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El calor no puede con la tradición

Estudiantes y entidades son los dos perfiles que se encuentran en las calles de la ciudad. Los primeros quieren financiarse el viaje de fin de curso y los segundos, un proyecto para la entidad

Carlos Domènech Goñi

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Los alumnos del IES Tarragona incluyeron, en su parada, dos sofás para poder descansar durante la venta. FOTO: PERE FERRé

Los alumnos del IES Tarragona incluyeron, en su parada, dos sofás para poder descansar durante la venta. FOTO: PERE FERRé

Hace años que la castañada no se vive con abrigos ni bufandas. De todos es sabido que las temperaturas, cuando llega el 31 de octubre, siguen siendo agradables. Este factor podría afectar perfectamente a los vendedores de castañas que se sitúan, en los días previos a la celebración, en distintos puntos de la ciudad. Sin embargo, la mayoría coincide en lo siguen: el calor afecta, pero las castañas se siguen vendiendo. Por tanto, la tradición aguanta el cambio climático.

Los paradistas que se ubican en las calles tienen, básicamente, dos perfiles: estudiantes que intentan pagarse el viaje de fin de curso, o bien miembros de entidades que buscan financiación para algún proyecto. En el primer caso, por ejemplo, se encuentran alumnos del IES Tarragona, del Institut Pons d’Icart, del Institut Martí i Franquès... Y en cuanto a los segundos, hay paradas del Agrupament Escolta Alverna, de la Cucafera, de la Colla de Diables Foc i Gresca, de la batucada Engrescats...

Todas las paradas han tenido que pedir una licencia al Ayuntamiento, que les permite vender castañas en la vía pública. Según comentaba un miembro de los Diables Foc i Gresca, «cada año se suman más paradas. Los habituales son los estudiantes, pero cada vez más entidades quieren una licencia para vender castañas y así ganar un dinero extra».

Precisamente los miembros de Foc y Gresca son los más veteranos de las calles de Tarragona. Llevan 8 años en el mismo punto, al lado de la estatua de los Despullats, delante de Hacienda. «Tenemos ventaja porque ya sabemos cómo vender, cómo cocinar las castañas y cómo organizarnos», expresaban. Algo que tienen más difícil los estudiantes, ya que cambian año a año. En cuanto al dinero que ganan, aseguraban que «los beneficios nos ayudan a pagar seguros y material para nuestras salidas», y que este año «las ventas han ido mejor que el pasado».

El cambio generacional también lo sufren los miembros del Agrupament Escolta Alverna. «Este año nos ha tocado venir a vender a la generación del 1999-2000», expresaba Maria. Su objetivo es conseguir dinero para un proyecto todavía por determinar. A la pregunta de si los compañeros de otros años les habían dado algún consejo, ambas contaban que «para nada. Nos dejan aquí y nosotros tenemos que espabilarnos».

Otra de las entidades que vende castañas durante estos días es la Cucafera. «Nos está costando vender más que el año pasado. Quizá uno de los motivos es que la gente ha aprovechado el puente y se ha marchado, aunque el calor también ha influido», comentaba Aleix, miembro de la entidad. El año pasado, los beneficios se destinaron a renovar la Cucafera, que ha cumplido 25 años. Para esta edición, las ganancias se dirigirán a la renovación de su hermana pequeña, que cumple 15 años.

Más allá de las entidades, la mayoría de paradas las forman estudiantes de los distintos institutos de la ciudad. Todos ellos venden castañas por primera vez para poder financiarse el viaje de fin de curso. Grecia, Berlín, País Vasco o las Canarias son algunos de los destinos deseados.

Los estudiantes de segundo de bachillerato del Institut Pons d’Icart desean pagarse el viaje a la capital de Alemania. «Llevamos aquí desde el martes y hemos conseguido unos 400€», explicaba una de las estudiantes. Se repartirán el dinero entre todos aquellos que aporten su granito de arena para vender.

El mismo procedimiento lo realizarán los alumnos de cuarto de la ESO del IES Tarragona. Ellos todavía no tienen claro a dónde quieren marcharse, pero van haciendo caja. Han tenido unas ventas irregulares: «Un día hicimos 25 euros, otro 140... Somos un poco desastres», expresaban entre risas. Estaban situados en la Font del Centenari, con dos mesas, un bidón para cocinar y dos grandes sofás para sentarse: «Los hemos encontrado en el contenedor y le dan glamour a la parada», explicaban.

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