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Tarragona Los bares de la ciudad

El negocio de un trabajador incansable en Tarragona

Reportaje. El Café del Centre es un negocio familiar ubicado en la Calle August que guarda una despensa decorativa con cafés y muchos molinillos que llevan a otra época

Rossi Vas

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Los dueños del Café del Centre, un negocio familiar de la calle August que este año celebra su 40 cumpleaños. Foto: Lluís Milián

Los dueños del Café del Centre, un negocio familiar de la calle August que este año celebra su 40 cumpleaños. Foto: Lluís Milián

«Un buen café hay que saber hacerlo», dice enigmáticamente Juan Gómez, de 70 años, dueño de Café del Centre, en la calle August. Mientras habla, no para de servir las mesas. Enérgico, con la bandeja en la mano explica que compra una mezcla de café tostado de origen árabe. Le encanta el de máquina, aunque afirma haberlo probado también hecho a la turca.

A la pregunta de si siente cansancio después de tantos años dedicados a la hostelería, responde sencillamente: «Pensaba jubilarme a los 55 años, pero cuando mis hijos vinieron a trabajar conmigo, hicimos una reforma y seguimos todos juntos». Asegura que lo que más le agobia «es cuando no hay gente en el bar».  

Juan es uno de los cinco hermanos que vino a Catalunya desde Granada. Aventurero y atrevido, con apenas 13 años se lanzó a trabajar en las cocinas en Barcelona. Se fue a la capital catalana junto con su hermano mayor, a casa de su tía. De «aquellos tiempos duros» recuerda las largas horas mientras hacía de repartidor en un colmado barcelonés.

«Con un carro iba a comprar lo que se vendía allí. Estaba repartiendo unas once horas diarias», narra sobre las dificultades en los años sesenta, y añade que como no había ascensores en las fincas, subía los pedidos por las escaleras. 

Entre sus recuerdos surge la imagen de las botellas vacías de cristal que habitualmente recogía de los clientes. Allí trabajó un año y después estuvo otro en Granada, ayudando a su padre en el campo. Pasado este tiempo, se fue un año de aprendiz a un hotel y luego volvió a Barcelona en busca de la prosperidad.

Amante de la cocina

«He trabajado mucho tiempo de cocinero. Me gusta la cocina», cuenta sobre este oficio delicado y de mucha dedicación. Desvela que cuando se casó, su suegra le advirtió de que su hija Rosa no sabía freírse unos huevos, a lo que él respondió que esto no le asustaba, ya que era un buen cocinero. «Ahora mi mujer prepara muchas cosas mejor que yo», sonríe Juan.

Está orgulloso de su adicción al trabajo, y cuenta cosas curiosas sobre su vida como cocinero. «Pasé la mili trabajando en un restaurante en Menorca», rememora, y entre sus pintorescos recuerdos emergen las imágenes de los cruceros por el Caribe, en los que estuvo trabajando.

«Durante dos años trabajé dieciocho horas los siete días de la semana. Me levantaba a las cuatro de la madrugada». Entonces tenía 23 años y le hacía mucha ilusión ayudar a su familia a salir adelante. 

Después de esta experiencia, trabajó de camarero en un restaurante en Barcelona, y a partir de aquel momento ya se atrevió a abrir uno suyo, que mantuvo durante tres años. Fue después cuando se mudó a Tarragona, donde se quedó para siempre.

Un bar familiar

Mientras habla sobre su pasado, su hija Rosa, que tiene una carrera relacionada con el turismo, interviene. «Me encanta mi trabajo. Es un bar familiar. Aparte, me gusta que pueda practicar los idiomas que he estudiado, entre los cuales está el ruso», narra, y reconoce que para mantener el bar se requieren muchas horas. Aun así, considera que vale la pena, porque es lo que la satisface.

Desde pequeña, con su hermano Juan ayudaba a los padres. «Mi padre se levanta a las cinco de la mañana para hacer las pastas. Descansa solo media hora», desvela Rosa, y añade que seguro que una parte importante de esto se debe a la disciplina de su generación.

«Mi hermano es biólogo», precisa que esto resulta importante en la cocina por su sabiduría acerca de los productos alimentarios.

Se percibe la vida dinámica en este bar, que se llena rápidamente de tarraconenses y huéspedes de la ciudad, todos llevados por el gusto de probar el rico menú o simplemente de tomar un café con algún dulce casero. Vienen muchos grupos de Francia y de toda España, aprovechando el horario de las 8 hasta las 21 horas.

Aquí uno puede pedir un plato combinado a partir de 8 euros, se ofrecen también los menús. No obstante, el plato combinado queda como el preferido por los turistas, sobre todo por los rusos, «que quieren probar un poco de todo», ya que lo tienen fácil a través de las imágenes de la carta.

«Una vez que prueban nuestra cocina, luego siempre vuelven», narran impresionados los dueños, a quienes les apasiona viajar y comer en familia. De hecho, se juntan los domingos o «cuando llueve algún sábado y el bar está cerrado», dicen sonriendo.

El ámbito familiar invita gustosamente a que uno se siente en las mesas y disfrute de las comidas caseras y de la amabilidad de esta familia, que sabe llevar su negocio. 

Entre las cosas curiosas que guardan de la época en la que el bar se llamaba Plantaciones de origen, se hallan la original despensa de café en grano desde hace quince años y la multitud de sacos y molinillos antiguos de café de países del Este, ordenados en las repisas con la nostalgia típica de los hosteleros…

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