Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

El 'huevo bailarín' de Corpus

Fue cosa de un 'escolanet'. Allá por 1637 le tapó los agujeritos que le había hecho al huevo para comérselo, lo puso en la fuente y la física hizo el resto

Norián Muñoz

Whatsapp
En el claustro de la Catedral  una niña entrega uno de los huevos escondidos en la visita. FOTO: Alfredo González

En el claustro de la Catedral una niña entrega uno de los huevos escondidos en la visita. FOTO: Alfredo González

La chiquillería llena el claustro. Tal vez no sea la imagen más habitual, pero Joana Virgili, de Amics de la Catedral, les cuenta que hace muchos, muchos años, el sitio donde están hoy era el patio de recreo de otros niños como ellos, los escolans que iban a la primera escuela que hubo en la ciudad, la que quedaba a pocos metros de allí, en la misma Catedral.

Los niños, los actuales, acompañados por sus padres y abuelos, habían ido a conocer los secretos de l’ou com balla, la tradición más conocida de Tarragona durante la festividad de Corpus Christi... Y se fueron sabiendo algunas cosas más.

Lo primero que descubrieron fue que allí mismo, en las piedras donde estaban, había tallado en la piedra un juego infantil con canción y todo, uno de los divertimentos de los escolanets que antes jugaban en el lugar.

Virgili relata lo que dice la tradición: que fue un escolanet, pero de Barcelona, el que comenzó, accidentalmente, con la tradición de hacer bailar el huevo.

Trece ocas y una santa

Pero primero, lo primero; en aquella Catedral vivían trece ocas, una por cada año que tenía Santa Eulalia, patrona de Barcelona cuando murió. Los escolans no sólo las perseguían, traviesos, sino que estaban a la caza de sus huevos, que se comían abriendo dos agujeritos, uno en la parte superior y otro en la inferior.

Fue así como a uno de estos niños, allá por 1637, se le ocurrió tapar con cera los dos agujeros y ponerlo en la fuente. La sorpresa fue que se puso a ‘bailar’ y  no caía. Estaban en los días previos a la festividad de Corpus Christi y a los canonjes les gustó aquel detalle, así que decidieron adornar la fuente e incorporar el huevo al ornamento. 

Hoy la tradición se sigue en distintos puntos de Catalunya y en el caso de Tarragona fue ‘importada’ el 1933, por el canonje Josep Vallès i Barceló.

Aunque los niños que escucharon la historia ayer lo hicieron de una forma muy peculiar. Se las contó la oca Anserina y a ellos mismos les tocó hacer de ocas, de escolans y también esconder algún huevo. Posteriormente pudieron salir a ver el huevo que ya está bailando en la fuente en el centro del claustro y que hoy podrá verse de nueve a una y media y de cinco a ocho de la tarde. 

Si el tiempo lo permite, hoy también será la oportunidad de ver a algunos elementos festivos de la ciudad, como los gigantes en un cortejo por algunas calles de la Part Alta, acompañados, entre otros, de los niños que este año han hecho la comunión. Si lloviera, como parece más que probable, parte del programa podría trasladarse al claustro de la Catedral.

Una accidentada historia

Aunque más allá de l’ ou com balla, el elemento central de la procesión de Corpus es justamente el baldoquino y la custodia que lleva dentro la hostia consagrada o cuerpo de Cristo.

En el caso de Tarragona estos elementos tienen una historia más que accidentada. El primer proyecto de baldaquino se realizó en el año 1922 por encargo del cardenal Vidal i Barraquer y fue diseñado por el arquitecto Bernardí Martorell. 

Durante la Guerra Civil, en 1936, el baldoquino fue destruido y la custodia, expoliada. Esta última, no obstante, fue recuperada unos años más tarde cuando estaba camino de Francia.

El reto entonces era volver a crear un baldoquino, encargo que se le hizo a principios de los noventa a Jordi Borràs padre, quien lo tuvo que reconstruir a partir de una fotografía en blanco y negro mal conservada de la época. 

Del proceso se acuerda bien su hijo, el joyero Jordi Borràs, quien también participó en su creación y se encargó de contar a los niños cómo se fabricó, pieza por pieza, la estructura de más de cien kilos de peso.

El trabajo les llevó año y medio para recrear los detalles de la pieza modernista realizada en plata y luego bañada en oro. 

Hoy el baldaquino volverá a lucir, pero quienes vivieron ayer la visita organizada por los Amics de la Catedral, seguramente lo mirarán con otros ojos.

Comentarios

Lea También