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El palestino de Tarragona que da cobijo a refugiados

Tareq padeció la violencia en Palestina. Huyó de Kuwait en la guerra del golfo. Habla seis idiomas. Abrió su casa de Tarragona a inmigrantes

Raúl Cosano

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Tareq Saleh, en su domicilio de Tarragona, junto a uno de los objetos que recuerdan su vinculación con Palestina. Foto: Pere Ferré

Tareq Saleh, en su domicilio de Tarragona, junto a uno de los objetos que recuerdan su vinculación con Palestina. Foto: Pere Ferré

Tareq Saleh (51 años, Nablus, Palestina) vive tranquilo en su casa de Boscos Tarragona. Saborea la calma, el bienestar después de una vida convulsa, itinerante en tanto que nómada obligado que ha llenado de sellos su pasaporte a base de escapar de conflictos. «Me fui de Palestina en 1986 y no he vuelto, ni de vacaciones. Si voy ahora con pasaporte español imagínate lo que me puede pasar. Lo que yo diga, esta misma entrevista, me puede hacer daño, me pueden preguntar que por qué he dicho alguna cosa», admite. 

Entonces recuerda esa infancia donde «ver disparos era muy normal». Él era un niño cuando a su hermano, de 15 años, le metieron en la cárcel. «Entraron soldados en casa y le cogieron. Le acusaron de luchar contra ellos, contra el ejército sionista. Y estuvo cinco años en la cárcel. Le torturaron durante 83 días para sacarle información», recuerda.  

Tareq, que habla seis idiomas y ha vivido en cinco países, huyó pronto de la turbulenta Nablus, su ciudad, porque era un chaval inquieto y ambicioso. «¡Ojalá me hubiera podido quedar en mi país a estudiar la carrera!», dice ahora. Pero habla de lo difícil que era estudiar algo en un entorno donde se imponía el toque de queda, la escuela cerraba varios meses o el curso se paraba en función de la peligrosidad del conflicto enquistado en aquella Tierra Santa, generador de bandos enfrentados, germen de tanto odio secular.   

Químico industrial en India
«A los 18 años me fui a la India y estudié la carrera de químico industrial», rescata. Atrás dejó a su familia, sus padres y cinco hermanos que hoy en día siguen viviendo repartidos en Qatar, en Jordania o en Palestina. Ya no volvería a su país, y hasta hoy, porque fue siguiendo el trabajo como desplegando un mapamundi, sin más límites que el deseo de armar una vida lejos de la violencia y las bombas de su país natal, un polvorín, la zona más caliente del mundo durante décadas. 

De la India fue a Kuwait, donde encontró trabajo en Canada Dry, una firma que fabricaba Coca-Cola. «Fue la única vez en la que tuve el gusto de trabajar de químico industrial. Estaba en el control de producción. Hacía los exámenes del producto, comprobaba si estaba bien de dulzor, de gas...». 

Luego fue comercial en una compañía de pañales y papel higiénico, hasta que estalló la Guerra del Golfo Pérsico. «Allí la muerte era gratuita. Un amigo perdió al 60% de su familia porque subieron a un autocar para salir del país y les mató un bombardeo americano», rememora.

Por entonces Tareq ya no tenía trabajo en un Kuwait inestable. Hizo las maletas y se marchó a Jordania, un refugio donde tenía familia pero también un destino de personas de Emiratos Árabes, Arabia Saudí o de la propia Palestina que huían de las revueltas. Allí, vuelta a empezar, hasta que su hermano, que ya vivía en Tarragona, le propuso venir aquí. Armó su vida nueva. Trabajó en una empresa consignataria de buques, en un horno, en un camping, de recepcionista de hotel o como comercial en Tecnosub, una empresa de servicios profesionales de buceo, su último empleo. «Ahora estoy en el paro porque no hay trabajo por la crisis mundial. Ofrecíamos servicios a compañías de gas y petróleo, teníamos muchos vínculos con el mundo árabe», cuenta. 

El ‘embajador’ del mundo árabe
Tareq sabe lo que es ir escabullirse de las bombas, pero también de la precariedad, de los toques de queda. De ahí que en Tarragona sea algo así como una especie de embajador del mundo árabe que ayuda en lo que puede al recién llegado, con un teléfono, una dirección o un nombre que pueda servir de guía. «Siempre me ha gustado ayudar», admite. 

Hasta ha llegado a cobijar en su casa a Mohammed y Wathiq, dos refugiados que salieron de Iraq huyendo de los delirios del Estado Islámico. Tareq les ayudó a pedir protección internacional y les proporcionó techo y comida. Con ellos compartió días de desvelo y preocupación, cuando Wathiq pasaba la noche en vela hablando desde la distancia con sus familiares mientras en Mosul, su ciudad, se libraba la batalla final para que el ejército iraquí liberara de las manos de ISIS a la segunda ciudad más grande del país. 

«Ya me quedaré aquí para siempre. He vivido ya más en España que en Palestina, aunque me hubiera gustado crecer en mi país, pero las circunstancias me llevaron a otro camino», confiesa Tareq, con un ojo siempre en esa Palestina que tiene el conflicto en su genética, entre la ocupación de Israel y la respuesta, entre la opresión y el terrorismo. 

«Si te manifiestas pacíficamente te acaban matando, así que hay mucha gente que no aguanta. Queremos la paz, pero estamos ocupados. Somos un pueblo pacífico. Si me llamas terrorista porque pido mis derechos, llámame, pero no lo soy», reivindica Tareq, con ese deje de tristeza por el exilio que ya le dura más de media vida. «¿Quién les discute a los sionistas lo que hacen? ¿Estados Unidos, que son sus mayores aliados?», se pregunta crítico, y arroja la que, para él, sería la única solución: «Tarde o temprano tienen que devolver los derechos a los palestinos, sí o sí. Palestina es para los palestinos. No estamos en contra la religión de los judíos, sino contra el fascismo y el maltrato. No somos israelíes. Somos palestinos y vamos a morir como palestinos». Palabra de Tareq, el buen samaritano palestino. 

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