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El bocata interminable

El bar Cortijo, de la calle Rebolledo, reparte en cuatro horas 150 raciones entre su clientela para reivindicar la importancia de la comida tradicional, donde el pan artesano es una pieza intocable
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Los hermanos Santos y Luis Masegosa ?con el panadero Jordi Andreu enmedio? y Ángeles Borràs.  Foto: Lluís Milián

Los hermanos Santos y Luis Masegosa ?con el panadero Jordi Andreu enmedio? y Ángeles Borràs. Foto: Lluís Milián

A don Francisco de Quevedo le hubiera inspirado, casi con toda seguridad, el bocata interminable que ayer se zamparon entre pecho y espalda muchos tarraconenses en el bar Cortijo. El poeta madrileño podría haber compuesto versos cargados de ironía con las barras de pan infinitas que llegaron a punta de día a la calle Rebolledo cual peana de Semana Santa.

Las cuatro barras entraron a hombros en el Cortijo: tres de tres metros de longitud y una de dos para sumar 1.100 centímetros de pan de verdad. Todas las barras de fabricación manual, con el reposo paciente que necesita la masa antes de hornear. Este trabajo de orfebrería fue obra de Jordi Andreu, el panadero artesano de la calle Lleida, que pasó parte de la madrugada del sábado confeccionando unas barras imposibles de maniobrar en su horno de piedra.

Las cuatro barras de pan (que nadie busque un mensaje político en un evento de gastronomía popular) entraron en la cocina maniobrando por la puerta. Los hermanos Santos y Luís Masegosa, propietarios del Cortijo y currantes desde la pubertad, empezaron a abrirlo por la mitad con la precisión de un cirujano bajo la atenta mirada de Ángeles Borràs, la cocinera que ya tenía preparados peroles, boles y cazuelas con los diferentes ingredientes.

Los cuatro: Santos, Luís, Jordi y Ángeles empezaron a rellenar las longevas barras de pan. Hubo ternera guisada con vermut, queso feta y mostaza cortijera; hubo paté con cebolla caramelizada y mermelada; y hubo bocata de tomate raf, escarola, mayonesa de limón con tortilla de atún. ¡Todo para chuparse los dedos!

Si las barras entraban solemnes, a hombros, poco después de las seis de la mañana en el Cortijo. El bocata salía relleno y diseccionado en 150 trozos clonados poco antes de las nueve de la mañana, hora de apertura del local.

Fuera, en la calle, los primeros clientes salivaban con el aroma. Seis euros a cambio de tres bocatas generosos en tamaño y la bebida se pagaba aparte. La ganga culinaria no tardó en engullirse gaznate abajo de los clientes, que en cuatro horas, entre cháchara y risas, comían golosos semejante manjar elaborado en las cocinas del Cortijo.

La iniciativa no era novedosa. El año pasado, por las mismas fechas, otro bocadillo –dos metros más corto que el de este año– salía hasta la barra del bar a presumir de tipazo. Y al igual que este año, no quedaron ni las migas en el suelo. Se volatizó entre los amantes del buen comer, los clientes habituales y los que entraron en el facebook de este local.

Santos Masegosa explicaba ayer, con una sonrisa indisimulada en su rostro, que «la jornada tiene un fondo reivindicativo: dar protagonismo al pan artesano y al bocadillo tan nuestro en la dieta». Al restaurador no le falta razón. Con su amigo y proveedor Jordi Andreu habían hablado en el pasado de hacer una jornada dedicada al pan de verdad, al que elabora el maestro artesano en su horno y que compite en desigualdad de condiciones con el pan industrial que se vende en cualquier parte.

De aquella charla entre Santos y Jordi salió la semilla de este bocata interminable que a pesar de las demandas de hacerlo cada mes, seguirá con su calendario anual marcado.

A la una de la tarde, el bocata de 11 metros y tres sabores ya era historia. La normalidad volvía en el Cortijo y quizá Quevedo, en caso de haber estado, se estaría relamiendo los bigotes.

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