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El aplauso, con cañita delante suena mejor

«Último gran aplauso». El agradecimiento final al personal sanitario se vivió ayer en la Plaça de la Font más en las terrazas que en los balcones

M. VICTÒRIA BERTRAN

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La Plaça de la Font estaba ayer bastante nutrida de grupos de jóvenes. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZEL APLAUSO VOLVIÓ A SONAR AYER DESDE LOS BALCONES.  FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

La Plaça de la Font estaba ayer bastante nutrida de grupos de jóvenes. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZEL APLAUSO VOLVIÓ A SONAR AYER DESDE LOS BALCONES. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

Grande grande, tan grande como se esperaba, quizás no fue. Pero lo hubo un día más. La convocatoria a través de las redes sociales para dar el «último gran aplauso» al personal sanitario ayer domingo a las 20 horas como cada día desde el pasado 14 de marzo, también fue seguida desde la Plaça de la Font de Tarragona. El aplauso de agradecimiento volvió a emocionar y además tuvo un sabor especial. La particularidad del aplauso de ayer fue que ya no ocurrió mayoritariamente en los balcones de uno de los puntos más emblemáticos de la ciudad, sino que partió sobre todo de las terrazas, bastante concurridas especialmente de grupos de jóvenes. Estrictamente separadas las mesas entre sí, pero en cada una de ellas con los amigos muy cerca unos de otros, como en un anticipo vacacional, en una tarde con olor a verano.

La cháchara suave quedó puntualmente interrumpida a las ocho de cuando unos vecinos del Cós del Bou, desde un balcón, la emprendieron a golpes con una cacerola, con acompañamiento de palmas. La onda sonora llegó hasta la plaza, que respondió alegre desde las terrazas.

Por WhatsApp, a través de Facebook y en Twitter había circulado en los últimos días el mensaje en el que se invitaba a hacer «el mejor y más largo homenaje desde los balcones a toda la gente de sanidad y del resto de sectores que han brindado su trabajo y esfuerzo para protegernos y doblegar a la pandemia».

La cita de los aplausos ha durado más de 60 días desde las ventanas y balcones de las ciudades de medio mundo, aunque es cierto que con la desescalada progresiva, la recuperación primero tímida y ahora ya rotunda de las calles en el horario previsto, y la reapertura de bares y cafeterías en las localidades inmersas en la fase 1 como Tarragona, el gesto de reconocimiento había comenzado a perder intensidad. La convocatoria del «último gran aplauso» buscaba precisamente darle «un final digno».

De la cita estaban enteradas Andrea, Núria y Julia, tres amigas que comparten una tapa de bravas y que se habían informado a través de vídeos recibidos por WhatsApp. «Es verdad que la gente se había apalancado un poco con el tema del aplauso. Claro, al poder salir ya a la calle…», admite Andrea Lozano. A la pregunta de qué es más importante, el encuentro con las amigas o el aplauso, duda un poco: «El aplauso. Bueno, las dos cosas, pero más el aplauso para dar las gracias a las personas que nos han ayudado todos estos días. Gracias a ellas lo hemos conseguido», señala en un interesante y revelador uso del pasado. Núria Martínez piensa igual, y Julia Cabacho. Las tres tenían muy claro que aplaudirían desde la Plaça de la Font tomando algo. Porque aplauden cada día, desde el principio.

El último gran aplauso también había llegado a oídos de Alberto Chasin y Marcelino Serrano, ambos venezolanos, que fuman y toman algo en otra terraza. «Primero no me creí que fuera el último, porque me lo pasaron por un grupo de WhatsApp y a veces estas cosas no son ciertas del todo. Lo hemos comprobado ahora, aunque tan grande el aplauso tampoco ha sido. Ha sido como los demás días», dice Alberto, que tiene una historia interesante: «Mi madre es enfermera pero aquí todavía no ha podido ejercer porque está a la espera de la tarjeta de residencia. El trámite se ha prolongado precisamente a causa del Covid-19. Lástima, porque ella hubiese querido ayudar». «Si siguen los aplausos, seguiremos. Si estamos en casa y oímos a un vecino que sale a aplaudir, vamos a unirnos», asegura Marcelino.

Marina sí dice haber notado que el aplauso ha sido más fuerte, y eso que estaba trabajando, atendiendo la terraza del bar. «¿Era el último? ¡No lo sabía!», exclama algo triste, y comenta que su clientela se nutre de personal del Hospital de Santa Tecla. Apunta que, «desde que hemos vuelto a abrir, ya no les puedo aplaudir porque estoy aquí trabajando, pero mis hijos en casa sí que hacen el ritual cada día, porque ya es la costumbre». «Más que aplaudirles, lo que debemos tener claro es que hay que seguir apoyándoles en sus reivindicaciones», sentencia.

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