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El club de las pintoras supervivientes

Parecen sólo un grupo de mujeres pintando, pero están librando una batalla brutal

Norián Muñoz

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Una de las participantes en el taller. Aquí se pinta con las manos. FOTO: Alfredo González

Una de las participantes en el taller. Aquí se pinta con las manos. FOTO: Alfredo González

«Piensas que es imposible, que nunca vas a salir de allí... Pero sales», cuenta Inma, que acaba de celebrar sus 40 años. Lo hace mientras pinta su nombre en letras bien grandes con un verde vibrante. Los trazos parecen los de una niña, pero es que aquí se pinta con los dedos de la mano que no es la dominante. Luego nos explicarían que la cosa no es que sea bonito, sino que sea sincero.
Ella es una de las mujeres que han sufrido violencia de género y que ahora se encuentran cada semana en el taller que dirige la pintora Yvonne Fuster en Creu Roja de Tarragona.

«Aquí no venimos a regodearnos en el victimismo, sino a cuestionarnos», suelta Fuster. La cosa no es quitar la responsabilidad a los agresores, faltaría más, sino descubrir lo que ha permitido que ellas se convirtieran en víctimas para que no vuelvan a serlo nunca más. Ella es de las que consideran que «la etiqueta de víctima es anterior al maltrato».

Ser ‘una maltratable’
Cuenta Fuster que todo comenzó con su trabajo como asesora plástica en escuelas. Allí cada niño hacía un proyecto artístico que era la excusa para hablar de sus sentimientos. A partir de allí llegaron a salir asuntos graves, como deseos de suicidio en niños de primaria. Pero surgió, sobre todo, comprensión mutua, «ver cómo en el fondo la pija de clase y el gamberro descubrieron que estaban buscando la misma aceptación no tuvo precio... Y terminaron dándose un abrazo», relata.

Después de esa experiencia a Fuster le propusieron montar este taller para víctimas de violencia de género. Para prepararlo decidió realizar, ella misma, los ejercicios que iba a proponer. «Y fue cuando me descubrí a mí misma como una mujer maltratada y maltratable. Es un shock cuando ves que eres la primera que te maltratas», cuenta.

Así fue como arrancó el taller el año pasado. Desde entonces las paredes de la sala donde se reúnen han escuchado los detalles más horribles del maltrato porque aquí esa es una de las ventajas, dicen, que se pueden contar las cosas que no le dirías a tu madre, a tu hermana o, incluso, a tus amigas.

Todo comienza pintando el nombre de cada una, tal como acabamos de experimentar en la sesión. Unas lo ponen en pequeño, en un lado; otras, acompañado de un corazón... Pero en estas cartulinas pasan luego un montón de cosas, como cuando toca pintar el poder o el  miedo.
Paredes que oyen mucho

Y mientras se pinta, se habla. Se habla mucho, como cuenta Florina, rumana que vino escapando de un matrimonio de 19 años y se encontró aquí con una relación con un hombre «que me prometía que me haría feliz y tonterías de esas» pero terminó con amenazas, intentos de hacerle daño y una denuncia en la policía. 

Ahora que está recuperada se siente bien viniendo porque siente que puede ayudar a otras que están al principio del camino: «Hay que pedir ayuda, tener coraje», defiende.
Inma, por su parte, ahora es voluntaria en el acompañamiento a otras víctimas. Su abogada la llama para que esté con ellas en los juicios rápidos. «Lo hago porque yo lo pasé muy mal; en el mismo pasillo estaba mi agresor y su familia».

Las dejamos pintando (algunas no tocaban pinturas desde la escuela) a sabiendas de que en sus cuadros todavía quedan muchas cosas por pasar.

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