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El barrio triste

El barrio del Port, en Tarragona, se encuentra en decadencia. Los vecinos lamentan el cierre de comercios y aseguran que ir por la calle Real de noche "da miedo"

Xavier Fernández

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La calle Real tiene numerosos locales vacíos

La calle Real tiene numerosos locales vacíos

En su día, el del Port fue un barrio muy tranquilo, muy guapo. Podías estar en la calle, sentarte de noche en la acera, era un barrio muy familiar. Pero comenzaron a trasladarse aquí los locales de alterne que se iban de la Part Alta y empezó a haber jaleos y problemas. Más tarde, cuando se construyó el Port Esportiu, esto era una zona de paso y se concentraron muchos bares musicales. No había quien durmiese. Ahora el barrio se ha quedado muerto. Hemos pasado de un exceso de ruido a no tener nada». Es el resumen que traza Rosa Puig, presidenta de la asociación de vecinos, y que comparten los habitantes y comerciantes de la zona.

La presidenta de la Asociación de Vecinos del Port, Rosa Puig. Foto: Lluís Milian
La presidenta de la asociación de vecinos, Rosa Puig, ante un solar que quiere habilitar para actos lúdicos.

Rosa lleva casi seis décadas en el barrio. Se enorgullece del mismo y no para de repetir que los vecinos tienen ganas de revitalizarlo, que cuando se celebran las fiestas, la gente se echa a la calle y que su asociación crece en número de miembros, lo que refleja que los vecinos tienen ganas de hacer cosas. Pero esas ganas se enfrentan con la dura realidad: el barrio está en decadencia. 

Pasear por la calle Real acongoja. Hay numerosos locales vacíos y algunos edificios están en un pésimo estado. Eso sí, se han construido nuevos inmuebles que han atraído a familias jóvenes con niños. Pero este incremento demográfico no se ha visto reflejado apenas en la apertura de nuevos comercios. Los que sobreviven resisten contra viento y marea. 

Entre los establecimientos nuevos está la Farmacia Boronat. Se trasladó desde el Serrallo hace tres años. Su responsable, Jordi Boronat, destaca que la relación con los clientes «es muy cercana, familiar, distinta a la de una farmacia del centro que tenga muchos clientes de paso. Ha venido al barrio mucha gente joven. El colegio da mucho movimiento».

Jordi Boronat atiende a una vecina. Foto: Lluís Milian
Jordi Boronat atiende a una vecina del barrrio. La farmacia lleva en la calle Real tres años.


Incivismo y suciedad

Boronat se refiere al Col·legi El Carme. Una vecina valora que «la escuela y la playa están muy cerca y que los vecinos son los de toda la vida», pero critica el incivismo que atribuye a los «que acaban de llegar». «Ponen cosas y duran nada y menos. Hay destrozos, cosas rotas, pintadas», lamenta.

Una amiga añade en la parte negativa «la suciedad y la falta de luz en algunas calles. Por ejemplo la calle Lleó está destrozada». Aún así, cree que «el barrio ha ido mejorando. Nos han facilitado subir al centro gracias a las escaleras mecánicas. Lo mejor del barrio es su gente». Ninguna de las dos quiere revelar su nombre.

En la misma acera que la farmacia está Matoga, una tienda especializada en materiales de pintura. Uno de sus dependientes, José Vicente Lorca, es contundente: «Lo de este barrio es complicado. No hay alegría. No hay comercio. La mitad de las tiendas están cerradas. No fomentan el comercio. Todo se concentra en la Rambla y la Part Alta». 

Según Lorca, la crisis ha contribuido a la situación, pero ante todo el problema es el cambio de hábitos: «Las grandes superficies se lo han comido todo. Vas un sábado a Les Gavarres y no puedes entrar, mientras que aquí está vacío. La gente debería estar e ir a comprar a Tarragona, no a Les Gavarres».

Marc Cervera, también empleado en Matoga, sostiene que «es un barrio un poco decadente. Va a peor, no a mejor. Antes había más vida. Hay mucha gente incívica que no recoge los excrementos de sus perros». 

La EOI está situda en la Plaça dels Carros. Foto: Lluís Milian

«El barrio da pena –interviene Rosa Puig– pero lo queremos  levantar. Ahora mismo no me atrevo a ir al Serrallo por la noche. La calle Real está solitaria».
También ve negra la situación  Cristóbal Luceño, propietario de la zapatería de la calle Real. «Quería comprar una tienda, no alquilar, en Tarragona, y no encontré otra. Es la peor compra que he hecho en mi vida. No da para nada. Si ahora vendiese el local, perdería la mitad de lo que me costó. Los nuevos locales no se venden y ha cerrado mucho comercio. Pasan muchos coches, pero pocas  personas a pie», se queja.

Fernando Fernández y Cristóbal Luceño. Foto: Lluís Milian

Sigue Luceño: «Pensé que era un buen sitio. Estamos justo enfrente de la parada de autobús y muy cerca del colegio, pero no, no se vende nada».
El empleado de la tienda, Fernando Fernández, piensa que «este es un barrio triste porque el pequeño comercio se está yendo debido a que no hay actividad. Todos esos locales –señala al otro lado de la calle– están vacíos».

Pepe Martín lleva 38 años en Neumáticos Sevil, uno de los varios talleres del barrio. «El barrio ha cambiado a mejor porque hay nuevos edificios, pero hay muchos locales vacíos. Tendría que haber más movimiento. Antes estaba la empresa De Muller, que le daba más vida», dice.

Pepe Martín lleva 38 años en Neumáticos Sevil. Foto: Lluís Milian

Martín alude a la época de esplendor del barrio, cuando aún seguían en funcionamiento las empresas de vinos y licores. Su cierre marcó la decadencia de la zona, como apunta José María Santiago, presidente de la Cofradía del Cristo del Buen Amor y Nuestra Señora de la Amargura con San Juan Evangelista, conocida en el mundillo de la Semana Santa tarraconense como «los andaluces». La entidad tiene su sede en la pequeña  iglesia de San Nicolás de Bari, en la calle Pau del Protectorat.

«Después de trabajar en este barrio durante más de cincuenta años los cambios que se han producido son espectaculares. La decadencia empezó al desaparecer las bodegas de vinos y los consignatarios de buques y toda la actividad que generaban dichas empresas», explica Santiago, que dirige una imprenta en el barrio.

Católicos, evangélicos...

Santiago recuerda que «desde la Cofradía del Cristo del Buen Amor siempre hemos estado ligados al barrio para enaltecerlo. El punto culminante fue en 2016 con la incorporación de la nueva procesión en la Semana Santa de Tarragona por el barrio».

La del Cristo del Buen Amor no es la única entidad religiosa con presencia en el barrio. También hay una iglesia evangélica, otra de los Testigos de Jehová, una sala de oración musulmana y la entidad ‘Asociación Manantial de Vida y Esperanza’, que reparte ropa a gente sin recursos.

Todas las entidades intentan integrarse en el barrio. «Desde hace más de veinte años, la iglesia de San Nicolás de Bari está abierta todos los miércoles del año de 5 a 7 de la tarde, para veneración y culto de todos los feligreses del barrio. Nos visitan muchísimas personas que se desplazan desde diferentes zonas. Con esta apertura semanal motivamos a los tarraconenses a  ‘bajar al barrio del Port’».

El barrio también cuenta con una galería de arte, el único sex shop de la ciudad, diversas salas de baile, dos casas regionales –la de Andalucía y la de Aragón–, dos collas de carnaval, la sociedad deportiva de pesca con caña... Y con la sede de un partido, Esquerra Republicana.

El portavoz del partido en el Ayuntamiento de Tarragona, Pau Ricomà, sostiene que «el aspecto más negativo que afecta al viejo barrio de La Marina –como se llamaba originariamente– es la pérdida de calidad de la zona, fruto de la dejadez de los últimos gobiernos de la ciudad. Es urgente la revitalización urbanística y comercial del barrio. La Plaça dels Infants y la de los Carros deben recuperar su personalidad para convertirse en puntos neurálgicos de convivencia».

Para el político republicano, «el aspecto más positivo del barrio es la persistencia de los vecinos y su espíritu de pertenencia. Las posibilidades de recuperación se multiplican si hay una ciudadanía implicada en impulsar la actividad del barrio y convencida de su potencial, pero es imprescindible la actuación de las administraciones. Por eso en el programa electoral de ERC apostamos por la declaración de Àrea de Conservació i Rehabilitació».

Cada tarde de buen tiempo, numerosos vecinos se concentran con sus hijos a la salida del colegio en el pequeño parque infantil de la Plaça dels Infants, recientemente remodelado. «Ahora lo han arreglado y hay mucha gente –comenta Conxi–, pero antes no se podía estar. Salían los niños del colegio y las madres decían ‘vamos al parque sucio’. La suciedad es lo que me gusta menos del barrio». 

La proximidad del Serrallo y su polideportivo es un punto a favor: «No estás en el centro de Tarragona, pero sí cerca –presume Conxi–. Tener al lado el Serrallo está muy bien. En cinco minutos llegas y desconectas. Es como estar en su submundo». «Es un barrio tranquilo –apostilla su hermano, Pep–. Y además tiene la piscina muy cerca».

Conxi y su hermano Pep, con el pequeño Roc. Foto: Lluís Milian

Un grupo de vecinos está tranquilamente sentado en una terraza mientras vigilan a sus niños. «Hay suciedad y poca vigilancia. Nos tienen abandonados en todos los sentidos», critica Tecla Vallvé. «Por la noche, la calle Real da miedo. Falta iluminación, pero ahora nos han arreglado el parque y en el barrio están haciendo cosas», dice Eva Caparrós. «El barrio está muy dejado. Que el alcalde se acuerde también de los pobres, que sólo piensa en los de arriba. Hay demasiada ayuda social para algunos, para los que estropean el barrio», se suma a las críticas José Antonio Gallego. «Sí, sí, falta vigilancia», interviene Geni Tules. «¿Vigilancia? Esa es la que hay», interrumpe José Antonio mientras señala a un coche de Aparcaments Municipals. 

A la derecha, Tecla Vallvé, José Antonio Gallego, Geni Tules y Eva Caparrós. Foto: Lluís Milian

Quienes están felices en el barrio son Faisal Shahzad e Imtiaz Ahmed, dos ciudadanos paquistaníes que regentan la frutería Superfruit y residen en la zona. «La gente es muy simpática y agradable. Son buenos clientes. Estamos muy a gusto en el barrio», aseguran.

Faisal Shahazad, en Superfruit. Foto: Lluís Milian

Faisal eImtiaz llegaron al barrio hace unos seis años. Cinta Tutusaus, Rosario Mas, Maria del Carme Benito, Antonia del Águila y Paquita Mercadé llevan toda la vida. Cada tarde se acercan al local de la asociación de vecinos para hacer diversas actividades y manualidades. 

Las cinco mujeres reclaman que se abran más comercios y que se mejore la iluminación. Coinciden en que no pueden sentarse en la Plaça dels Carros porque los niños juegan a la pelota y «no nos respetan».

Cinta Tutusaus, Rosario Mas, Maria del Carmen Benito, Antonia del Águila y Paquita Mercadé. Foto: Lluís Milian

La presidenta de la entidad vecinal, Rosa Puig, denuncia los problemas de delincuencia y la presencia de indigentes en la plaza, las obras nocturnas en la estación de tren, la falta de un local para la gente mayor, que no haya apenas terrazas de bares... Pese a todo lanza un mensaje positivo: «Queremos poner en marcha el barrio, que recupere lo que antiguamente era».

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