El barbero de la Rambla Vella cuelga las tijeras

Discreto, vital y un romántico de su oficio. Así es Francisco Gallinat Samà, que el próximo 19 de diciembre se jubilará después de 56 años de profesión

Núria Riu

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Francisco Gallinat está a punto de jubilarse, después de haber cumplido los 75 años. Lo hará el próximo 19 de diciembre. FOTO: Pere Ferré

Francisco Gallinat está a punto de jubilarse, después de haber cumplido los 75 años. Lo hará el próximo 19 de diciembre. FOTO: Pere Ferré

Francisco Gallinat Samà tiene marcado en el calendario la fecha del 19 de diciembre. Se levantará por la mañana para ir a trabajar y a la una del mediodía girará por última vez después de 56 años el cartel de la puerta en el que pone ‘cerrado’. «Hace tres años que decía que me jubilaba, pero ahora ya sí. Ha llegado el día», asegura. 

Gallinat es el barbero de la Rambla Vella. De hecho, es de los últimos profesionales que quedan en la ciudad «como los de antes», aquellos que hasta hace muy poco aún afeitaban a navaja y se despedían de sus clientes con el olor de masaje Williams de toda la vida. Ha cumplido los 75 años. Sin embargo, se mueve con una energía y una vitalidad que aún le permitirían seguir al pie del cañón durante muchos años. «Supongo que es porque siempre he sido de constitución delgada y esto tendrá algo que ver, porque a pesar de pasarme todo el día de pie no me han dolido nunca las piernas», indica.

Gallinat se inició como aprendiz en el oficio a los 14 años, en Fraga. Un vecino suyo tenía una barbería y le ofreció la posibilidad. «Podría haber sido mecánico o cualquier otra cosa, pero aquí estoy», explica. A los diecisiete años se fue a vivir a Lleida, donde empezó a trabajar en una peluquería. «Supuso dar un salto, porque yo venía de un pueblo», indica. Y un fin de semana se fue a visitar a la familia y su vida dio otro salto. En este caso inesperado. «Vino el jefe de esta peluquería, porque su señora tenía familia en Fraga, y me dijeron que buscaban a un dependiente». Así que recogió los bártulos y llegó a Tarragona. «Me enamoré enseguida de la ciudad. Era como el día y la noche. Había turistas, mar, playa...», sigue explicando.

Tenía 19 años cuando entró primera en el número 21 de la Rambla Vella. La fachada era la misma: la puerta azul con los paneles de color blanco y el cartel con las letras de Barberia de color rojo. «Son los colores de las barberías. No me preguntes el por qué, pero si ahora te fijas incluso en las más modernas los tienen», manifiesta. El interior tampoco ha vivido grandes cambios. Un largo tocador que prácticamente llega de punta a punta de la pared, tres espejos y dos sillones de los de toda la vida. 

Durante esta larga trayectoria, Gallinat ha hecho algunos cambios en el local, pocos, y se ha mantenido fiel a las herramientas que le han acompañado durante todos estos años. «Lo más moderno es la tele. Me gusta que cuando uno entre tenga esta sensación de una barbería de las de toda la vida», indica. En el trasfondo de sus palabras hay un cierto aire de romanticismo hacia la profesión, según él mismo reconoce. «Me gusta mi trabajo. A lo mejor es el trato con la gente o que estás trabajando tan cerca del cliente que se establece una confianza», defiende. En la mayoría de los casos esta se ha forjado durante muchos años, cuando este profesional aún afeitaba con la navaja. Y cuando tu pellejo está en manos de un hombre armado, siempre es mejor confiar en una persona que genera seguridad.

Gallinat lamenta que, con el cierre del negocio, deja atrás a una «pequeña familia». Son los clientes que durante todos estos años le han acompañado. Algunos los conoció cuando llegaron de la mano de sus padres, otros le han venido más tarde, cuando la moda hipster le ha traído a una nueva generación de jóvenes interesados en el aspecto de su barba. En todo caso, en la barbería de la Rambla Vella todos ellos se han encontrado con un hombre discreto, de los que prefieren escuchar. «Lo que se habla en la Barberia se queda en estas cuatro paredes», argumenta. Muchas veces le ha tocado hacer de psicólogo y escuchar los problemas y los secretos familiares de sus clientes, unas confesiones que los buenos profesionales no comparten.

La Barberia de la Rambla Vella pasará a la historia y no se sabe qué pasará con el local. Lo más probable es que al menos durante algún tiempo vaya deteriorándose y acumulando polvo, como la mayoría de los negocios que han cerrado en los últimos tiempos en la ciudad. Detrás quedarán miles de anécdotas y de historias vividas. Francisco Gallinat asegura que quiere aprovechar la nueva etapa para disfrutar con su mujer y salir a caminar. Durante estos casi sesenta años no ha podido hacerlo todo lo que le habría gustado. «Siempre he estado trabajando. Antes, había sábados que salía de aquí a las diez de la noche y el domingo descansabas para volver a empezar la semana», reconoce. El trabajo ha sido su hobby y su pasión. Ahora, Francisco Gallinat Samà podrá dedicarse a los suyos, aunque está claro que lo que más echará en falta son las horas y horas de conversaciones con las tijeras en la mano. 

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