El POUM, la oportunidad para un plan estratégico

Tarragona necesita definir un modelo de ciudad y una planificación que va mas allá de lo urbanístico para alcanzar ese objetivo

ÁLEX SALDAÑA

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El Tribunal Supremo anuló el POUM de la ciudad de Tarragona hace un año, en octubre de 2020.  FOTO: PERE FERRÉ

El Tribunal Supremo anuló el POUM de la ciudad de Tarragona hace un año, en octubre de 2020. FOTO: PERE FERRÉ

Después de la sentencia del Tribunal Supremo de octubre del año pasado que anuló el Plan de Ordenación Urbanística Municipal de Tarragona, los dirigentes de la capital llevan meses inmersos en la tarea de elaborar un nuevo POUM, lo que ofrece la oportunidad de adecuar esta importante norma a la nueva realidad y ajustarla a lo que necesita Tarragona en los próximos años. Este instrumento debe permitir planificar el desarrollo del territorio y, por tanto, afecta directamente al conjunto de la población y su entorno inmediato.

Sí, el POUM define diferentes aspectos de la ciudad, hace previsiones y establece regulaciones en materias que afectan de alguna manera a todos los vecinos de la ciudad: ordenación de los espacios públicos y de las construcciones, vivienda, infraestructuras, equipamientos públicos (escuelas, centros de salud ...), patrimonio arquitectónico, movilidad, espacios libres y zonas verdes y protección del medio natural…. Clasifica las diversas partes del término municipal en suelo urbanizable y no urbanizable y establece los usos y las actividades que se pueden llevar a cabo en cada uno de ellos.

Dicho así, no cabe duda de que se trata de una herramienta fundamental en la planificación de la ciudad. Pero, pese a esta trascendencia, el POUM no deja de ser apenas una de las patas en las que debe sustentarse el plan estratégico que la ciudad necesita y que va mucho más allá de los aspectos meramente urbanísticos.

Y es que la ciudad es un ente vivo que necesita, además del proyecto territorial que dibuja el POUM (arquitectura, infraestructuras, medioambiente, urbanismo, vivienda…), un proyecto económico que tenga en cuenta qué tipo de empleo va a generar para sus ciudadanos, cómo deben ser el comercio, la industria, los servicios, el turismo…. y, no menos importante, un proyecto social que se preocupe por el bienestar de los vecinos, por políticas de cooperación que eviten la exclusión, de integración de recién llegados, cultura, deportes, educación, sanidad… Porque, en definitiva, de lo que se trata es de construir una ciudad que mejore la calidad de vida de sus habitantes. Y esto solo se logrará con un plan estratégico integral que obedezca a un modelo de ciudad previamente diseñado y aceptado por todos los que conforman la sociedad.

Es este un aspecto fundamental. La ciudad debe saber en primer lugar qué quiere ser y luego actuar de manera multilateral para lograr acercarse al modelo definido. Concretar el modelo de ciudad es crear su visión de futuro. Es definir su personalidad, relacionada con una serie de valores por los que desea apostar y ser reconocida: humanismo, bienestar, convivencia, sostenibilidad, tolerancia… y vincularla con su proyecto urbano –ciudad industrial, turística, comercial, de servicios…–.

Y, una vez sepa qué quiere ser, necesita un plan estratégico que aborde desde todos los ámbitos y con todos los agentes, tanto públicos como privados, las decisiones a tomar y las acciones a desarrollar para alcanzar el objetivo propuesto.

Porque las ciudades, como cualquier organización, necesitan tener un propósito estratégico, una aspiración que sea totalmente compartida, una meta que sea clara. Cada urbe tiene que fijarse una meta grande y audaz, clara y sugestiva, posible y realista. Hay que tener una visión a medio y largo plazo, y una determinación y voluntad muy fuertes, por parte de los diferentes agentes que gestionan la ciudad, para perseguir esa meta con constancia en el tiempo.

En este sentido, cabe insistir en que la esencia de la planificación estratégica radica en la definición de un modelo de urbe ideal y deseado por los ciudadanos, quienes han de participar de forma activa y comprometerse en la acción para conseguir el desarrollo de un proyecto ilusionante de ciudad. Se trata de abrir e impulsar un debate ciudadano que, tras un análisis del entorno, determine una dirección y una gestión que se dirijan a lograr ese modelo de ciudad deseado por la ciudadanía para vivir y trabajar en el mejor entorno posible.

Luego, a partir de ese análisis de la situación, sabiendo adónde queremos llegar y tras el debate y la reflexión sobre las acciones a tomar a corto, a medio y a largo plazo, hay que actuar. Porque no es suficiente con imaginar el futuro de la ciudad ni con dibujar una visión más o menos creativa; también se tiene que preparar y construir. En efecto, el éxito de la planificación estratégica reside no sólo en la definición de un modelo de urbe convincente, sino que además hay que convertirlo en realidad. La planificación tiene que estar claramente orientada a la acción, a la obtención de resultados y a la ejecución de los planes de actuación.

Pero la cosa ni siquiera acaba aquí; al igual que la ciudad es un ente vivo que sufre transformaciones, sobre todo sociales, la planificación estratégica implica un proceso de cuestionamiento y renovación constante para resolver las amenazas o desviaciones del modelo de ciudad.

Por ejemplo, en San Sebastián –cuenta Kepa Korta, director del Plan Estratégico de San Sebastián 2030– constataron tras ver la curva demográfica que tenían un problema: faltaba gente joven y había mucha población envejecida. «Teníamos que actuar para preservar el modelo de ciudad. Ideamos medidas para incentivar la conciliación, como facilitar a las chicas jóvenes la maternidad, pero vimos que eso no era suficiente; necesitábamos más personas jóvenes. La solución estaba en la inmigración, pero había que planificarlo de modo que no representara un problema de convivencia que afectara a uno de los valores del modelo de ciudad, que, por definición, debe ser acogedora y tolerante».

Sí, la planificación estratégica de una ciudad implica un enorme esfuerzo que, sin embargo, no solo merece la pena, sino que es absolutamente necesario, imprescindible. Porque lo que está fuera de toda duda es que sin plan y sin modelo será muy complicado que una ciudad avance. Y Tarragona no se puede permitir el lujo de quedarse rezagada por más tiempo y perder más competitividad mientras ve cómo otras ciudades con menos potencial le pasan por delante. Y este momento, cuando atravesamos una crisis y estamos elaborando el POUM, supone una oportunidad inmejorable para ponerse manos a la obra.

*Análisis elaborado teniendo en cuenta las aportaciones de Antonio Martínez, experto en Citymarketing, y Kepa Korta, director del Plan Estratégico San Sebastián 2030

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