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Tarragona Solidaridad

El senegalés y el catalán que se hicieron hermanos

De la amistad de Mor, africano afincado en Tarragona, y Àlvar, que veranea en Calafell, ha surgido una red de solidaridad que está transformando una aldea

Norian Muñoz

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Talleres de arte con los niños de la escuela de Ndiawene.

Talleres de arte con los niños de la escuela de Ndiawene. Jenny Arqués

Xavier de Gispert y Jordi Marcillas, médicos responsables del proyecto sanitario de Mangi Fi Rek

Xavier de Gispert y Jordi Marcillas, médicos responsables del proyecto sanitario de Mangi Fi Rek Jenny Arqués

Jaime Ramos con una voluntaria, Eva Ramos, en el intercambio con la escuela els Xiprers de Bcn.

Jaime Ramos con una voluntaria, Eva Ramos, en el intercambio con la escuela els Xiprers de Bcn. Jenny Arqués

Mor Talla Diaw, Jaime Ramos, Nohe Arqués, Àlvar Arqués, Xavier de Gispert y Jordi Marcillas, miembros de la ONG Mangi Fi Rekk.

Mor Talla Diaw, Jaime Ramos, Nohe Arqués, Àlvar Arqués, Xavier de Gispert y Jordi Marcillas, miembros de la ONG Mangi Fi Rekk. Pere Ferré

La historia comenzó hace más de veinte años, cuando Àlvar Arqués conoció por casualidad a Mor Talla Diaw, senegalés, vendiendo en la playa de Calafell, sitio donde pasa los veranos. Dieron largos paseos hablando de lo humano y lo divino y Mor terminó invitando a Àlvar a su pueblo, la aldea de Ndiawene. Àlvar no solo aceptó la invitación, sino que, estando allí, Hadji, el padre de Mor, «me adoptó y desde entonces somos hermanos», cuenta sonriente.

La circunstancia fue el principio no sólo de una larga amistad, sino de una red de solidaridad en la que han terminado participando familia y amigos. Esa red se ha concretado en una pequeña asociación no gubernamental que han bautizado como Mangi Fi Rek «todo está bien» y que se formó oficialmente en 2015.

Àlvar Arques y Mor Talla Diaw hermanos-amigos e impulsores de Mangi Fi Rek

‘Enredar’ a los amigos

A la primera visita de Àlvar siguieron varias más, en las que pudo comprobar que en aquella aldea perdida había todo tipo de necesidades. La relación entre amigos seguía cuando Mor regresaba a la ciudad de Tarragona, donde vive desde hace 39 años.

Entre los primeros a los que ‘enredaron’ estuvo Jordi Marcillas Vilaseca, médico y primo de Àlvar. «Mi primo siempre ha sido un poco Quijote, así que quise ir a ver de lo que hablaba», relata.

Marcillas, a su vez, invitó a Xavier de Gispert, médico jubilado como él y con el que trabajó durante años en el mismo hospital. De Gispert reconoce que desde la universidad ya contemplaba la idea de ir a África.

Lo primero que encontraron, o mejor dicho, no encontraron, fue un sitio donde se prestara atención sanitaria. El hospital más cercano está a 35 kilómetros de distancia y en algunas zonas no hay ni camino. Además, apenas existe atención sanitaria gratuita.

Esto fue lo que motivó la edificación del pequeño centro de salud Hadji Fary Diaw, en honor al padre de Mor, cuya familia donó los terrenos.

Marcillas cuenta que nunca entendió tanto la necesidad a la que se enfrentaban como el día en que, muy temprano, se acercó a trabajar al centro de salud y vio que todo el patio estaba lleno de gente, ya no solo de la aldea de Ndiawene, sino de poblaciones cercanas. Venían de acampada, dispuestas a quedarse todos los días que fueran necesarios para que les atendiera un médico.

El ambulatorio se ha ido levantando por partes en función de las donaciones que van recibiendo. Lo último ha sido una sala para poder atender los partos.

Pero, además del edificio como tal, el salto cualitativo más importante es que han conseguido contratar a un enfermero titulado de manera permanente.

Cuentan, además, con ayuda de otras entidades como Gesta Afrika, que operó de cataratas a siete personas y visitó a otras 67. Nohe Arqués, hija de Àlvar y responsable de la Mangi Fi Rek, explica que, además, cuentan con la colaboración de CCONG y de Conductors Solidaris de Catalunya, que les apoya desde el principio.

Jaime Ramos, otro amigo que se ha sumado a la aventura y ahora se ocupa de la tesorería y la gestión, relata que cada uno pone su granito de arena y que cuentan con un mecenas principal. Este último, que no quiere que su nombre se sepa, paga cada mes el sueldo del enfermero.

Cooperación sanitaria con Xavier de Gispert. Foto: Jenny Arqués

La proeza de seguir estudiando

El otro empeño de la entidad es colaborar con la escuela de la aldea. Cada curso compran material escolar y estos días publicaban en Facebook que todos los niños han pasado de curso. Ahora, el otro reto es conseguir becar a algunos para que puedan ir a la escuela secundaria, que está a ocho kilómetros caminando. «No sabemos cuántos podrán continuar estudiando», reconoce Nohe.

Todavía urge hacer un muro para la escuela, terminar de acondicionar el centro sanitario, poner en marcha un taller de oficios... Aunque Àlvar también sueña con que los hermanos Gasol le ayuden a construir una pista de baloncesto. Nohe le regaña: «Que hay prioridades, papá», pero él se resiste a dejar de soñar; no le ha ido mal haciéndolo.

Imagen de la escuela de Ndiawene. Foto: Jenny Arqués

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