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El carismático Taller l’Òliba de Tarragona, a punto de plegar velas

Rincón emblemático de la Part Alta. Espacio de creación de la ceramista Maravilla Sáez en la calle Portella, y punto de encuentro de artistas, se prepara para echar el cierre

M. VICTÒRIA BERTRAN

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Maravilla Sáez, en su taller de la calle Portella, con sus cerámicas y esculturas. FOTO: M. VICTÒRIA BERTRAN

Maravilla Sáez, en su taller de la calle Portella, con sus cerámicas y esculturas. FOTO: M. VICTÒRIA BERTRAN

Cuando Maravilla Sáez abrió por primera vez las puertas del Taller l’Òliba en Tarragona, «todavía pasaba algún carro por la calle Portella». Lo recuerda ahora la original ceramista de la Part Alta al echar la vista atrás para argumentar por qué ha decidido bajar la persiana de este emblemático rincón de la ciudad que acoge una colección variopinta de figuras únicas, llenas de poesía y tradición, enigmáticas y magnéticas, que deberán encontrar en muy pocos días quien las adopte.

Porque sí, aunque a ratos parezca que va de farol, que la podríamos convencer, que Maravilla quizás todavía se lo podría repensar cuando empieza a desgranar tantos buenos momentos pasados en este espacio de creación, la decisión está tomada. Y será una realidad cuando la artista haya podido recolocar en su propia casa las últimas piezas que van quedando en las estanterías. Hace unos días que ha empezado a correr la voz entre amigos, conocidos y vecinos, y son muchas las personas que se han acercado al taller para comprarle alguno de sus dragones, alguna de sus jarras antropomórficas de inspiración fenicia, alguno de sus murales, alguno de sus objets trouvés hilarantes e intrigantes, alguno de sus móviles oníricos, alguna de sus esculturas. «Cada escultura es irrepetible, como un chispazo de neurona», me decía en una entrevista concedida al Diari en 2016.

Porque Maravilla se expresa así. Así como crea. Entrar en su taller es hacer un viaje a un mundo muy particular y a un estilo inconfundible e inimitable. Al cruzar la puerta hay que estar dispuesto a dejar caer el ancla en las profundidades de un universo marino, de un mar homérico, diríamos, porque todos los mitos caben en él y están presentes en las paredes y las estanterías. Y te observan, y hasta te hablan: «Mis piezas son como un jeroglífico abierto a la interpretación del otro».

Las restricciones de movilidad implantadas a causa de la pandemia han acabado de empujar a Maravilla a dejar el taller que ha sido también todos estos años espacio de acogida y punto de encuentro de músicos y poetas, además de paseantes y hasta vagabundos que decían ser caballeros. De ahí lo de «carismático taller». Así lo denomina la propia Maravilla en Facebook, aunque una enseguida se da cuenta de que la carismática es ella. Hay muchas conversaciones, muchas historias de humo y humor en estas cuatro paredes, por no hablar del piso de arriba donde tiene su propio horno y cuece el puré de la Pachamama transformado por su imaginación desbordante.

Desde marzo de 2020 ha pasado muy poca gente por aquí, mientras que el alquiler del local no falla y cada mes, rigurosamente, da un bocado a la cuenta corriente. «Si vas sumando, es una pasta», dice. Artista, pero con los pies en el suelo. La decepcionante nueva normalidad es eso, decepcionante, y ni los turistas ni los autóctonos andan con esa alegría prepandémica –qué felices éramos, y no lo sabíamos– en busca de esa pieza ultrasouvenir que puede inspirar y dar vida a cualquier espacio.

La parte mística y ascética de la creación, que Maravilla entiende como un acto de amor, la va a seguir experimentando, porque esta licenciada en Historia del Arte, que aprendió a usar el torno en el también histórico Taller de l’Abat de Tarragona y se matriculó en la Escola d’Art de la Diputació, no piensa dejar de honrar con la práctica el legado prometeico. Lo hará en su casa, y estudia acabar de vender las piezas de la calle Portella a través de internet. Pero esa será una nueva aventura. Lo que está claro es que la persiana del Taller l’Òliba está a punto de bajar definitivamente y hay que encontrar a quienes quieran adoptar a las criaturas arquetípicas que aún lo pueblan. Tendrá que ser, eso sí, «gente pacífica y civilizada que en cierta manera se comprometan a cuidarlas». Tengan en cuenta una cosa si se acercan con esta intención a la calle Portella. Habrá piezas que Maravilla se negará a venderles. Como el Sant Jordi atrapado en una trampa que es una ratonera que le regaló un albañil que una vez fue a arreglarle una inundación. O la Atenea de les Deixalleries, creada con piezas encontradas en la basura o tiradas en medio de la calle. O el mural del Horóscopo prêt-à-porter. Pero aunque no se los puedan llevar a su casa, vayan a verlos y jueguen a descifrar el jeroglífico que propone esta hacedora de criaturas que van del sueño al barro, y del barro a la vida. Procuren visitar este espacio de la ciudad que, como otros tantos, va a desaparecer para siempre. Historia de Tarragona, testigo de una Part Alta que ya casi no existe. Nada va a ser igual. Quizás porque como en la danza continua del agua, tierra, aire y fuego de este oficio alquímico, todo es pura transformación. Mito, rito y eterno retorno. Vuela, òliba sabia. Tarraco quanta fuit...

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