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El primer bar de Bonavista al que entró una mujer

Uno de los locales más antiguos del barrio rompió tabúes femeninos

Raúl Cosano

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Fina Caballero y Emilio Leiva, en su bar de Bonavista. Foto: P. Ferré

Fina Caballero y Emilio Leiva, en su bar de Bonavista. Foto: P. Ferré

No será por bares en Bonavista, un barrio que es santuario de las tapas y los quintos. Pero hay algunos genuinos, pioneros, que abrieron camino. La cafetería Cuatro Esquinas (que alude a otros tantos rincones en un enclave comercial de la calle 21 de Bonavista) cumple 47 años en dos etapas. Abrió en 1970, en una periferia proletaria que por entonces crecía exponencialmente y rompía sus costuras urbanísticas a golpe de inmigración nacional. 

A Emilio Leiva (56 años) hay que verlo, con 13 años, ayudando a su padre en una churrería itinerante del mismo nombre, Cuatro Esquinas. «Él hacía los churros y yo los servía. Siempre me gustó el trato con el cliente», recuerda. La churrería dejó de ser itinerante por los pueblos («esa vida desgasta mucho», dice) y se estableció en esa esquina de Bonavista.

Emilio fue siempre precoz. A los 17 años tuvo su propia churrería y en 1982, tras un paréntesis cerrado, heredó de su padre este bar, que ahora es un bar de infantería, de los de toda la vida, pero que renació con la intención de romper esquemas. «Aquí sólo había bares de hombre, de juegos, de chatos de vino y cartas, de tragaperras y echar el dominó. No queríamos eso», cuenta Fina Caballero (55), la mujer de Emilio. 

La cafetería Cuatro Esquinas abrió sus puertas en Bonavista en 1970

Bares duros, de testosterona, de carajillo, del anís antes de salir a cazar o ir al curro. «Queríamos un sitio más abierto. Nos hicimos con la clientela femenina, que era un tabú. Las señoras no entraban en los otros bares, estaban cortadas», cuenta Emilio. 

Fue, en esencia, la primera cafetería en que un grupo de mujeres podía entrar a echar el cortado después de dejar a los niños en el colegio y sentirse cómodas. Los inicios fueron complejos. «Costó que la gente se adaptara. Entraban hombres y veían un bar distinto, más familiar. Había que hacer cosas ahora básicas como avisar de que no se podía escupir», explica Fina. El nuevo tono pronto caló. Aquí se prohibió fumar antes de que lo hiciera la ley estatal y se cuidaron los modales, granjeándose la fidelidad de una clientela que, quizás sin saberlo, aspiraba a la modernidad.

Eso, al tiempo en que la oferta de restauración era clásica: desayunos, cervezas y tapeo que mata el gusanillo y acaba sirviendo de cena. «En este tiempo las cosas han cambiado mucho. Los primeros años fueron muy buenos. Ahora es un poco más complicado. Estamos en un barrio obrero y la crisis se ha notado mucho. Aun así, los fines de semana viene mucha gente –el tirón del mercadillo–, familias del barrio de toda la vida y también personas de fuera», dice Emilio, orgulloso del legado y de algunas de las fotos montañeras en las paredes del bar: ilustran sus 36 picos de más de 3.000 metros escalados, un remedio para recuperar fuerzas tras una pulmonía que se ha acabado convirtiendo en hobby familiar. 

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