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El calor aprieta ...y ahoga

Ni la ducha lo aplaca; cuando sales del chorro vuelves a sudar

Álex Saldaña

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Las fuentes de Salou, un recurso muy socorrido para huir del calor. Foto: Pere Ferré

Las fuentes de Salou, un recurso muy socorrido para huir del calor. Foto: Pere Ferré

Calor. Hace calor. Mucho calor. Demasiado calor. Tanto, que es insoportable. Calor y humedad. Terrible combinación que está consiguiendo que este verano la canícula no sólo apriete, sino que también ahogue. Así, Tarragona, que tradicionalmente vende la bondad de su clima templado durante todo el año como uno de sus grandes atractivos, se ha tornado una sucursal del infierno. Y es que caminar por las calles durante el día es una actividad de alto riesgo –sobre todo si uno pasa al lado de una isla de contenedores de basura, con su inaguantable hedor– y conseguir dormir por la noche, un milagro. Pareciera que sólo están a gusto las siiempre desagradables cucarachas, que, pese a los esfuerzos del Ayuntamiento por eliminarlas, han vuelto a adueñarse de las aceras. Ni siquiera la socorrida ducha es un recurso válido: apenas abandonas el chorro vuelves a sudar. 

El tema está en todas las bocas, en todas las conversaciones. Lo comentan las vecinas cuando se cruzan en el ascensor o en el portal; se quejan los niños, que han dejado de correr y saltar para desplazarse cansinamente y arrastrando los pies; hablan de ello esos cuatro amigos que cada día se sientan en la misma mesa del mismo bar y que acostumbran a diseccionar la actualidad –hoy incluso han dedicado más tiempo al calor que a la marcha de Neymar–…

Las casas son un horno donde es imposible estar. Así, la playa surge como un oasis. Siempre, claro está, que no ondee la bandera roja. Y, ante la dificultad que supone encontrar un aparcamiento en las calas de Tarragona, lo más recomendable parece ser ir en autobús. Al menos, así lo piensa mucha gente, a tenor de lo concurrida que está la parada. Todos los que aguardan la llegada del bus van en traje de baño. Un hombre carga con dos hamacas y una sombrilla, mientras su mujer lleva un gran bolso del que sobresale la esquina de una toalla. A su lado, otro matrimonio, éste más preparado: al bolso con las toallas, las hamacas y la sombrilla suman una nevera. «Para el agua y un par de cervecitas, que en el chiringuito están muy caras», dice el hombre a modo de explicación. Cierra la fila un grupo de adolescentes con un gran flotador en forma de flamenco. De sus divertidos comentarios se desprende que se han dejado una buena parte de los pulmones soplando para inflar el pajarraco. Por eso su cara se transforma en una mueca dramática, casi trágica, cuando el conductor les advierte de que ese trasto no cabe en el autobús y que deberían deshincharlo. Casi se ponen a llorar. Al final, el chófer se compadece de ellos y les abre la puerta del medio para que metan el artilugio  por allí. Y, pasado el susto, todos a la playa.

Pero no es este el único refugio para escapar de tan agobiante calor. Me comenta una trabajadora de El Corte Inglés que estos días esta gran superficie comercial está mucho más concurrida que de costumbre. También la dueña de una tienda de Parc Central me asegura que hay mucha más gente en el centro comercial. No –me aclaran ambas–, no es que haya habido una epidemia compradora compulsiva que ha empujado a los tarraconenses a consumir de forma desenfrenada; de hecho, me subraya la comerciante de Parc Central, «no se vende más, a pesar de que estamos en rebajas». Claro, la mayor afluencia de gente a estos comercios tiene mucho que ver con su aire acondicionado. «Sí, es evidente –confirma la trabajadora de El Corte Inglés–. Les ves pasear tranquilamente, suben a una planta, luego a otra, pero no muestran el mínimo interés por los artículos que se venden. Vienen para estar más frescos. Y resulta fácil comprenderles».

Sí, el aire acondicionado, a pesar de que un amigo médico me comenta que ya tratan en verano tantos resfriados como en invierno por este motivo, compite en estos días de insoportable canícula con la rueda como el mejor invento en la historia de la humanidad. Tanto, que incluso conozco a personas que han llegado a decir en voz alta lo que jamás hubieran llegado a pensar: «Uf, qué bien llegar al trabajo. Aquí al menos se está fresquito». Me temo que este calor tan agobiante está afectando seriamente nuestras neuronas. 

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