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El Dalí de los bocatas

Casa Boada es el bar más antiguo de Tarragona: acaba de cumplir 70 años. Eduard, su actual propietario, lleva al pie de la plancha desde 1970

Xavier Fernández

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Los bocadillos que ‘esculpe’ Eduard Boada son a gusto del consumidor. El ‘tascaman’ tiene su secreto culinario: unas salsas especiales. FOTO: Pere Ferré

Los bocadillos que ‘esculpe’ Eduard Boada son a gusto del consumidor. El ‘tascaman’ tiene su secreto culinario: unas salsas especiales. FOTO: Pere Ferré

Son las 9,50 horas del pasado lunes. Casa Boada está repleta. Docena y media de clientes esperan pacientemente a que Eduard Boada, el dueño y ‘tascaman’, como le gusta autodefinirse, cocine alguno de sus legendarios bocadillos. Eduard lleva al pie de la plancha desde 1970, cuando su padre se jubiló 23 años después de reconvertir una bodega en bar. Casa Boada es así el bar más antiguo de Tarragona. Acaba de cumple siete décadas de vida. 

Es el bar más antiguo y una institución culinaria en la ciudad. Así lo reconoció el Ayuntamiento el 21 de enero de 2011 cuando le otorgó el diploma al mérito cultural de Tarragona «en reconocimiento a su importante labor cultural y por haber dejado bien alto el nombre de Tarragona».

¿Labor cultural en un bar? Sí. El local es un pequeño museo lleno de recuerdos. Es un reflejo de la historia de la ciudad a través de los casi 200 recortes de prensa y diplomas enmarcados que atesora el barman. Entre esos recortes, el de cuando Boada frió unos huevos sobre el capó de un coche. O cuando elaboró un cóctel en una hormigonera. Boada, una enciclopedia viviente de anécdotas y nombres, explica que «Josep Maria Martí y Josep Maria Salceda, de Cambrils, me pidieron que hiciera algo para que se hablase de la localidad sin que costase dinero». La solución de Boada: un macrocóctel, una de sus simpáticas extravagancias. 

El Bar Boada, repleto, el pasado lunes a las 9,50 horas. FOTO: Pere Ferré

Mientras los clientes esperan, suena música clásica o la banda sonora de ‘El Padrino’. El humo de la plancha, la música que incita a la conversación y la paciencia son intrínsecos a Casa Boada.

Eduard lamenta que «cuando te haces viejo, te cansas. No tienes tiempo de querer a tus clientes. Vas acelerado y no te aprendes los nombres. Si la gente viene de uno en uno, sí que puedes quererles, pero cuando llegan varios de sopetón son casi como un ‘enemigo’ que tiene prisa y hambre».

Prisa y Casa Boada son contradictorios. Un cartel sobre la barra aclara «cómo funcionamos: apunte el bocadillo y la bebida. Ponga el número de turno. Cada bocadillo tarda un promedio de cinco minutos. Si no puede esperar, vuelva en otro momento. Abone su importe. Gracias».

«Antes no se tenía reloj y se vivía muy feliz. Hacer bocadillos requiere su tempo, como la música, que debe tocarse como corresponde, ni más deprisa ni más despacio», sostiene Eduard.

Rafael y Maria Teresa, de 64 y 61 años, compartían el lunes espacio con dos chavales, Joan y Pablo, de 17 y 18 años. Rafael y Mª Teresa acuden al Boada desde antes de que nacieran Joan y Pablo. Son de Vilabella y cuando vienen a Tarragona, el Boada es una parada inevitable. El lunes salían de hacerse un análisis. Para reponer fuerzas, un bocata de sobrasada con queso y otro de jamón serrano.

En el otro extremo de la barra, Joan y Pablo se estaban zampando sendos bocatas de una barra de longitud cada uno. El contenido: hamburguesa, bacon, huevos fritos, salsa de romesco, pipas, cebolla, salsa roquefort... Sí, todo eso a las diez de la mañana. 

Joan define la habilidad bocatística de Boada: «Hace arte con la comida». Pablo coincide: «Aunque cada bocadillo tenga los mismos ingredientes, le sale diferente». «La plancha debe tener superpoderes», ironiza. Es posible. Boada es el Dalí de los bocatas.

Ambos son asiduos. «Desayunar así en el Boada es como una inversión. Luego ni comes ni cenas», dice Joan. A él le ‘enganchó’ su hermano. Y a Pablo, su padre. Las generaciones van pasando por el local. Por el que no parece transcurrir el tiempo es por el propio Boada. Es un bareto tan especial para algunos de sus clientes que Pablo, que se va un año a Australia a estudiar, lo ha elegido para ‘despedirse’ de Tarragona.

Aparte de ‘esculpir’ bocatas, Eduard imparte pequeñas lecciones de filosofía popular. «La gente se ha empobrecido y hemos tocado fondo. Irá a más. No hemos superado la crisis. Además ahora se ha enmerdado todo mucho. Si no hubiese políticos, saldríamos antes de la crisis. Los políticos te venden ilusiones, pero son como nubes que pasan...», detalla mientras no para de tostar el pan y freír bacon, salchicas, botifarras... al tiempo que muestra su ‘secreto’: una salsa de olivas y cacahuete y otra de roquefort.

«Este bar tiene el encanto de lo viejo, la grandeza de lo pequeño. Es un milagro que yo aguante a los 75 años en pie», concluye Boada. Cierto. Los bocatas de Eduard son un pequeño milagro diario. Y que dure muchos años.

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