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El daño colateral de la pandemia: retrasos en la atención de infartos e ictus

Médicos de Tarragona alertan de cómo el miedo al virus hace que los pacientes tarden más en acudir al hospital, lo que agrava cuadros de ictus o infarto o retrasa la detección oncológica

Raúl Cosano

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El Joan XXIII alerta de pacientes que no acuden rápido. FOTO: P.F

El Joan XXIII alerta de pacientes que no acuden rápido. FOTO: P.F

Infartos que llegan más tarde y más graves

«En los meses de marzo, abril y mayo hubo una bajada de la actividad urgente cardiológica, en España y también aquí en Tarragona, principalmente de pacientes más agudos en los códigos infarto y en urgencias cardiológicas», explica el doctor Alfredo Bardají, jefe de cardiología del Hospital Joan XXIII. 

En el centro tarraconense la bajada fue más moderada que en otros, pero llegó a oscilar entre el 20 y el 25% durante aquel periodo. La tesis principal de los profesionales es que personas con síntomas de infarto, en los momentos más duros del confinamiento, no acudieron al hospital. «En la nueva normalidad el código infarto se ha recuperado completamente, pero en verano hemos tenido un repunte, que no sabemos si es casual o transitorio, peor lo cierto es que tenemos una media de 42 infartos al mes. En julio fueron 52 y en agosto 59», explica Bardají. 

La repercusión de esa demora puede ser gravísima, porque el tiempo en esta emergencia es crucial. «Coincidió con que los pacientes llegaban con más retraso y más graves, con más complicaciones. El tiempo es importantísimo. Cualquier sujeto con un dolor torácico por una causa no traumática tiene que alertar llamando al 112. La población debe saber que tiene que correr. Es importante que todo el mundo esté concienciado y actúe con rapidez, sobre todo si se vuelve a dar otro confinamiento similar», cuenta Bardají.

La Revista Española de Cardiología acaba de publicar el estudio ‘Impacto de la Covid-19 en el tratamiento del infarto agudo de miocardio con elevación del segmento ST. La experiencia española’. Se trata de un trabajo llevado a cabo por la Asociación de Cardiología Intervencionista de la Sociedad Española de Cardiología (SEC), que viene a completar los datos de un registro previo, publicado a finales de marzo, en el que se detectó una reducción del 40% en el tratamiento del infarto durante la primera semana de la pandemia, coincidiendo con la declaración del estado de alarma. «Los resultados indican que la Covid-19 ha tenido un tremendo impacto sobre la mortalidad aguda por infarto. En concreto, la mortalidad hospitalaria por esta causa prácticamente se ha doblado durante la pandemia», explica el doctor Oriol Rodríguez Leor, licenciado en la URV, y primer firmante del estudio.

Ictus con más riesgo de muerte y de secuelas duras

«Notamos una incidencia sobre todo en las urgencias del ictus. En marzo y abril hubo una disminución del número absoluto de casos y también un retraso entre el aviso al SEM de la persona afectada y la llegada al hospital, algo que puede ser debido también a la situación de pandemia», reconoce el doctor Xavier Ustrell, médico especialista en neurología en Joan XXIII y miembro de la Sociedad Española de Neurología. Una vez en el hospital ya no se produjeron retrasos, a pesar de la situación extrema que se vivía debido a la Covid-19 en aquellos momentos álgidos. «Mantuvimos la actividad de la unidad de ictus, pero es verdad que la asistencia se tensionó porque ayudamos a otras labores», cuenta Ustrell. 

En Tarragona ha habido un descenso de códigos ictus. FOTO: DT

Ese retraso inicial, como sucede con los infartos, puede tener consecuencias fatales para las enfermedades cerebrovasculares, que en Tarragona provocan más de 350 muertes al año, según el INE; de ahí la preocupación, sobre todo porque la reacción rápida es clave para salvar vidas. «El tiempo es importantísimo. Ser asistido con retraso aumenta el riesgo de mortalidad y hace que se hayan perdido opciones de tratamiento», explica Ustrell, que sostiene que pasado ese periodo de confinamiento, los avisos por ictus (así se conoce al infarto cerebral) se han ido normalizando, aunque de forma progresiva. «Creemos que hubo un número más reducido de activaciones, quizás por gente que tenía síntomas y que dudó en venir al hospital», cuenta Ustrell. 

A más tardanza, más complicadas y más duras son las secuelas que se pueden derivar del accidente cerebral. El miedo a acudir al hospital hizo que, al igual que ocurrió con los infartos, los médicos se vieran obligados a hacer un llamamiento a los pacientes para, ante el menor síntoma, no quedarse en sus casas. De ahí que la consigna sea emplazar a la población a no demorarse cuando perciba los síntomas del ictus: dolor de cabeza muy intenso, brusco y no habitual, trastorno repentino de la visión o de la sensibilidad sobre todo en un lado del cuerpo, o dificultades para hablar o para comprender lo que se dice. El Joan XXIII valora al año entre 350 y 400 pacientes derivados del código ictus. 

Retraso puntual en el diagnóstico del cáncer

Hay mucha patología oncológica que no la hemos podido visitar, que no se ha diagnosticado, porque las personas, aun teniendo síntomas, se quedaron en casa durante el confinamiento, y ahora hemos visto que eran cosas graves», reconoce Tani Francesch, médico especialista en geriatría y paliativos en el  Joan XXIII de Tarragona. 

La pandemia no ha afectado a las intervenciones urgentes de procesos oncológicos, que se mantuvieron incluso en la época más dura del abordaje del SARS-CoV-2, que obligó a la suspensión de una gran parte de la actividad sanitaria. 

«Teníamos menos citologías»

Algunas voces sí creen que ha habido una afectación en el diagnóstico de cáncer. «Es deducible que la gente, por estar confinada, esperaba al máximo antes de ir a urgencias o al médico de cabecera. La cirugía oncológica se hacía pero la previa muchas veces no y el diagnóstico se ralentizó», explica Emili Mayayo, director del Departament de Ciències Mèdiques Bàsiques, de la Facultat de Medicina i Ciències de la Salut de la URV. Mayayo pone un ejemplo: «Durante el confinamiento recuerdo que en Joan XXIII hacíamos menos citologías, que es la prueba para el diagnóstico de prontitud del cáncer de cérvix». 

Algunas voces alertan de retrasos en el diagnóstico. FOTO: P. F.

Son riesgos acumulados en los que unos meses pueden resultar decisivos. «Un cáncer no mata de un día para otro, como sí hace la Covid-19, por ejemplo, pero no es lo mismo uno en fase uno que cuatro, cuando tiene más posibilidad biológica de haber generado metástasis», dice Mayayo. Josep Gumà, director del Institut Oncològic Catalunya Sud, centralizado en el Hospital Sant Joan de Reus, cree que «puede haber algún tumor que haya tardado en diagnosticarse porque el paciente estaba encerrado en casa y no iba al médico». Gumà relativiza la incidencia pero recalca la importancia de un diagnóstico precoz: «Creo que no ha habido retrasos importantes, puede haber algún caso puntual. Eso sí, una demora de dos meses puede ser importante». 

La Sociedad Española de Oncología Médica ha alertado de un descenso del 30% de los diagnósticos, provocado no por un déficit en la atención sanitaria sino por la decisión del paciente con síntomas de no acudir a la consulta por miedo a un contagio.

Actuaciones complejas aplazadas

En los meses de más incidencia de la Covid-19, toda la actividad programada compleja no se hizo y eso nos ha generado un atasco de este tipo de situaciones. Las ordinarias sí que se sacaron adelante pero las complejas no», explica el doctor Alfredo Bardají, jefe del servicio de cardiología en Joan XXIII. Se refiere, por ejemplo, a «cuidados intensivos cardiológicos, con mucho requerimiento sanitario». 

A pesar de que la situación en los hospitales de Tarragona no fue tan grave en esa primera oleada como en otros lugares, todos los departamentos tuvieron que volcarse en la emergencia del coronavirus. «Tuvimos que prestar un poco de ayuda a cuidados intensivos y adaptarnos para seguir atendiendo la demanda que venía, teniendo en cuenta que también había pacientes de cardiología infectados por Covid», indica Bardají. 

La Covid-19 ha repercutido en la actividad compleja. FOTO: P.F

De ahí que la situación en los centros sanitarios se haya visto agravada, en tanto que el coronavirus ha pasado a ser una enfermedad más a tratar y ha repercutido en un incremento del trabajo. «El resto de dolencias siguen estando. Hay Covid-19 pero también están las patologías ordinarias, que continúan vigentes», cuenta el responsable de cardiología, que incide en cómo lo sucedido en primavera puede tener repercusiones ahora: «Siempre que un paciente está pendiente de una operación compleja, mientras no se la realiza, está en riesgo. No tenemos constancia de que los retrasos hayan afectado de forma vital a nadie, pero nos preocupa muchísimo que pueda pasar. Cuanto antes se hacen algunas intervenciones, mejor». 

Antoni Castro, director del servicio de medicina interna del hospital Sant Joan de Reus, sostiene que en marzo y abril «la actividad rutinaria prácticamente se paró pero ahora la Covid-19 es una enfermedad como cualquier otra, importante y que nos preocupa mucho, pero que hay que abordar como abordamos el resto de patologías, gracias a la reorganización asistencial que se ha hecho». 

La profunda huella del SARS-CoV-2 tiene que ver con el aumento de las listas de espera, que se percibe en los hospitales. 

Ansiedad por el impacto psicológico

«Sabemos que las urgencias se atienden en la sanidad, pero las urgencias al final y al cabo son de cada uno, propias y personales, y ese malestar añadido por una demora puede aumentar la sensación de sufrimiento psicológico. Puede haber quien piense que el sistema no está respondiendo a sus necesidades y eso generar una incertidumbre mayor. Es algo que ya sucedía antes con las listas de espera», explica Jaume Descarrega, vocal de la junta del Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya y psicólogo clínico en el Hospital Sant Joan de Reus. «Con la pandemia todo se ha modificado. Se han atrasado algunas visitas de especialistas y eso puede tener una repercusión, sobre todo en el vínculo entre lo biológico y lo anímico», añade. 

Cuestiones como el confinamiento y la propia situación sanitaria se cuelan desde hace meses en las consultas psicológicas, generando más estrés, inquietud y ansiedad. Temas como la preocupación por perder a seres queridos, el miedo a padecer o contraer la enfermedad o, desde un punto de vista social, el temor a quedarse sin trabajo por la crisis económica aparecen entre el listado de padecimientos. 

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