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El espíritu de la vela

Casa Corderet mantiene viva la llama de los talleres pequeños

Rossi Vas

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Xavi Pagès en la cerería Casa Corderet que regenta desde hace unos años. Foto: DT

Xavi Pagès en la cerería Casa Corderet que regenta desde hace unos años. Foto: DT

Al pisar el umbral, uno se deja llevar por los aromas de las numerosas velas en las estanterías y por el espíritu de ensueño que surge en cada rincón, con los objetos antiguos ordenados como fieles guardianes de la historia tarraconense. La sensación de algo misterioso, como surgido de un cuento, despierta ilusiones sobre la segunda tienda de velas más importante en Catalunya. Ya se han escrito leyendas y se han realizado obras  con este lugar como escenario. 

Se oyen unos pasos sigilosos, y del taller tras el mostrador, con sus colgantes y velas, aparece el dueño de la cerería más antigua de Catalunya. Xavier Pagès, hombre culto, educado y fino, habla con la dulzura y la sabiduría de un artista que conoce en profundidad una de las historias más bonitas de la ciudad. 

«La cerería está entre las quince más antiguas de Europa», menciona. Su voz no oculta la emoción. Situada en el Casco Antiguo, Casa Corderet lanzó su actividad en el lejano 1751, pero como fábrica de velas y comestibles ya existía desde 1631. Desde el principio mantenida por una familia, a lo largo de los siglos se traspasaba de manos de unos trabajadores a otros, igual que una reliquia. De hecho, es como un santuario, algo que sus dueños han sabido manejar de una manera curiosa. «Encontrando siempre a alguien que la mantuviera». Los hechos manifiestan el modo noble y honrado de su salvación: durante la época de Napoleón, su segundo propietario se dejó matar por salvar las vidas de las gentes escondidas en el subterráneo, detrás de la Puerta Secreta. En la Guerra Civil el lugar se utilizó como refugio. Aquellos eventos llenan de orgullo al actual gerente.

Pero él se quita protagonismo cuando por medio está el relato de la Casa Corderet, nombrándose como un simple «albacea hasta la próxima generación». «Miquel Martí es el verdadero, el que antes tenía la tienda», relata, y añade que «lo importante es el sitio, porque nosotros después desaparecemos». 

Pero, aun así, la historia personal y profesional de Xavi es interesante. Gerente desde el 2013 por casualidades, después los estudios en la Escola d’Art i Disseny de Tarragona y el Colegio de Teatro Josep Yxart, era estilista de moda y ha trabajado en varios medios de comunicación. Ha viajado por las ciudades más importantes de Europa y habla francés, italiano, portugués e inglés. Adora la lectura y prefiere leer los libros en su lengua original. En la tienda no para de pintar las velas que le encargan círculos católicos, ortodoxos, hebreos, budistas e islámicos. Se vuelca con decisión y espiritualidad, porque «la pintura es un trabajo de humildad y expresión, y una herramienta que permite meditar». 

Para él, la llama de cada vela es «la posibilidad de conectar con aquello que no se ve, abriendo la luz al pasado y a la imaginación». Este hombre que empezó en la cerería con 39 años, aconseja que «cuando la vida te ofrece un cambio, acéptalo», y puntualiza que ha sido «una maravilla recuperar la tienda en el 2002». Siendo bisnieto de la emprendedora tarraconense Doña Filomena, cuya foto guarda con respecto dentro del negocio, su audaz filosofía le enseñó que «se aprende de todo y hay que mirar adelante», como es el caso de los maestros de velas, «que poco a poco están desapareciendo y de quienes se aprende una barbaridad». 

Su objetivo profesional es ayudar a salvar los pequeños talleres de la provincia manteniendo el negocio de la Casa Corderet. Con la introducción del gas y la electricidad, la fábrica cesó la actividad, pero a partir del 2002 reemprendió su funcionamiento volviendo a sus orígenes, elaborando solamente velas. 

En la narración de Xavi siempre aparece un «nosotros», que él argumenta con el rol imprescindible de todos los que han sabido conservar este oficio a lo largo del tiempo. «Yo  soy solo un minuto de los 386 años del negocio de la cerería», dice. Y concluye enigmáticamente: «El voto de la humildad está al encender la vela y en la desaparición poco a poco de su llama…».

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