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«El Open Arms nos salvó la vida»

Definen al barco humanitario como «nuestro dios». El buque de la ONG en el centro de la polémica les rescató de una muerte segura en el mar. Hoy viven y se integran en la provincia

Raúl Cosano

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Ghislain y Tuhim, dos refugiados que llegaron con el Open Arms. Viven en Reus. Foto: Alba Mariné

Ghislain y Tuhim, dos refugiados que llegaron con el Open Arms. Viven en Reus. Foto: Alba Mariné

«Sin el Open Arms yo ahora estaría muerto», dice contundente Joel, camerunés de 23 años, una de las 60 personas rescatadas en verano del año pasado en el Mediterráneo central. La situación, sin llegar a ser tan dramática como la recién concluida –19 días a la deriva esperando puerto, al borde del motín y la tragedia– también fue intensa y extrema.

«Fue muy importante que llegara el barco, estábamos en una situación peligrosa», cuenta Joel, que rememora un trayecto, como todos, infernal y extenuante física y mentalmente, que siempre pasa por hacerse a la mar en las costas de Libia en botes y exponerse al riesgo de morir ahogado.                                  

En ese Open Arms que acabó recalando en Barcelona también iba Tuhim Khondokar (25 años), natural de Bangladesh, que acumulaba otro periplo exhausto y doloroso, de su país a Libia, donde permaneció dos años, y después, a una barca precaria, por 600 euros, con destino incierto a Europa. «La situación en mi país era muy complicada y quería salir. En la barca era todo muy difícil. Navegamos durante cinco horas hasta que nos rescató el Open Arms», cuenta, desde Reus, donde vive. De la mano de Reus Refugi, que da apoyo de manera voluntaria, y de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), se han armado una vida estable aquí, después de un año de enormes progresos con el idioma, adaptación ‘express’ y dosis de felicidad. 

Salieron de las costas de Libia y fueron rescatados en el Mediterráneo el verano pasado

Ahora siguen las noticias de la odisea que ha vivido el Open Arms, el barco que conocen bien y que les socorrió ‘in extremis’. «El Open Arms es como nuestro Dios. Nos salvó la vida. Sin él no podíamos estar aquí ahora hablando. Es gente de buen corazón», se sincera Ghislain Akafffou (23 años), que realizó un trayecto similar: desde Costa de Marfil, cuando estaba en guerra, a acabar en Libia, punto intermedio indispensable para dar el anhelado salto a Europa. «Salí de mi país con 14 años y ahora tengo 23. El trayecto ha sido difícil, muy largo, muy duro», cuenta Ghislain. «Me siento impotente y triste cuando veo todo lo que ha sucedido con el Open Arms», reconoce Tuhim. 

La misión 46 del navío de Proactiva Open Arms les salvó, directamente, de perecer ahogados en un Mediterráneo convertido en los últimos años en un cementerio. «No sabíamos dónde íbamos, ni cuándo podíamos llegar. De repente vimos un barco que estaba muy lejos. No sabíamos si podía ser gente de Libia o Europa», rememora Ghislain aquellos momentos de tensión. 

El Open Arms, auxiliador, también se ha convertido en un lugar de nervios a flor de piel y expectativa. «Si en ese barco hubiera ido gente de Libia, muchos teníamos la idea de saltar al mar, para morir, porque no podíamos volver allí para sufrir, nos iban a matar. Era mejor saltar», recuerda. 

Entonces desde el navío humanitario se dio la voz: eran europeos, todo un mensaje de alivio y salvación. «Cuando vimos que era un barco de Europa, todos, musulmanes, cristianos… nos pusimos a rezar, cada uno a su manera. La palabra ‘contento’ se queda corta para describir lo que sentimos. Estuvimos cinco días en el mar antes de llegar a Barcelona», dice Ghislain. «Cuando nos rescataron estábamos todos muy alegres. Hasta bailábamos de la alegría y lo celebrábamos. En el barco sólo pensaba en dormir y dejar pasar las horas para llegar cuanto antes», explica Tuhim.  

Ellos defienden y reivindican la labor de beneficencia que la ONG catalana realiza en el mar, generalmente contra los dictados de los gobiernos, exponiéndose a peligros y a sanciones. «Cada día hay gente que se muere en el mar. El gobierno debería dejar a Open Arms hacer su trabajo. ¿Dónde están los derechos humanos?», se pregunta el costamarfileño. 

Él, junto a Joel y a Tuhim, son solicitantes de protección internacional. Tienen la tarjeta roja que les acredita en su perfil de refugiados pendientes de asilo. Ellos, que intentan olvidar y no desenterrar los dramas que dejaron atrás en sus lugares de origen, resumen su impulso. «La gente en mi país no tiene una vida estable. Por eso buscamos una vida mejor. Diría a la gente que mire lo que está pasando en otros países. Los gobiernos deberían mirar eso y dejar al Open Arms trabajar. Lo que hace es un buen gesto, tiene sentimiento humano», cuenta Ghislain, que matiza: «Cuando llegas aquí no es fácil, también es una lucha, pero estamos mejor».

«Quiero vivir siempre aquí»
Ellos, que cumplen un año y dos meses afincados aquí, han pasado por Reus Refugi, donde han sido atendidos por un equipo multidisciplinar de voluntarios, bajo la coordinación de la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat. El centro tiene un máximo de 50 plazas. «La mayoría de personas que atendemos no llegan por mar. Pero para los que lo hacen el Open Arms es una cuestión de vida o muerte», resume Pascale Coissard, coordinadora del área de incidencia de la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat-CEAR, la entidad que les realiza el seguimiento. 

En este tiempo han aprendido el idioma y se han integrado. Joel, por ejemplo, ha conseguido un empleo y ahora vive en Vilanova. «En España estoy muy bien, estoy contento. Estoy buscando un trabajo para poder ganar dinero y ayudar a mi familia», explica Tuhim. «Estoy trabajando y estoy feliz, muy tranquilo», añade Joel.

Ghislain se muestra orgulloso de los avances: «Cuando llegas solo sabes decir : ‘Hola, ¿qué tal? Hay que ir a clases para estudiar, para aprender el idioma, para hacer formación y buscar trabajo». Él se deshace en muestras de agradecimiento hacia su lugar de acogida y las personas que le han ayudado: «Quiero trabajar y tener mi vida aquí. Son los españoles los que me han salvado la vida, así que sé que nunca voy a dejar España para ir a otro sitio. Yo hablo francés y podría ir a Francia, porque la lengua no me cuesta, pero prefiero quedarme aquí para hacer mi vida. Estoy contento porque estoy con buena gente». 

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