«El luthier trabaja a la décima de milímetro»

Entrevista. Maria R.Ferré. La joven artesana convierte un pedazo de madera, no cualquiera, en un bello instrumento. En su local de la Part Baixa de la ciudad también repara, alquila y ofrece talleres para todos los públicos

GLORIA AZNAR

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Mireia R. Ferré, en su taller de la calle Orosi. FOTO: alfredo gonzález

Mireia R. Ferré, en su taller de la calle Orosi. FOTO: alfredo gonzález

Con sus manos, Mireia R. Ferré arranca melodías a la madera. La moldea a su gusto para apropiarse de sus mejores susurros. Mireia es luthier, una profesión que suena a antaño. Luthier y archetier, la única de la provincia de Tarragona. Nacida en Lleida, siempre ha tocado el violín. También los construye, desde que sintió la necesidad de crear sonido. No solo el violín. Mireia convierte un pedazo de madera, no cualquiera, en el más bello de los instrumentos, una transformación mágica que conlleva infinidad de horas, un trabajo de ingeniería y precisión, pero sobre todo, pasión por esa nueva criatura. Este mes de noviembre, ganó la quinta edición del Tarragona Open Futur, un programa de aceleración empresarial organizado por Tarragona Impulsa con la colaboración de Telefónica. Ahora dispone de su propio negocio en la Part Baixa de Tarragona. Cruzar las puertas del local supone entrar en un mundo de sueños. De arte. De artesanía.

¿Qué hace un archetier?

Luthier tiene su raíz en luth, que significa laúd. Y antiguamente se llamaba así a quien construía instrumentos de cuerda. Un archetier es el luthier especializado en cuerda frotada. Los modernos son violín, viola, contrabajo y violonchelo, pero este último tiene su origen en la viola de gamba. Personalmente también me dedico a los antiguos, a los barrocos.

Repara y también crea.

Como luthier soy una artesana que me dedico a construir y a restaurar pero aparte de esto también tengo otros servicios como el alquiler o el intercambio. Vendo instrumentos clásicos y de estudio que no están construidos por mí y también ofrezco talleres formativos para todos los niveles, desde personas que no conocen a profesionales. Tengo en previsión un taller para construir un instrumento, que puede durar un año.

¿Cuál es el más antiguo que ha tenido en sus manos?

Ahora tengo un Fernando España, de mitad de 1800. Es el más antiguo que he restaurado sola. Estuve trabajando en Montpellier y allí pasaron instrumentos muy buenos por mis manos, pero siempre bajo la supervisión del maestro. Gracias a todo este recorrido he cogido experiencia para poder ahora tomar decisiones porque estas piezas son muy valiosas.

¿Qué quiere decir que un instrumento está enfermo?

Que se le tiene que hacer algún tipo de restauración. Puede aparecer una grita o desencolarse una de las partes. También hay accidentes. Pasa mucho, que de repente un instrumento se cae al suelo. Y entonces sí que hacemos operaciones. Pero no es que estén enfermos. Simplemente, tenemos que pensar que están hechos de madera y esto quiere decir que reaccionan a las condiciones ambientales. Si hay mucha humedad, cogen agua. Si el ambiente está muy seco, se contraen.

Si le llegara uno de la época de Beethoven. ¿Qué se podría hacer para que volviera a sonar bien?

Uno de los trabajos es el reglaje, el ajuste del sonido. Hay mucha gente que viene porque el instrumento no suena bien. Un violín tiene una pieza pequeña de madera que se llama alma, que conecta las dos tapas, la de arriba y la de abajo. Moviéndola delicadamente reglamos el sonido.

Alma, una palabra muy significativa...

Es el alma del instrumento.

¿Las cuerdas son de animales?

Antiguamente sí. En los barrocos estaban hechas de tripa de animal. Actualmente ya no. Son entorchadas, de aluminio e incluso tienen torchas de oro o plata, pero ya son metálicas.

¿Eso es mejor o peor?

Es mucho más estable. A nivel acústico cambia mucho. Si tú tocas piezas barrocas, se agradece mucho hacerlo con cuerdas antiguas porque te adentras en la sonoridad de entonces. Pero si no, tocamos con cuerda moderna.

¿Qué requiere su trabajo? ¿Paciencia? ¿Minuciosidad?

Esos son los adjetivos que nos califican. Podemos estar trabajando en una pieza de dos centímetros una semana y requiere mucha paciencia, incluso mucha pasión. No puedo entregar un trabajo con el que no esté satisfecha. Está acabado y puedo pasarme dos días más puliendo. Es un trabajo exacto. Vamos a la décima de milímetro. No al milímetro, a la décima.

Como un relojero.

Eso es. Es un trabajo artesano. Entre ingeniería y artístico. Desde que empiezo a diseñar el instrumento con planos, reglas y compases hasta que acabo y lo barnizo, todo el tiempo calculo lo que quiero. Y lo hago con las manos.

¿Qué ocurre con el sonido?

De un violín pueden salir diferentes y cada músico busca el suyo. Los hay más brillantes, redondos u oscuros. Depende de si se trata de un instrumentista solista o un acompañante de una orquesta buscan un timbre u otro. El luthier se adapta al músico.

¿Cuánto tarda en crearlo?

Un violín, unos dos meses, trabajando todas las horas del día. Y sale de la madera, del bosque. Tiene de abeto y de otros tipos.

Ni siquiera todo el instrumento es de la misma madera.

La de abeto es la que se encarga mayoritariamente de la transmisión del sonido. Y de ella se elabora la tapa. Para la inferior, que es más gruesa, se utiliza ciprés, chopo, peral... Aunque el arce es una madera muy homogénea.

¿Dónde va a buscarla?

Voy personalmente, miro muchísimas y las dejo secar. Empezamos a trabajar desde un trozo de tronco. Desde el tronco al instrumento, al sonido.

Es el sonido del viento en un bosque...

Sí. Yo no he ido a buscar el árbol, pero mi proveedor sierra el que quiere. Son especialistas. Es muy bonito.

¿Bach hizo al instrumento o fue al revés?

Entre 1600 y 1800 hubo un crecimiento musical muy serio. Es cuando aparecieron las óperas o el virtuosismo. Y también es gracias a que los luthiers podían responder, plasmar las necesidades del músico con un instrumento. Y ellos trabajaban sin la maquinaria que tenemos ahora, ni siquiera tenían electricidad.

¿Es un empleo con futuro?

Por supuesto. En Francia y en muchos otros países europeos hay inversión. Pero España no lo reconoce, no son estudios reglados todavía. Solo lo reconoce el Gobierno vasco. Allí hay una escuela, que es donde estudié. Extrañamente, sin embargo, hemos conseguido Erasmus. Pero tiene futuro porque hay muchos músicos. Aunque se van a Francia y a Alemania a llevar su instrumento a un luthier porque no les da confianza lo que encuentran aquí.

¿Es una profesión de hombres?

No. En Bilbao, por ejemplo, intentan coger cada año el mismo número de hombres que de mujeres. Sin embargo, históricamente es como en todas las artes. Encontramos evidencias de que hay trabajos que los ha hecho una mujer, en casa. Y actualmente, como en todos los oficios, nosotras tenemos que demostrar siempre el triple que el hombre para que se den cuenta de que somos competentes. A mí me ha pasado de estar en una masterclass, decir algo y no tomarme en consideración. Cinco minutos después decir lo mismo un hombre y todo el mundo asentir.

¿Y ahora qué pasa con este premio que le han otorgado?

Que tengo una empresa que camina. Durante todo este tiempo desde el Open Future me han acompañado en la creación, desde la marca a la promoción. Me han ayudado a empoderarme, a coger fuerza y a promocionarme.

Usted es de Lleida. ¿Por qué en Tarragona?

Aquí hay cuatro conservatorios en un radio superpequeño: Tortosa, Vila-seca, Reus, Tarragona y muchas escuelas municipales de música, con orquestas muy buenas. Hay mucho movimiento.

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