilización prácticamente era simbólica, aunque cuando se les preguntaba si la utilizarían en caso de existir un carril bici, casi la mitad de los estudiantes aseguró que sí. «La principal razón que te daba la mayoría de los estudiantes para no utilizarla es que la carretera es peligrosa. Tienen que ir por el arcén y después, cuando llegan a la pasarela, ésta tampoco es una solución porque no está preparada con una rampa», decía Imma Gandia, coordinadora del Comitè d’Escola Verda del Institut Pere Martell.

El carril bici de Ponent empieza en la antigua N-340, a la altura de la gasolinera. Nace de la nada, ya que no hay una continuidad desde el centro. Además, sus usuarios tienen que sortear obstáculos varios por el camino, como árboles, farolas y señales de tráfico. A la altura de Torreforta, cuando hay que desviarse en dirección Salou, ya no hay esta posibilidad. «A donde hay gente joven, si tuvieran la posibilidad de ir en bici la utilizarían y le estaríamos dando a Tarragona un carácter más europeo», añade Gandia. El director de este centro también está convencido de que debe avanzarse en este sentido. «Si queremos fomentar el transporte sostenible como una opción de futuro, debe empezarse por los jóvenes, porque hoy estamos hablando de la bicicleta y en dos días de patinetes», añade Ángel L. Miguel.

Para el director del Pere Martell Ángel L. Miguel el reto está en «romper la frontera natural y mental que es el río». Argumenta que a partir de ahí, podría articularse una conexión no tan solo con el Complex Educatiu, sino también con el Anillo Mediterráneo, Les Gavarres y hacia la zona de Joan XXIII y los campus universitarios. 

Boni Garcia es la directora del Institut Cal·lípolis. Comparte la necesidad de impulsar el carril bici. «Falta conscienciación de la sociedad para fomentar su utilización, pero tampoco se dan las condiciones», argumenta. Esto genera que a los alumnos de Salut Ambiental, a los que se les forma sobre al respecto al medio ambiente y se les habla de la huella de carbono, utilicen mayoritariamente el vehículo privado para desplazarse.

La solución no es sencilla ya que la titularidad de las vías afecta a varias administraciones. Por un lado están las carreteras Estatales, que desde hace años Fomento debe traspasar al Ayuntamiento. Por su parte la Generalitat es el titular del último tramo además del recinto. En definitiva, un galimatías de responsabilidades que han impedido alcanzar una respuesta satisfactoria. Para ello, a mediados de abril tendrá lugar la segunda Bicifestació, en la que alumnos y profesores dejarán escuchar su malestar.

¿Y en bus?

A falta de bicicleta, el autobús es la alternativa para los jóvenes que no disponen de vehículo privado. La línea que llega es la número 42, que sale desde la calle Pere Martell. Esto obliga a los estudiantes de los barrios de Ponent a desplazarse hasta el centro de Tarragona y hacer transbordo para ir al Complex Educatiu.

Para evitarse este periplo, algunos de los alumnos buscan atajos. Nikolay Chislov vive en el barrio de Torreforta. Para ir a clase cruza todos los días caminando la antigua N-340 para acceder a la parada de autobús que hay junto al Parc de Bombers. «Hay mucho tráfico, pero es la opción que me queda más cerca», argumenta.

Si para los tarraconenses ir a la antigua Laboral ya es un periplo, cuando es desplazamiento se hace desde uno de los pueblos de las cercanías hay que armarse de paciencia. Manuel Sánchez nos explica su caso. Vive en Torredembarra. Tiene que coger un primer autobús hasta Tarragona y desde Battestini el 42. En total «una hora y pico» de trayecto, lo que significa más de dos horas al día, lo que tardan los tarraconenses que van en tren a Barcelona.

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